Novena al Espíritu Santo
Es el Espíritu Santo, quien hace posible que pongamos nuestra mirada en el cielo, que obra en nuestro corazón, es quien nos hace posible que podamos decir: “Jesús es el Señor”.[1]
+En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
PEDIMOS POR LA GRAN FAMILIA NAVAL ARGENTINA, que forman parte de nuestra Diócesis y les pedimos a nuestros amigos que se suman a esta novena, también se sumen a esta intención y PEDIMOS TAMBIÉN, POR TODO EL PERSONAL DE SALUD DE NUESTRA PATRIA. Recibamos, todos, el don del Espíritu que nos anime en el SERVICIO y la CERTEZA DE QUE DIOS NOS CUIDA
Invocación al Espíritu Santo: Ven, Espíritu Santo, Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu. Que renueve la faz de la Tierra.
Oración: Oh Dios, que llenaste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; concédenos que, guiados por el mismo Espíritu, sintamos con rectitud y gocemos siempre de tu consuelo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
(Breve silencio y vamos repitiendo- pausadamente- la invocación que acabamos de hacer y nos “quedamos” con aquella palabra o expresión que me “llegue” más).
Espíritu de Vida, que nos has dado la Palabra Divina para luz y guía de nuestras vidas, ven en nuestro auxilio para poder gustar- como un encuentro de Amor- el encuentro orante con la Palabra de hoy.
EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 15- 17
“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad” Palabra del Señor
(Breve silencio y vamos releyendo- pausadamente- el texto y nos “quedamos” con aquella palabra o expresión que me “llegue” más al corazón).
Breve reflexión
Aparecida 246. El encuentro con Cristo, gracias a la acción invisible del Espíritu Santo, se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia. Con las palabras del papa Benedicto XVI repetimos con certeza: “¡La Iglesia es nuestra casa! ¡Esta es nuestra casa! ¡En la Iglesia Católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo! ¡Quien acepta a Cristo: Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida!”.
377. Los discípulos, quienes por esencia somos misioneros en virtud del Bautismo y la Confirmación, nos formamos con un corazón universal, abierto a todas las culturas y a todas las verdades, cultivando nuestra capacidad de contacto humano y de diálogo. Estamos dispuestos con la valentía que nos da el Espíritu, a anunciar a Cristo donde no es aceptado, con nuestra vida, con nuestra acción, con nuestra profesión de fe y con su Palabra.
ECO: ¡La Iglesia es nuestra casa! Qué lindo volver a escuchar esta verdad de fe, que es también un desafío: La Iglesia es nuestra casa, que la Iglesia sea nuestra Casa, que seamos instrumentos para que los demás experimenten que la Iglesia es su casa. Casa que siempre espera, acoge y mantiene las puertas abiertas, porque no se necesita “llamar a la puerta” para entrar en la propia Casa. Esto creemos, vivimos y anunciamos como discípulos misioneros de Jesús. Destinatarios de Su promesa: el Espíritu de la Verdad.
(Breve silencio y vamos releyendo- pausadamente- el texto y nos preguntamos sobre nuestra identidad, la alegría de ser de Cristo. Pedimos el don del Espíritu, venga en nuestra ayuda, y fortalezca nuestra pertenencia también con la Iglesia, Ella es mi casa…)
Gesto orante: Encendemos el cirio de nuestro “altar doméstico” y rezamos el Credo- que escribimos ayer- y lo rezamos lentamente, pidiendo la GRACIA de “experimenta que la Iglesia es mi Casa”.
Rezamos juntos un “Misterio del Rosario”, contemplando: “Jesús, pide al Padre, recibamos al Espíritu” y pedimos el don del ENTENDIMIENTO y el fruto del GOZO.
