MONS. OLIVERA | La oración por los otros es un modo claro de manifestar la gratitud y el amor

26 noviembre, 2025

MONS. OLIVERA | La oración por los otros es un modo claro de manifestar la gratitud y el amor, así lo señaló el Obispo Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad en su Homilía en la Santa Misa en acción de Gracias por los servicios prestados por los Sres. Ministros de Defensa y Seguridad, Dr. Luis Petri y Dra. Patricia Bullrich. Celebrada en la Iglesia Catedral Castrense, Stella Maris en la mañana del miércoles 26 de noviembre, en el Barrio Porteño de Retiro, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Presidió la Santa Misa, Mons. Santiago Olivera, concelebraron el Vicario General, Mons. Gustavo Acuña, el Rector de la Catedral, Padre Hernán Vigna, los Capellanes Mayores de Ejército, Padre Eduardo Castellanos, de la Armada Argentina, Padre Francisco Rostom Maderna, de la Fuerza Aérea Argentina, Padre César Tauro, de GNA, Padre Jorge Massut, de PNA, Padre Diego Tibaldo, de PSA, Padre Rubén Bonacina y Capellanes de las Fuerzas Armadas y Fuerzas Federales de Seguridad. Participaron, Diáconos Castrenses, el Sr. Ministro de Defensa, Dr. Petri, la Sra. Ministro de Seguridad, Dra. Bulrich, la Secretaria de Seguridad, Sra. Alejandra Monteoliva, el Jefe del Estado Mayor Conjunto de las FFAA, Brigadier, General Xavier Isaac, en representación del Ejército Argentino, General de Brigada Gustavo García, el Jefe del Estado Mayor General de la Armada, Almirante Carlos María Allievi, el Jefe del Estado mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, Brigadier Mayor Gustavo Valverde, director nacional de la Policía de Seguridad Aeroportuaria PSA (Policía de Seguridad Aeroportuaria),  Comisionado General Alfredo Hernán Gallard, el Subjefe PFA (Policía Federal Argentina), Comisario General Mariano José Giuffra, en representación del SPF (Servicio Penitenciario Federal) el Inspector General, Licenciado Diego A. Morel, invitados especiales y fieles castreneses.

Mons. Santiago decía en la Homilía, gracias por aceptar la invitación a rezar juntos y agradecerles muy desde el corazón todo este camino recorrido. Además, nos llena de alegría saber que estamos haciendo realidad, cumpliendo la exhortación que el Apóstol Pablo nos ha recomendado y hemos recordado en esta primera lectura proclamada:

“Ante todo recomiendo que se ofrezcan súplicas, peticiones, intercesiones y acciones de gracias por todas personas especialmente por los soberanos y las autoridades…”  Gracias a Dios, nosotros siempre rezamos por nuestras Autoridades y hoy podemos compartirlo muy concretamente. La oración por los otros es un modo claro de manifestar la gratitud y el amor”.

Continuando, el Obispo dijo, ¡Qué importante es saber agradecer al Señor, saber alabarlo por todo lo que hace por nosotros! Por ello, nos podemos preguntar: ¿Somos capaces de saber decir gracias? ¿Cuántas veces nos decimos gracias en familia, en la comunidad, en la Iglesia? ¿Cuántas veces damos gracias a quien nos ayuda, a quien está cerca de nosotros, a quien nos acompaña en la vida? Con frecuencia damos todo por descontado. Y lo mismo hacemos también con Dios”.

Profundizando, Mons. Olivera compartía, ¡¡Gracias!!, dieron los miembros de la Junta de Mayo y los Congresales de Tucumán acudiendo a cantar el Te Deum.  “Gracias a Dios”, dan los gobiernos en las principales fiestas cívicas, desde el nacimiento de nuestra Patria. Los agradecidos y los que alaban son como hermanos, que bendicen a su auxiliador por los beneficios que han recibido”.

En otro párrafo, Mons. Santiago compartía, “¡Gracias! les damos –estimados Ministros- por el acompañamiento, cercanía, dedicación, entrega y servicio que tuvieron tanto para con nuestra querida Nación como para con nuestra Iglesia Particular, el Obispado Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad, que desde los albores de nuestra Patria, y particularmente desde hace 68 años, en tierra, ríos, lagos, mar y aire “sirve a quienes nos sirven, cuidan y consolidan la paz interior y proveen a la defensa común” de nuestra soberanía, acompañándolos, alentándolos en el cumplimiento del deber; pero sobre todo, anunciándoles esta Buena Nueva que es el Evangelio de Jesús”.

