PAPA LEÓN XIV | Multipliquemos los oasis de paz, denunciemos y eliminemos las causas de la desesperación, luchemos contra quienes lucran con la desgracia ajena

13 abril, 2026

ARGELIA

PAPA LEÓN XIV | Multipliquemos los oasis de paz, denunciemos y eliminemos las causas de la desesperación, luchemos contra quienes lucran con la desgracia ajena, el pedido fue formulada en durante el mensaje compartido por el Santo Padre en el encuentro mantenido con Autoridades, Sociedad Civil y Cuerpo Diplomático. Luego de su visita al Monumento de los Mártires Maqam Echahid, el Santo Padre León XIV se dirigió al Centro de Convenciones «Djamaa el Djazair» en la ciudad de Argel, donde compartió su mensaje.

El Papa decía, “expreso mi profunda gratitud por la invitación a visitar Argelia, que me ha llegado justo al inicio de mi ministerio petrino. Queridos hermanos y hermanas, vengo a ustedes como testigo de la paz y de la esperanza que el mundo anhela ardientemente y que su pueblo siempre ha buscado: un pueblo que nunca ha sido derrotado por sus pruebas, porque está arraigado en ese sentido de solidaridad, de acogida y de comunidad con el que se teje la vida cotidiana de millones de personas humildes y justas”.  

Continuando, decía, “los dramáticos acontecimientos históricos del pasado ofrecen a su país una mirada crítica particular sobre los equilibrios mundiales. Si saben entablar un diálogo con las demandas de todos y solidarizarse con los sufrimientos de tantos países cercanos y lejanos, su experiencia podrá contribuir a imaginar y a realizar una mayor justicia entre los pueblos. No multiplicando los malentendidos y los conflictos, sino respetando la dignidad de cada uno y dejándose conmover por el dolor ajeno, podrán, de hecho, convertirse en protagonistas de un nuevo rumbo de la historia, hoy más urgente que nunca, ante las continuas violaciones del derecho internacional y las tentaciones neocoloniales”.

Seguidamente, el Santo Padre compartía, “exhorto, pues, a ustedes, quienes tienen autoridad en este país, a no temer esa perspectiva y a promover una sociedad civil viva, dinámica y libre, en la que se reconozca especialmente a los jóvenes la capacidad de contribuir a ampliar el horizonte de la esperanza para todos. La verdadera fuerza de un país reside en la cooperación de todos para la realización del bien común. Las autoridades están llamadas no a dominar, sino a servir al pueblo y a su desarrollo.

El Mediterráneo, por un lado, y el Sáhara, por otro, representan, de hecho, cruces de caminos geográficos y espirituales de enorme alcance. Si profundizamos en su historia, sin simplificaciones ni ideologías, encontraremos allí ocultos inmensos tesoros de humanidad, porque el mar y el desierto son desde hace milenios lugares de enriquecimiento recíproco entre los pueblos y las culturas. ¡Ay de nosotros si los convertimos en cementerios donde muera también la esperanza! ¡Liberemos del mal estos inmensos depósitos de historia y de futuro! ¡Multipliquemos los oasis de paz, denunciemos y eliminemos las causas de la desesperación, luchemos contra quienes se lucran con la desgracia ajena!

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL

(13-23 DE ABRIL DE 2026)

ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, LA SOCIEDAD CIVIL Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Centro de Convenciones «Djamaa el Djazair» (Argel)

Lunes, 13 de abril de 2026

Señor Presidente,

distinguidas autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático,

¡Señoras y señores!

Expreso mi profunda gratitud por la invitación a visitar Argelia, que me ha llegado justo al inicio de mi ministerio petrino. ¡Y gracias por su acogida! Ustedes saben que, como hijo espiritual de San Agustín, ya he venido dos veces —en 2001 y en 2013— a Annaba, y estoy agradecido a la Divina Providencia, porque, según su misterioso designio, ha dispuesto que regresara aquí como Sucesor de Pedro. Vengo entre ustedes como peregrino de paz, deseoso de encontrarme con el noble pueblo argelino. Somos hermanos y hermanas, porque tenemos el mismo Padre en los cielos: el profundo sentido religioso del pueblo argelino es el secreto de una cultura del encuentro y de la reconciliación, de la cual también mi visita quiere ser un signo. En un mundo lleno de enfrentamientos e incomprensiones, ¡encontremos y tratemos de comprendernos, reconociendo que somos una sola familia! Hoy, la sencillez de esta conciencia es la llave para abrir muchas puertas cerradas.

Queridos hermanos y hermanas, vengo a ustedes como testigo de la paz y de la esperanza que el mundo anhela ardientemente y que su pueblo siempre ha buscado: un pueblo que nunca ha sido derrotado por sus pruebas, porque está arraigado en ese sentido de solidaridad, de acogida y de comunidad con el que se teje la vida cotidiana de millones de personas humildes y justas. Ellos son los fuertes, ellos son el futuro: quienes no se dejan cegar por el poder y la riqueza, quienes no sacrifican la dignidad de sus conciudadanos por su propia fortuna personal o la de su grupo. En particular, de muchas partes tengo testimonio de cómo el pueblo argelino demuestra gran generosidad tanto hacia sus compatriotas como hacia los extranjeros. Esta actitud refleja una hospitalidad profundamente arraigada en las comunidades árabes y bereberes, ese deber sagrado que en todas partes desearíamos encontrar como valor social fundamental. Igualmente, la limosna (sadaka) es una práctica común y natural entre ustedes, incluso para quienes tienen medios limitados. En su origen, la palabra sadaka significa justicia: no quedarse con lo propio, sino compartir lo que se tiene, es, de hecho, una cuestión de justicia. Injusto es quien acumula riquezas y permanece indiferente ante los demás. Esta visión de la justicia es sencilla y radical: reconoce en el otro la imagen de Dios. Una religión sin piedad y una vida social sin solidaridad son un escándalo a los ojos de Dios. Sin embargo, muchas sociedades que se creen avanzadas caen cada vez más en la desigualdad y la exclusión. Las personas y las organizaciones que dominan a los demás —África lo sabe bien— destruyen el mundo que el Altísimo ha creado para que vivamos juntos.

