GUINEA ECUATORIAL
PAPA LEÓN XIV | Dejémonos entusiasmar por la belleza del amor, seamos testigos del amor que Jesús nos dejó y nos enseñó, así lo pidió el Santo Padre al compartir su mensaje en el Encuentro con los Jóvenes y las familias. Celebrado en el Estadio Bata, Su Santidad León XIV nos dijo, “queridos hermanos y hermanas, con gran alegría los saludo y agradezco al Obispo por las palabras que me ha dirigido. Les agradezco a todos ustedes por la cálida acogida y por su entusiasmo, que manifiesta la alegría de su fe”.
Continuando, el Papa agregó, “han venido a este encuentro con sus familias. Estas son el terreno fértil en el que el árbol joven y frágil de su crecimiento humano y cristiano hunde sus raíces. Muchos de ustedes se están preparando para el sacramento del Matrimonio. Ser esposos y padres es una misión apasionante, una alianza que hay que vivir día a día, en la que se redescubren siempre nuevos el uno para el otro, artífices, junto con Dios, del milagro de la vida y constructores de felicidad, para ustedes y para sus hijos”.
Finalmente, el Santo Padre, compartió, “queridos jóvenes, padres y todos ustedes aquí presentes, ¡dejémonos entusiasmar por la belleza del amor, seamos testigos del amor que Jesús nos dejó y nos enseñó! Testifiquemos cada día que amar es hermoso, que las alegrías más grandes, en todos los ámbitos, provienen de saber dar y de entregarse, especialmente cuando nos inclinamos hacia quien más lo necesita. La luz de la caridad, cultivada en los hogares y vivida en la fe, puede transformar verdaderamente el mundo, incluso en sus estructuras e instituciones, para que cada persona encuentre en él respeto y nadie sea olvidado (cf. Francisco, Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Alimentación, 14 de octubre de 2022)”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ARGELIA, CAMERÚN, ANGOLA Y GUINEA ECUATORIAL
(13-23 DE ABRIL DE 2026)
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES Y LAS FAMILIAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Estadio de Bata
Miércoles, 22 de abril de 2026
Queridos jóvenes, queridas familias, ¡la paz esté con ustedes!
¿Quién tiene miedo de la lluvia? ¿Quién quiere la bendición de Dios? ¡Gracias por estar aquí! ¡Sigamos con la fiesta! ¡La Iglesia necesita el entusiasmo de todos ustedes!
Queridos hermanos y hermanas, con gran alegría los saludo y agradezco al Obispo por las palabras que me ha dirigido. Les agradezco a todos ustedes por la cálida acogida y por su entusiasmo, que manifiesta la alegría de su fe.
Su Excelencia ha descrito a Guinea Ecuatorial como un país «joven, lleno de energía, de preguntas, de ganas de vivir», y al mismo tiempo deseoso de hacer de Cristo su luz. Es una referencia al lema de este viaje —Cristo, luz de Guinea Ecuatorial, hacia un futuro de esperanza—. ¡Pero encuentra su confirmación en la presencia de todos ustedes aquí! La luz más resplandeciente, aquí, es la de sus ojos, de sus rostros, de sus sonrisas, de los cantos, de los bailes, en los que todo es testimonio de que Cristo es alegría, sentido, inspiración y belleza para nuestra vida.
Vuestro país, Guinea Ecuatorial, es un país rico en historia y tradiciones. Lo hemos visto hace un momento, en las danzas, en los trajes y en los símbolos con los que cada grupo ha expresado su identidad, haciendo aún más evidente y conmovedor nuestro estar juntos. Han traído objetos sencillos y cotidianos —un bastón, una red, la reproducción de una isla, un bote, un instrumento musical— que hablan de su vida y de los valores antiguos y nobles que la animan, como el servicio, la unidad, la acogida, la confianza, la fiesta. Es la herencia luminosa y exigente de la que ustedes, queridos jóvenes, están llamados a ser, en la fe, el fundamento de su futuro y del de esta Tierra. ¡El futuro es suyo!
San Juan Pablo II los recordaba cuando, a su llegada a este país, al encontrarse con una Iglesia tan viva y dinámica, decía a los fieles, presentes para recibirlo: «Den siempre ejemplo de concordia entre ustedes, de amor mutuo, de capacidad de reconciliación, de respeto efectivo de los derechos de cada ciudadano, de cada familia, de cada grupo social. Respetad y promoved la dignidad de todas las personas en vuestro país, como seres humanos y como hijos de Dios» (Discurso a su llegada a Guinea Ecuatorial, Malabo, 18 de febrero de 1982). Son palabras que aún hoy guían nuestros corazones y deben iluminar vuestro camino, mientras os preparáis para las responsabilidades que os esperan en el futuro.
