FRANCIA
PAPA LEON XIV | Ofrezcan con responsabilidad su insustituible contribución a favor de la paz, que su libertad crezca sin cesar en la búsqueda del bien común, así lo pidió el Santo Padre al compartir su mensaje durante el Encuentro con las Autoridades, la Sociedad Civil y el Cuerpo Diplomático. El mismo fue celebrado en el Palacio del Elíseo, en la ciudad de París, en su primera actividad en su nuevo viaje Apostólico que inició este viernes 25 de septiembre en Francia.
El Papa decía, “mi visita a Francia comienza por la capital de su país, París, a la que a menudo se le conoce como “la Ciudad de la Luz”. Desde hace siglos, Francia brilla como un faro cultural, artístico y espiritual, no sólo en Europa, sino también en el mundo. Gracias a sus escuelas catedralicias, sus universidades y sus academias —lugares esenciales para la búsqueda de la verdad—, Francia ha contribuido a forjar la inteligencia de los pueblos, mucho más allá de sus fronteras”.
Continuando, el Santo Padre señalaba, “Francia es también una tierra de profundas raíces cristianas. Desde san Ireneo y el bautismo de Clodoveo, el alma de su patria se ha desarrollado nutriéndose del cristianismo para forjar un genio espiritual, cultural, intelectual, artístico y misionero que hoy irradia su influencia por el mundo entero”.
Avanzando, compartía, “la Declaración universal de los Derechos Humanos , proclamada en esta ciudad de París —y en cuya elaboración el jurista francés y Premio Nobel de la Paz, René Cassin, desempeñó un papel destacado— tuvo como objetivo crear una conciencia general sobre la dignidad inalienable de la persona humana. San Juan Pablo II, que consideraba este documento como «una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad» (…)”.
Profundizando, el Papa expresaba, “es precisamente gracias a la riqueza de su tejido social que, desde hace siglos, Francia se distingue por su atención a la diversidad y por un fuerte deseo de solidaridad. A través de la obra destacada de hombres y mujeres que se mantuvieron fieles a su humanidad y a los valores del Evangelio, la Iglesia católica en Francia no ha dejado de trabajar por el bien de los más necesitados, convirtiéndose en el rostro vivo de la ternura y de la compasión de Dios”.
En otro párrafo Su Santidad León XIV subrayaba, “el cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria. Efectivamente, «el auténtico laicismo no excluye la dimensión religiosa, sino que, por el contrario, sabe atesorarla como un recurso educativo» (Discurso a los participantes en el Encuentro Nacional de Profesores de Religión Católica, 25 abril 2026). (…) una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello, para que el mundo tenga vida. En este sentido, celebro el trabajo realizado en el marco de la Instancia de Diálogo entre la Santa Sede, la Iglesia católica en Francia y el Gobierno francés. La incansable labor de la Iglesia católica, a través de la riqueza de sus expresiones e instituciones, es sin duda valiosa y loable para el bienestar de toda la sociedad”.
Completando, dijo, “ante el estruendo de las guerras y las variadas crisis que sacuden a nuestro mundo, Francia tiene la vocación de seguir siendo un incansable artífice de la paz y del multilateralismo, especialmente en el seno de nuestra querida Europa. Que Francia, fiel a sus valores, abra el surco de una paz desarmada y desarmante, y ofrezca con responsabilidad su insustituible contribución a favor de la paz. Que su libertad crezca sin cesar en la búsqueda del bien común”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:
Viaje apostólico a Francia: Encuentro con las Autoridades, la Sociedad Civil y el Cuerpo Diplomático
2026 | septiembre | 25
Palacio del Elíseo (París)
Señor Presidente,
distinguidas autoridades y miembros del cuerpo diplomático,
señoras y señores:
Para mí es un gran placer estar hoy entre ustedes. Le estoy particularmente agradecido, señor Presidente, por su cordial invitación a visitar Francia, y le agradezco las palabras de bienvenida que acaba de dirigirme. A través de usted, saludo también a todos los que habitan este país de vasto patrimonio cultural y religioso. Juntos forman un pueblo en el que la diversidad de orígenes contribuye a dinamizar y enriquecer la convivencia y la vida democrática. También quiero asegurarles, señor Presidente, señoras y señores, que Francia ocupa muy a menudo un lugar especial en las oraciones del Papa, que no olvida sus raíces familiares normandas y bearnesas.
