PAPA LEÓN XIV | Si Jesús nos llama a ser amigos, intentemos no dejar sin escuchar esta llamada, así lo expresó el Santo Padre al compartir su mensaje durante la Audiencia General. Celebrada en el Aula Pablo VI, Su Santidad León XIV centró la catequesis en el tema «Los documentos del Concilio Vaticano II. La Constitución dogmática Dei Verbum. Dios habla a los hombres como a amigos» (Lectura: Jn 15,15).
El Papa decía, “hoy comenzamos a profundizar en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre la Revelación divina. Se trata de uno de los documentos más bellos e importantes del concilio y, para introducirnos en él, nos puede ayudar recordar las palabras de Jesús: «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15)”.
Continuando, dijo, “San Agustín, al comentar este pasaje del cuarto Evangelio, insiste en la perspectiva de la gracia, que sola puede hacernos amigos de Dios en su Hijo (Comentario al Evangelio de Juan, Homilía 86). De hecho, un antiguo lema decía: «Amicitia aut pares invenit, aut facit», «la amistad o nace entre iguales, o los hace tales». Nosotros no somos iguales a Dios, pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo”.
Profundizando, agregó, “por eso, como podemos ver en toda la Escritura, en la Alianza hay un primer momento de distancia, ya que el pacto entre Dios y el hombre sigue siendo siempre asimétrico: Dios es Dios y nosotros somos criaturas; pero, con la venida del Hijo en carne humana, la Alianza se abre a su fin último: en Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a ser semejantes a Él en nuestra frágil humanidad”.
En otro párrafo, el Pontífice añadió, “la Constitución Dei Verbum nos recuerda también esto: Dios nos habla. Es importante captar la diferencia entre la palabra y la charla: esta última se queda en la superficie y no realiza una comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no sirve solo para intercambiar información y noticias, sino para revelar quiénes somos”.
Seguidamente, dijo, “en esta perspectiva, la primera actitud que debemos cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones; al mismo tiempo, estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos. De ahí la necesidad de la oración, en la que estamos llamados a vivir y cultivar la amistad con el Señor”.
Finalmente, el Papa compartió, “nuestra experiencia nos dice que las amistades pueden terminar por algún gesto rotundo de ruptura, o por una serie de descuidos cotidianos que desgastan la relación hasta perderla. Si Jesús nos llama a ser amigos, intentemos no dejar sin escuchar esta llamada”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:
Catequesis. Los documentos del Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Dei Verbum. 1. Dios habla a los hombres como a amigos
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hemos iniciado el ciclo de catequesis sobre el Concilio Vaticano II. Hoy comenzamos a profundizar en la Constitución dogmática Dei Verbum sobre la Revelación divina. Se trata de uno de los documentos más bellos e importantes del concilio y, para introducirnos en él, nos puede ayudar recordar las palabras de Jesús: «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Este es un punto fundamental de la fe cristiana, que la Dei Verbum nos recuerda: Jesucristo transforma radicalmente la relación del hombre con Dios, que a partir de ahora será una relación de amistad. Por lo tanto, la única condición de la nueva alianza es el amor.
San Agustín, al comentar este pasaje del cuarto Evangelio, insiste en la perspectiva de la gracia, que sola puede hacernos amigos de Dios en su Hijo (Comentario al Evangelio de Juan, Homilía 86). De hecho, un antiguo lema decía: «Amicitia aut pares invenit, aut facit», «la amistad o nace entre iguales, o los hace tales». Nosotros no somos iguales a Dios, pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo.
Por eso, como podemos ver en toda la Escritura, en la Alianza hay un primer momento de distancia, ya que el pacto entre Dios y el hombre sigue siendo siempre asimétrico: Dios es Dios y nosotros somos criaturas; pero, con la venida del Hijo en carne humana, la Alianza se abre a su fin último: en Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a ser semejantes a Él en nuestra frágil humanidad. Nuestra semejanza con Dios, entonces, no se alcanza a través de la transgresión y el pecado, como sugiere la serpiente a Eva (cf. Gn 3,5), sino en la relación con el Hijo hecho hombre.
Las palabras del Señor Jesús que hemos recordado —«os he llamado amigos»— se recogen precisamente en la Constitución Dei Verbum, que afirma: « Con esta Revelación, en efecto, Dios invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), en su gran amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex 33,11; Jn 15,14-15) y se entretiene con ellos (cf. Bar 3,38), para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él» (n. 2). El Dios del Génesis ya conversaba con los progenitores, dialogando con ellos (cf. Dei Verbum, 3); y cuando con el pecado se interrumpe este diálogo, el Creador no deja de buscar el encuentro con sus criaturas y de establecer cada vez una alianza con ellas. En la Revelación cristiana, es decir, cuando Dios, para venir a buscarnos, se hace carne en su Hijo, el diálogo que se había interrumpido se restablece de manera definitiva: la Alianza es nueva y eterna, nada puede separarnos de su amor. La Revelación de Dios, por lo tanto, tiene el carácter dialógico de la amistad y, como ocurre en la experiencia de la amistad humana, no soporta el mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras verdaderas.
La Constitución Dei Verbum nos recuerda también esto: Dios nos habla. Es importante captar la diferencia entre la palabra y la charla: esta última se queda en la superficie y no realiza una comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no sirve solo para intercambiar información y noticias, sino para revelar quiénes somos. La palabra posee una dimensión reveladora que crea una relación con el otro. Así, al hablarnos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la amistad con Él.
En esta perspectiva, la primera actitud que debemos cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones; al mismo tiempo, estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos.
De ahí la necesidad de la oración, en la que estamos llamados a vivir y cultivar la amistad con el Señor. Esto se realiza en primer lugar en la oración litúrgica y comunitaria, donde no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla a través de la Iglesia; además, se realiza en la oración personal, que tiene lugar en la interioridad del corazón y de la mente. En la jornada y en la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión. Solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.
Nuestra experiencia nos dice que las amistades pueden terminar por algún gesto rotundo de ruptura, o por una serie de descuidos cotidianos que desgastan la relación hasta perderla. Si Jesús nos llama a ser amigos, intentemos no dejar sin escuchar esta llamada. Acogámosla, cuidemos esta relación y descubriremos que precisamente la amistad con Dios es nuestra salvación.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los animo a cultivar la amistad con el Señor, que es fuente de gozo y salvación, dedicando momentos serenos de oración y meditación de la Palabra, para escucharlo y hablar con Él en el silencio y la intimidad del corazón. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.





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