Avanzando, señaló el Obispo, “Jesús es nuestra esperanza. Nuestra esperanza frente al pecado porque nos perdona, y nuestra esperanza frente al misterio del sufrimiento y de la muerte porque Él es Vida, nuestra esperanza frente a la enfermedad porque nos sana.  Así lo revela en el Evangelio al curar a los diez enfermos de lepra, enfermedad en aquel tiempo considerada una «impureza contagiosa» que exigía una purificación ritual. De todos modos, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia”.

Finalmente, dijo, “queridos Ministros, nuestra Patria Argentina, nacida a la luz de la evangelización, comprobó desde el principio el amor de Dios por sus hijos y por sus Instituciones, y hoy requiere una vez más, de su presencia y energía transformadoras; pidámosle entonces que Él intervenga con su gracia y anime esta etapa nueva de su historia para que seamos más fieles a su voluntad. Hacemos votos y elevamos nuestra oración para  que Dios y nuestra Madre la Virgen de Luján los asistan y acompañen desde sus asientos en el Congreso Nacional, para que –como el Samaritano curado y agradecido- vivan con hondura este nuevo mandato que el pueblo esperanzado les ha dado; que la gracia divina sea la que inspire sus obras, las sostenga y acompañe; (…)”.

Antes de la Bendición a todos, Mons. Santiago entregó a los Sres. Ministros de Defensa y Seguridad un presente en gratitud y recuerdo de su generosidad y labor en nombre de la Diócesis Castrense de Argentina. Se trata de dos bandejas una para cada ministro, donde se puede leer:

OBISPADO CASTRENSE Y DE LAS FUERZAS FEDERALES DE SEGURIDAD

A la Sr./ra. Ministro de Defensa / Seguridad

Con nuestro reconocimiento por su servicio a la Patria, por su permanente cercanía y espíritu de entrega, especialmente hacia los hombres y mujeres de las fuerzas bajo su responsabilidad, y de manera particular hacia los miembros de nuestra familia diocesana.

26 de noviembre de 2025

«Jubileo de la Esperanza»

A continuación, compartimos en forma completa la Homilía de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad:

Homilía Misa despedida Ministros de Defensa y de Seguridad

26-11-2025 – Catedral Stella Maris

Lecturas 1 Timoteo 2,1-7

Evangelio Lucas 17.11-19

Sr. Ministro de Defensa Dr. Luis Petri, Sra. Ministra de Seguridad Nacional Dra. Patricia Bullrich, autoridades de los Ministerios, Sr. Jefe del Estado Mayor Conjunto, Sres. Jefes de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, Sres. Jefes de las Fuerzas Federales de Seguridad, Sres. Oficiales y Suboficiales, Personal Civil, Sres. Capellanes, hermanos y hermanas presentes: Sean bienvenidos.

Gracias por aceptar la invitación a rezar juntos y agradecerles muy desde el corazón todo este camino recorrido. Además, nos llena de alegría saber que estamos haciendo realidad, cumpliendo la exhortación que el Apóstol Pablo nos ha recomendado y hemos recordado en esta primera lectura proclamada:

“Ante todo recomiendo que se ofrezcan súplicas, peticiones, intercesiones y acciones de gracias por todas personas especialmente por los soberanos y las autoridades…”  Gracias a Dios, nosotros siempre rezamos por nuestras Autoridades y hoy podemos compartirlo muy concretamente. La oración por los otros es un modo claro de manifestar la gratitud y el amor.

          El Evangelio que hemos escuchado presenta a Jesús que cura a diez enfermos de lepra, de los cuales sólo uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve a darle las gracias. Esta página evangélica nos permite pensar en dos grados de curación: Uno, más superficial, concerniente al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el «corazón», y desde allí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la «salvación». Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre «salud» y «salvación», nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva.

          Además, aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión:  «Tu fe te ha salvado». Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. Quien sabe agradecer -como el samaritano curado-, demuestra que no considera todo como “algo debido”, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios.  Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: «Gracias”! 

          ¡Qué importante es saber agradecer al Señor, saber alabarlo por todo lo que hace por nosotros! Por ello, nos podemos preguntar: ¿Somos capaces de saber decir gracias? ¿Cuántas veces nos decimos gracias en familia, en la comunidad, en la Iglesia? ¿Cuántas veces damos gracias a quien nos ayuda, a quien está cerca de nosotros, a quien nos acompaña en la vida? Con frecuencia damos todo por descontado. Y lo mismo hacemos también con Dios. Es fácil ir al Señor para pedirle algo, pero regresar a darle las gracias… Por eso Jesús remarca con fuerza la negligencia de los nueve enfermos de lepra desagradecidos: ¿No quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

          ¡¡Gracias!!, dieron los miembros de la Junta de Mayo y los Congresales de Tucumán acudiendo a cantar el Te Deum. Dichos congresales, en palabras del Presidente Avellaneda “tomaron todos los recaudos para emanciparse de su Rey, pero no de Dios”. Belgrano y San Martín obsequiaron sus bastones de mando a la Santísima Virgen, en acción de gracias por acompañarlos en la gesta emancipadora.