Mi visita a Francia comienza por la capital de su país, París, a la que a menudo se le conoce como “la Ciudad de la Luz”. Desde hace siglos, Francia brilla como un faro cultural, artístico y espiritual, no sólo en Europa, sino también en el mundo. Gracias a sus escuelas catedralicias, sus universidades y sus academias —lugares esenciales para la búsqueda de la verdad—, Francia ha contribuido a forjar la inteligencia de los pueblos, mucho más allá de sus fronteras. La lucidez de excepcionales espíritus franceses, que fueron al mismo tiempo grandes católicos, pone de relieve hasta qué punto las ciencias, las artes, la literatura y la filosofía pueden contribuir al bien de la humanidad cuando se orientan hacia la búsqueda de lo bello, lo bueno y lo verdadero, para que el mundo tenga vida.
La maestría francesa es sinónimo de excelencia en numerosos ámbitos. Se ha destacado de manera notable, en particular, en la vasta obra de restauración de la catedral de Notre-Dame de París, en la que participaron desde el inicio numerosas instituciones, tanto privadas como públicas, y a la que usted, Señor Presidente, le ha prestado una atención especial, que le agradezco. Saludo con gratitud a todos los artesanos y gremios que se comprometieron con este proyecto. La reciente reapertura de la catedral para la celebración del culto divino, así como para los visitantes de todo el mundo, constituye la culminación de una hazaña técnica y, a la vez, el símbolo de una esperanza recuperada, la prueba de que lo que se creía destruido para siempre puede renacer gracias a la colaboración de todos y el testimonio de una unidad alcanzada mediante el esfuerzo común. Un logro tan hermoso debe inspirar a todos los actores de la vida política, social y religiosa del país, a tener un nuevo impulso para trabajar sin cesar con espíritu de unidad y con la fuerza de una esperanza viva.
Francia es también una tierra de profundas raíces cristianas. Desde san Ireneo y el bautismo de Clodoveo, el alma de su patria se ha desarrollado nutriéndose del cristianismo para forjar un genio espiritual, cultural, intelectual, artístico y misionero que hoy irradia su influencia por el mundo entero. Así fue como en la Francia del siglo XVI floreció el humanismo, que buscaba unificar la herencia grecorromana y la fe cristiana. A los célebres pensadores del Renacimiento, y luego del Gran Siglo, sucederían los de la Ilustración; con ellos, entonces, Francia aportó al mundo auténticos logros; entre ellos, el reconocimiento de los “Derechos Humanos” inscritos en la naturaleza de la persona humana, en particular el de la libertad religiosa. Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud.
La Declaración universal de los Derechos Humanos , proclamada en esta ciudad de París —y en cuya elaboración el jurista francés y Premio Nobel de la Paz, René Cassin, desempeñó un papel destacado— tuvo como objetivo crear una conciencia general sobre la dignidad inalienable de la persona humana. San Juan Pablo II, que consideraba este documento como «una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad», era consciente de que «toda amenaza a los derechos humanos, bien sea en el ámbito de los bienes materiales, bien sea en el de los bienes espirituales, es igualmente peligrosa para la paz, porque afecta siempre al hombre en su integridad». [1]
La cuestión del respeto a la dignidad humana y a los derechos y libertades fundamentales que se derivan de la naturaleza humana se plantea en todas las épocas y debe acompañar los cambios de la sociedad y el avance técnico. En efecto, «a lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien» ( Magnifica humanitas, n. 4). Ya en su época, Georges Bernanos percibía el riesgo de que la obediencia ciega y la irresponsabilidad se convirtieran en los amos de un “Paraíso de las Máquinas”. Destacaba cómo, para escapar de ellas, la civilización francesa, por el contrario, había trabajado durante siglos en la formación de hombres libres, plenamente responsables de sus actos. [2]
Por esta razón, me pareció indispensable abordar en mi primera carta Encíclica el tema de la Inteligencia Artificial, con el fin de volver a situar a la persona humana en el centro de toda reflexión. Para no perder nuestra humanidad en medio del “Paraíso de las Máquinas” que invaden y condicionan nuestra vida cotidiana, es urgente formar las mentes en un discernimiento ético capaz de distinguir lo que es moralmente bueno. Esta exigencia es necesaria para reconocer el bien verdadero que hace crecer al hombre según su vocación primordial, en el respeto incondicional de su libertad interior y de su dignidad sagrada. A este respecto, quisiera recordar «que una sociedad verdaderamente libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo las tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social» (Discurso a los miembros del cuerpo diplomático, 9 enero 2026). Este diálogo resulta aún más urgente en el contexto de la Francia de hoy, donde personas de diferentes orígenes culturales y religiosos están llamadas a convivir y a contribuir a la edificación de la sociedad.