Los dramáticos acontecimientos históricos del pasado ofrecen a su país una mirada crítica particular sobre los equilibrios mundiales. Si saben entablar un diálogo con las demandas de todos y solidarizarse con los sufrimientos de tantos países cercanos y lejanos, su experiencia podrá contribuir a imaginar y a realizar una mayor justicia entre los pueblos. No multiplicando los malentendidos y los conflictos, sino respetando la dignidad de cada uno y dejándose conmover por el dolor ajeno, podrán, de hecho, convertirse en protagonistas de un nuevo rumbo de la historia, hoy más urgente que nunca, ante las continuas violaciones del derecho internacional y las tentaciones neocoloniales.

Ya mis predecesores percibieron con lucidez el alcance trascendental de este desafío. Benedicto XVI observó que «los procesos de globalización, si se comprenden y orientan adecuadamente, abren posibilidades sin precedentes de redistribución a gran escala de la riqueza a nivel mundial; si, por el contrario, están mal orientados, pueden conducir a un aumento de la pobreza y las desigualdades e incluso podrían desencadenar una crisis global» (Carta enc. Caritas in veritate, 42). El papa Francisco, por su parte, fortalecido por una larga experiencia entre las contradicciones del Sur global, señaló la importancia de lo que solo puede entenderse en la periferia de los grandes centros de poder y de decisión: «Es necesario pensar —escribía— en la participación social, política y económica de manera que incluya a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con ese torrente de energía moral que nace de la participación de los excluidos en la construcción del destino común» (Carta enc. Fratelli tutti, 169).

Exhorto, pues, a ustedes, quienes tienen autoridad en este país, a no temer esa perspectiva y a promover una sociedad civil viva, dinámica y libre, en la que se reconozca especialmente a los jóvenes la capacidad de contribuir a ampliar el horizonte de la esperanza para todos. La verdadera fuerza de un país reside en la cooperación de todos para la realización del bien común. Las autoridades están llamadas no a dominar, sino a servir al pueblo y a su desarrollo. La acción política encuentra, pues, su criterio en la justicia, sin la cual no hay paz auténtica, y se expresa en la promoción de condiciones equitativas y dignas para todos. También la Iglesia católica, con sus comunidades e iniciativas, desea contribuir al bien común de Argelia, fortaleciendo su particular identidad de puente entre el Norte y el Sur, entre Oriente y Occidente.

El Mediterráneo, por un lado, y el Sáhara, por otro, representan, de hecho, cruces de caminos geográficos y espirituales de enorme alcance. Si profundizamos en su historia, sin simplificaciones ni ideologías, encontraremos allí ocultos inmensos tesoros de humanidad, porque el mar y el desierto son desde hace milenios lugares de enriquecimiento recíproco entre los pueblos y las culturas. ¡Ay de nosotros si los convertimos en cementerios donde muera también la esperanza! ¡Liberemos del mal estos inmensos depósitos de historia y de futuro! ¡Multipliquemos los oasis de paz, denunciemos y eliminemos las causas de la desesperación, luchemos contra quienes se lucran con la desgracia ajena! Son ganancias ilícitas, de hecho, las de quienes especulan con la vida humana, cuya dignidad es inviolable. Unamos, pues, nuestras fuerzas, nuestras energías espirituales, toda inteligencia y recurso que haga de la tierra y del mar lugares de vida, de encuentro, de maravilla. Que su majestuosa belleza nos toque el corazón; que su aspecto ilimitado nos interrogue sobre la trascendencia. El Mediterráneo, el Sáhara y el inmenso cielo que los domina nos susurran que la realidad nos supera por todas partes, que Dios es verdaderamente grande y que todo lo vivimos en su misteriosa presencia.

Este pensamiento tiene enormes consecuencias en la realidad. Son muchos hoy quienes subestiman su alcance. A bien ver, también la sociedad argelina conoce la tensión entre el sentido religioso y la vida moderna. Aquí, como en todo el mundo, tienden a manifestarse dinámicas opuestas, de fundamentalismo o de secularización, por las que muchos pierden el sentido auténtico de Dios y de la dignidad de todas sus criaturas. Entonces los símbolos y las palabras religiosas pueden convertirse, por un lado, en lenguajes blasfemos de violencia y opresión, y por otro, en signos sin significado, en el gran mercado de consumos que no sacian.

Estas polarizaciones absurdas, sin embargo, no deben asustarnos. Hay que enfrentarlas con inteligencia. Son la señal de que vivimos un tiempo extraordinario, de gran renovación, en el que quien mantiene libre el corazón y despierta la conciencia puede extraer de las grandes tradiciones espirituales y religiosas nuevas visiones de la realidad y motivaciones inquebrantables de compromiso. Es necesario educar en el sentido crítico y en la libertad, en la escucha y en el diálogo, en la confianza que nos hace reconocer en el diferente a un compañero de viaje, no a una amenaza. Debemos trabajar por la sanación de la memoria y la reconciliación entre antiguos adversarios. Es el don que pido para ustedes, para Argelia y para todo su pueblo, sobre el cual invoco abundantes bendiciones del Altísimo.

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