Don de Entendimiento o Inteligencia «El Espíritu de la Verdad los introducirá en toda la verdad.» (cfr. Jn 16, 13 Nos capacita sobrenaturalmente para que podamos comprender en la Fe la Palabra de Dios y los misterios de la fe. Nos lleva al camino de la contemplación para acercarnos a Dios. Es el don de entender lo que favorece y lo que perjudica al proyecto de Dios. Él fortalece nuestra caridad y nos prepara para una visión plena de Dios. El mismo Jesús nos dijo: “Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt 10, 19-20). Gozo. Es el fruto que emana naturalmente del amor; es como la luz del sol, o el perfume de la flor, o el calor del fuego. Esta alegría no se apaga en medio de los problemas; todo lo contrario, crece y se robustece en medio de ellos pues se hace más necesaria que nunca. Cuando se está en comunión con Dios amor, la persona es feliz; y busca también hacer felices a los demás. Es una alegría que supera todo goce fundado en la carne o en las cosas materiales.
+En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Gesto misionero: Invitamos a alguien, para mañana, para rezar juntos (presencial- si la situación lo permitesino a través de una video llamada), compartiendo esta novena, compartimos un mensaje de esperanza, le compartimos a alguien más que “La Iglesia es su Casa, también”…).
Queremos compartir esta Catequesis sobre el Espíritu Santo en la Iglesia San Pablo insiste en que a la base de la Iglesia está el Espíritu (cfr. Gal 3, 2-3) y llega a presentar la comunidad cristiana como «una carta de Cristo, escrita por el Espíritu de Dios vivo» (2 Cor 3, 3). El Espíritu construye la unidad de la Iglesia, ya que hace de nosotros un único pueblo, en el que todos los miembros participan de una radical igualdad, en cuanto poseedores del único Espíritu, que hace de cada uno un elemento precioso, único: «en un solo Espíritu hemos sido bautizados todos, para no formar más que un solo cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres» (1 Cor 12, 13). Para explicarlo mejor insistirá en las imágenes del templo y del cuerpo: El Espíritu hace de nosotros piedras vivas en la construcción de la Iglesia: «Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios… formando un templo santo en el Señor, por el que también vosotros estáis integrados en el edificio, para ser mediante el Espíritu, morada de Dios» (Ef 2, 19-22). «¿No sabéis que sois santuario de Dios ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros?… El santuario de Dios es sagrado y vosotros sois ese santuario» (1 Cor 3, 16-17) Nótese el plural: entre todos se construye el santuario, cada uno es importante. «Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido bautizados todos, para no formar más que un cuerpo… Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro suyo» (1 Cor 12, 12-27). Los distintos miembros, todos necesarios, son los creyentes enriquecidos con los distintos carismas que suscita el Espíritu para el bien común (1 Cor 13-14). Así, el Espíritu es el principio de la comunión en la Iglesia: – Comunión en la igualdad, ya que todos recibimos la misma llamada (seguir a Cristo), participamos de la misma vocación (ser hijos del Padre) y tenemos el mismo medio para realizar este proyecto (el don del Espíritu Santo). – Comunión en la diversidad, ya que es el Espíritu Santo el que crea la variedad de vocaciones específicas, de carismas, de formas de vida, para la construcción de la única Iglesia. El que hace de todos nosotros un único Cuerpo, concede a cada uno un carisma personal, aunque al servicio de los demás. – Comunión en la participación, porque nos hace a todos responsables, miembros activos de la construcción de la Iglesia, en la que cada uno es importante y debe ocupar su propio lugar para el bien del Cuerpo.
Ya las lenguas de fuego, que descendieron repartiéndose sobre los creyentes en Pentecostés, anunciaban la universalidad del testimonio cristiano, la profunda unidad en la diferencia. El Espíritu era el mismo, el único, pero se posó de manera particular sobre cada uno, asumiendo a esa persona concreta, con sus valores y limitaciones y potenciando en ella sus propios dones para el bien común. Cada uno hablaba distintos idiomas y se dirigió, después, a lugares distintos y lejanos entre sí. El don del Espíritu hace de todos los creyentes un único pueblo con un solo corazón, sin borrar la originalidad de las personas: El anuncio es el mismo, aunque los idiomas, las formas exteriores sean distintas.
[1] Homilía de Pentecostés- 30/5/2020. Mons. Santiago Olivera





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