Es precisamente gracias a la riqueza de su tejido social que, desde hace siglos, Francia se distingue por su atención a la diversidad y por un fuerte deseo de solidaridad. A través de la obra destacada de hombres y mujeres que se mantuvieron fieles a su humanidad y a los valores del Evangelio, la Iglesia católica en Francia no ha dejado de trabajar por el bien de los más necesitados, convirtiéndose en el rostro vivo de la ternura y de la compasión de Dios. Pensemos en la obra de san Vicente de Paúl, en la renovación caritativa del siglo XVII y, aún hoy, en el personal de las numerosas instituciones católicas que acompañan a nuestros hermanos y hermanas debilitados por el sufrimiento. Sus testimonios de atención y servicio constituyen una verdadera escuela de humanidad sobre la grandeza del cuidado y un recordatorio conmovedor del valor único e insustituible de cada ser humano. Son también una invitación a una fraternidad renovada que exige aprender a acoger la vida sin condiciones, a sostener la fragilidad con ternura, a acompañar con respeto y confianza mutua cada etapa de la existencia y a defender, con valentía y compasión, a quienes no tienen voz o no se sienten lo suficientemente apoyados. Por eso reafirmo «con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano» (íbid).
Existe en nuestros días la tentación de esperar que la ciencia nos brinde una solución y un consuelo para todos nuestros sufrimientos. El riesgo es, a menudo, caer dicha ilusión. Cuando la ciencia y la tecnología no están guiadas por la conciencia, pueden proponer soluciones inmediatas que parecerían responder a los deseos y sufrimientos de los hombres y mujeres, pero que, en realidad, consiguen desviarlos gravemente del bien al que aspiran profundamente. A veces constato con preocupación ciertas derivas de las sociedades actuales que corren el riesgo de convertir la ciencia y la tecnología en empresas lucrativas que favorezcan las manipulaciones genéticas, la gestación subrogada, la compra de órganos o la oferta de una muerte programada. No olvidemos que el respeto mutuo y la protección de la vida de toda persona humana constituyen una responsabilidad de cada uno y de todos, que comienza con una conversión de la inteligencia y del corazón, y que requiere un compromiso real y desinteresado para con nuestros hermanos y hermanas.
¿Cómo no observar también, en este compromiso, una expresión de la justa laicidad de la ciudad terrenal? El cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria. Efectivamente, «el auténtico laicismo no excluye la dimensión religiosa, sino que, por el contrario, sabe atesorarla como un recurso educativo» (Discurso a los participantes en el Encuentro Nacional de Profesores de Religión Católica, 25 abril 2026).
Es precisamente por eso que la escuela católica ocupa un lugar importante en el panorama educativo de un país como Francia. «Esto, por otro lado, forma parte de una actitud más amplia, indispensable para todo diálogo en la escuela como en la sociedad: conocer y amar lo que somos, para ser capaces de encontrar a los demás con respeto y apertura» (íbid).
Por tanto, una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello, para que el mundo tenga vida. En este sentido, celebro el trabajo realizado en el marco de la Instancia de Diálogo entre la Santa Sede, la Iglesia católica en Francia y el Gobierno francés. La incansable labor de la Iglesia católica, a través de la riqueza de sus expresiones e instituciones, es sin duda valiosa y loable para el bienestar de toda la sociedad. Estos intercambios ilustran muy felizmente esa sana complementariedad que fue reafirmada durante el Concilio Vaticano II, en el sentido de que «la comunidad política y la Iglesia […] aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 76-3).
Constato también, con alegría, que esa misma voluntad de servir juntos a toda persona, sin importar su origen, ha inspirado durante siglos la cooperación entre Francia y la Iglesia católica al servicio de los cristianos de Oriente. La labor educativa, social, cultural y humanitaria que se lleva a cabo en los países de Medio Oriente, en colaboración con diversas asociaciones como Ayuda a la Iglesia Necesitada o Œuvre d’Orient, constituye una valiosa contribución al diálogo entre los pueblos y a la defensa de los derechos de toda persona.