          “Gracias a Dios”, dan los gobiernos en las principales fiestas cívicas, desde el nacimiento de nuestra Patria. Los agradecidos y los que alaban son como hermanos, que bendicen a su auxiliador por los beneficios que han recibido. Así, en Naciones de mayoría religiosa –como la nuestra-, la fe del Presidente aseguraba una cosmovisión cristiana del gobierno, de la ciudadanía, de las relaciones que, unidas a su honestidad y capacidad personales, garantizan una conducción justa, prudente y eficaz. Juan B. Alberti, en “Bases y Puntos de Partida (XV)” decía: “Si queréis pobladores morales y religiosos, no fomentéis el ateísmo. Si queréis familias que formen las costumbres privadas, respetad su altar a cada creencia”.

          Por ello, ¡Gracias! les damos –estimados Ministros- por el acompañamiento, cercanía, dedicación, entrega y servicio que tuvieron tanto para con nuestra querida Nación como para con nuestra Iglesia Particular, el Obispado Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad, que desde los albores de nuestra Patria, y particularmente desde hace 68 años, en tierra, ríos, lagos, mar y aire “sirve a quienes nos sirven, cuidan y consolidan la paz interior y proveen a la defensa común” de nuestra soberanía, acompañándolos, alentándolos en el cumplimiento del deber; pero sobre todo, anunciándoles esta Buena Nueva que es el Evangelio de Jesús.

          ¡Queridos Ministros, gracias!, porque frente a situaciones complejas, tuvieron sólida capacidad de conducción. Así, mientras algunos gobiernos democráticos sintieron aprensión de pronunciar la palabra autoridad y sobre todo de ejercerla, desde las carteras por ustedes conducidas –en algún caso en dos ocasiones-  y con la ley en la mano, volvimos a gozar de la libertad de circulación y de la seguridad, tanto para el pueblo como para los uniformados investidos de la misma.

Gracias también en nombre de nuestros militares y policías miembros de las Fuerzas Federales de Seguridad y sus familias porque se sintieron cuidados y tenidos en cuenta, porque ustedes siempre agradecen las vidas de ellos por su entrega sin límite por amor a la Patria.

          Gracias por su lucha contra la trata de personas, como contra la droga y sus mercaderes, que parecía enseñorearse en vastas geografías de nuestra Patria, corrompiendo y arruinando familias y sobre todo a nuestros jóvenes. Jacques Maritain en su obra “El hombre y el Estado” decía: “Una sociedad democrática no tiene que ser una sociedad indefensa, en la que los enemigos de la libertad puedan conducirla mansamente al matadero en nombre de la libertad”.

          Gracias por permitir que “Dios, fuente de toda razón y justicia”, a quien invocamos en el Preámbulo de nuestra Carta Magna fuera anunciado en una de las Fuerzas de Federales de Seguridad, mediante la creación de la Capellanía Mayor con sus capellanes.

          Jesús es nuestra esperanza. Nuestra esperanza frente al pecado porque nos perdona, y nuestra esperanza frente al misterio del sufrimiento y de la muerte porque Él es Vida, nuestra esperanza frente a la enfermedad porque nos sana.  Así lo revela en el Evangelio al curar a los diez enfermos de lepra, enfermedad en aquel tiempo considerada una «impureza contagiosa» que exigía una purificación ritual. De todos modos, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia. Esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es Amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal.

           Queridos Ministros, nuestra Patria Argentina, nacida a la luz de la evangelización, comprobó desde el principio el amor de Dios por sus hijos y por sus Instituciones, y hoy requiere una vez más, de su presencia y energía transformadoras; pidámosle entonces que Él intervenga con su gracia y anime esta etapa nueva de su historia para que seamos más fieles a su voluntad.

          Hacemos votos y elevamos nuestra oración para  que Dios y nuestra Madre la Virgen de Luján los asistan y acompañen desde sus asientos en el Congreso Nacional, para que –como el Samaritano curado y agradecido- vivan con hondura este nuevo mandato que el pueblo esperanzado les ha dado; que la gracia divina sea la que inspire sus obras, las sostenga y acompañe; que desde el mismo cultiven con magnanimidad y lealtad el amor a la Patria,  trabajen sin estrechez de miras, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el bien de toda la familia humana; si la ecuación entre autoridad y libertad es férreamente defendida, podremos consolidar definitivamente la vida política del país.

Que Así sea.

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