PAPA LEÓN XIV | Todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva, así lo señalaba el Santo Padre al compartir su mensaje antes de recitar la oración mariana del Ángelus. Antes del mediodía de hoy, Su Santidad León XIV se presentaba en la ventana del Estudio Vaticano desde donde se reunía con fieles y peregrinos presentes en Plaza San Pedro.
El Papa nos decía, “hoy, el Evangelio de la liturgia compone para todos nosotros un icono lleno de luz, narrando la Transfiguración del Señor (cf. Mt 17,1-9). Todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva”.
Seguidamente, compartía, “como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy en la montaña oímos la voz del Padre, que proclama: «Este es mi Hijo amado», mientras el Espíritu Santo envuelve a Jesús en una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, verdaderamente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios”.
En otro párrafo, el Santo Padre señalaba, “la Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y resurrección, de tinieblas y luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón: ¡su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Nos sentimos fascinados por ella?”
Completando, decía el Pontífice, “a la desesperación del ateísmo, el Padre responde con el don del Hijo Salvador; de la soledad agnóstica, el Espíritu Santo nos redime ofreciéndonos una comunión eterna de vida y gracia; ante nuestra débil fe, está el anuncio de la futura resurrección: (…). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para saborear la compañía del Señor”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buen domingo!
Hoy, el Evangelio de la liturgia compone para todos nosotros un icono lleno de luz, narrando la Transfiguración del Señor (cf. Mt 17,1-9). Para representarla, el evangelista sumerge su pluma en la memoria de los apóstoles, pintando a Cristo entre Moisés y Elías. El Verbo hecho hombre está entre la Ley y la Profecía: él es la Sabiduría viva, que lleva a cumplimiento toda palabra divina. Todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva.
Como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy en la montaña oímos la voz del Padre, que proclama: «Este es mi Hijo amado», mientras el Espíritu Santo envuelve a Jesús en una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, verdaderamente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios. Cuando se muestra, el Señor revela su excelencia a nuestra mirada: ante Jesús, cuyo rostro brilla «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una solemne confianza.
La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y resurrección, de tinieblas y luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. De hecho, mientras que el mal reduce nuestra carne a mercancía de intercambio o a masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece de la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón: ¡su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Nos sentimos fascinados por ella? ¿El verdadero rostro de Dios encuentra en nosotros una mirada de asombro y amor?
A la desesperación del ateísmo, el Padre responde con el don del Hijo Salvador; de la soledad agnóstica, el Espíritu Santo nos redime ofreciéndonos una comunión eterna de vida y gracia; ante nuestra débil fe, está el anuncio de la futura resurrección: esto es lo que los discípulos vieron en el resplandor de Cristo, pero para comprenderlo se necesita tiempo (cf. Mt 17,9). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para saborear la compañía del Señor.
Mientras experimentamos todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la mañana, que guarde nuestros pasos en la fe.
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Después del Ángelus
¡Queridos hermanos y hermanas!
Sigo con profunda preocupación lo que está sucediendo en Oriente Medio y en Irán en estas horas dramáticas. La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable.
Ante la posibilidad de una tragedia de enormes proporciones, hago un sentido llamamiento a las partes implicadas para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable. Que la diplomacia recupere su papel y se promueva el bien de los pueblos, que anhelan una convivencia pacífica, basada en la justicia. Y sigamos rezando por la paz.
En estos días llegan también noticias preocupantes de enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán. Elevo mi súplica por un urgente retorno al diálogo. Oremos juntos para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo. Solo la paz, don de Dios, puede sanar las heridas entre los pueblos.
Estoy cerca de las poblaciones del estado brasileño de Minas Gerais, afectadas por violentas inundaciones. Rezo por las víctimas, por las familias que han perdido sus hogares y por todos los que participan en las operaciones de socorro.
Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países, en particular al grupo de cameruneses que viven en Roma, acompañados por el presidente de la Conferencia Episcopal de ese país, que, si Dios quiere, tendré la alegría de visitar en el mes de abril.
Doy la bienvenida a los fieles de la Diócesis de Iaşi, en Rumania; a los de Budimir, cerca de Košice, en Eslovaquia; a los de Massachusetts, en Estados Unidos; y a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, de Jaén, en España.
Saludo a los fieles de Nápoles, Torre del Greco y Afragola, de Caraglio y Valle Grana, de Comitini, Crotone, Silvi Marina y de la parroquia de San Luis Gonzaga en Roma; así como a los jefes scouts del grupo «Val d’Illasi», cerca de Verona, y a los jóvenes de Faenza que han recibido la Confirmación.
¡Les deseo a todos un buen domingo!





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