Tenemos aquí un testimonio elocuente en el que la cultura y la fe se presentan como pilares que favorecen la armonía entre diferentes pueblos y religiones al servicio de la paz y la mediación entre los seres humanos. También en este ámbito, la educación constituye un tema de especial importancia. De hecho, sigue siendo, uno de los principales campos de cooperación y encuentra una expresión, concreta y fructífera, en el Fondo para las Escuelas de Oriente. Al respecto, deseo expresar mi gratitud a todas las personas comprometidas con este proyecto y que, desde su fundación en 2021, ha permitido brindar apoyo a más de doscientas sesenta instituciones educativas en el Medio Oriente, incluidas siete universidades en el Líbano y la Universidad de Belén.
Pero, ¿cómo evocar esta región del mundo, donde nació el Príncipe de la Paz hace dos mil años, sin pensar también en todas esas poblaciones afectadas por las consecuencias de los conflictos y en todos aquellos que padecen el flagelo de la guerra? No podemos permanecer indiferentes ante tales sufrimientos que hieren la dignidad humana y claman justicia ante Dios. La gravedad de estas situaciones debe interpelarnos y llama a cada uno, allí donde se encuentre, a una verdadera conversión del corazón y a un cambio de actitud. Reconociendo humildemente la necesidad que tenemos unos de otros podremos trabajar juntos, con mayor empeño, en la construcción de la civilización del amor en el corazón de nuestro mundo, que se ha vuelto tan complejo e interdependiente (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, n. 182). Al mismo tiempo, como ya lo afirmaba en su momento mi santo predecesor Juan XXIII, «la justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen los reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas; que, por último, todos los pueblos, en virtud de un acuerdo, lleguen a un desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías» (Carta enc. Pacem in terris, 112). En efecto, se difunde cada vez más la convicción errónea de que la posesión de armas nucleares sería una garantía de seguridad, lo que alimenta una nueva carrera armamentista difícil de controlar (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 194). Sin embargo, la paz no es un equilibrio de fuerzas; se construye cada día a través del diálogo y la justicia.
Por eso, les exhorto a no resignarse nunca ante la perspectiva de una guerra considerándola “inevitable”, sino a promover sin descanso el diálogo y la diplomacia, con el fin de preservar sociedades pacíficas, respetuosas de la dignidad y los derechos de las personas y de los pueblos. Ante el estruendo de las guerras y las variadas crisis que sacuden a nuestro mundo, Francia tiene la vocación de seguir siendo un incansable artífice de la paz y del multilateralismo, especialmente en el seno de nuestra querida Europa. Que Francia, fiel a sus valores, abra el surco de una paz desarmada y desarmante, y ofrezca con responsabilidad su insustituible contribución a favor de la paz. Que su libertad crezca sin cesar en la búsqueda del bien común. Que su fraternidad abrace a toda la humanidad. Y que la igualdad a la que aspiran se establezca siempre sobre los cimientos de la justicia y de la caridad, sin suprimir las diferencias entre las personas, sino haciéndolas fructificar armoniosamente en beneficio de toda la sociedad.
Señor Presidente, señoras y señores, deseo expresarles una vez más mi gratitud por este encuentro que, retomando las palabras —significativas para todos— pronunciadas por Su Excelencia ante los obispos de Francia en 2018, pone de manifiesto como «una Iglesia que pretende desinteresarse de las cuestiones temporales no completaría su vocación; y un presidente que pretendiera desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber». [3] Tengan la seguridad de mi fervientemente oración por su hermosa Nación.
Que Dios le conceda paz, unidad y prosperidad para que el mundo tenga vida. Encomiendo estos deseos a la intercesión maternal de la Santísima Virgen María, Patrona principal de Francia.
¡Que Dios bendiga a Francia y a todos los franceses!
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[1] S. Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 7 y 14, 2 octubre 1979.
[2] Cf. G. Bernanos, La France contre les robots, Río de Janeiro 1946, 114.
[3] E. Macron, Discours du Président de la République devant les Evêques de France, Collège des Bernardins, 9 abril 2018.





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