Alicia, a este respecto, nos ha hablado de la importancia de ser fieles a los propios deberes y de contribuir, con el trabajo cotidiano, al bien de la familia y de la sociedad. Ha compartido con nosotros su sueño de una tierra «en la que los jóvenes, hombres y mujeres, no busquen el éxito fácil, sino que elijan la cultura del esfuerzo, de la disciplina, del trabajo bien hecho y que este sea valorado». Dijo que ser cristiana significa, además de participar en la celebración eucarística, también trabajar con dignidad y tratar a todos con respeto, recordando también el desafío de su condición de mujer en el mundo laboral. Esto nos invita a reflexionar sobre la importancia del compromiso fecundo y sobre la necesidad de promover siempre la dignidad de cada ser humano.
Lo mismo atestiguó Francisco Martín, refiriéndose a la vocación al sacerdocio. Nos abrió ante nosotros una ventana a la hermosa realidad de tantos jóvenes que se entregan totalmente a Dios por la salvación de sus hermanos. No ocultó que le costó encontrar el valor para decir su «sí», su fiat, «sí, Señor», pero en sus palabras todos comprendimos que confiar en la voluntad de Dios da alegría y profunda serenidad. Una vida entregada a Dios es una vida feliz, que se renueva cada día en la oración, en los sacramentos y en el encuentro con los hermanos y hermanas que el Señor pone en nuestro camino. En la comunión de los corazones y en la acción solícita hacia quienes tienen necesidad, se renuevan los milagros de la caridad. Por eso, si sienten que Cristo los llama a seguirlo en un camino de consagración especial —como sacerdotes, religiosas, religiosos, catequistas—, no teman seguir sus pasos: como Él mismo aseguró —y yo también quiero decirles con fuerza aquí hoy— recibirán «cien veces más y […] la vida eterna» (Mt 19,29) .
Queridos hermanos, han venido a este encuentro con sus familias. Estas son el terreno fértil en el que el árbol joven y frágil de su crecimiento humano y cristiano hunde sus raíces. Por eso, quiero invitar a todos a dar gracias juntos al Señor por el don de sus seres queridos y, como nos han dicho Purificación y Jaime Antonio, a confiarse a Él para que sus familias puedan crecer en la unión, acoger la vida como un don que hay que custodiar y educar para el encuentro con el Señor, el Señor que es Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6). Muchos de ustedes se están preparando para el sacramento del Matrimonio. Ser esposos y padres es una misión apasionante, una alianza que hay que vivir día a día, en la que se redescubren siempre nuevos el uno para el otro, artífices, junto con Dios, del milagro de la vida y constructores de felicidad, para ustedes y para sus hijos. Prepárense para vivir esta llamada como un camino de amor verdadero, que crece en la libertad; un camino de esperanza que nace de la certeza de que Dios no los abandona; un camino de santidad que busca siempre el bien y la felicidad del otro.
Agradezco mucho a Víctor Antonio la sinceridad y el valor con que ha compartido con nosotros su historia. Sus palabras nos ayudan a comprender aún más profundamente el valor de lo que hemos dicho. Caen como una roca en medio de nosotros, pero no para destruir. Son más bien palabras que deben animarnos a construir un mundo mejor, basado en el respeto por la vida que nace y crece, y en el sentido de la responsabilidad hacia los niños y los pequeños. Víctor Antonio nos ha recordado que acoger la vida requiere amor, compromiso y cuidado, y estas palabras en sus labios de adolescente deben hacernos pensar seriamente en lo importante que es proteger y custodiar la familia y los valores que en ella se aprenden. Cultivémoslos, vivámoslos y demos testimonio de ellos incluso cuando hacerlo cueste sacrificio, o cuando, como decían Jaime Antonio y Purificación, los juicios, los prejuicios y los estereotipos intenten menospreciar su valor. Una familia que sabe acoger y amar es luz, es calor. El Papa Francisco nos ha dejado unas palabras hermosas al respecto, nos ha dicho: «La pareja de padre y madre con toda su historia de amor […], la pareja que ama y engendra la vida es la verdadera “escultura” viviente […], capaz de manifestar al Dios creador y salvador» (Exhort. ap. Amoris laetitia, 9.11).
Queridos jóvenes, padres y todos ustedes aquí presentes, ¡dejémonos entusiasmar por la belleza del amor, seamos testigos del amor que Jesús nos dejó y nos enseñó! Testifiquemos cada día que amar es hermoso, que las alegrías más grandes, en todos los ámbitos, provienen de saber dar y de entregarse, especialmente cuando nos inclinamos hacia quien más lo necesita. La luz de la caridad, cultivada en los hogares y vivida en la fe, puede transformar verdaderamente el mundo, incluso en sus estructuras e instituciones, para que cada persona encuentre en él respeto y nadie sea olvidado (cf. Francisco, Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Alimentación, 14 de octubre de 2022). Hermanas y hermanos, hagamos juntos de esto un propósito firme, un compromiso gozoso, para que Cristo, Crucificado y Resucitado, luz de Guinea Ecuatorial, de África y del mundo entero, pueda guiarnos a todos hacia un futuro de esperanza.





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