PAPA LEÓN XIV | El viaje Apostólico a Francia, ha sido un gran regalo para mí y para el pueblo de Dios de ese país, y doy gracias al Señor por ello

30 septiembre, 2026

PAPA LEÓN XIV | El viaje Apostólico a Francia, ha sido un gran regalo para mí y para el pueblo de Dios de ese país, y doy gracias al Señor por ello, así lo explicaba el Santo Padre en su mensaje compartido durante la Audiencia General. Celebrada en Plaza San Pedro, en Ciudad del Vaticano, Su Santidad León XIV hizo un repaso de su reciente visita a la tierra francesa.

El Papa nos decía, “me gustaría reunir los pensamientos y las impresiones —aún muy vívidas— de esta visita pastoral en torno a un único gran símbolo: la catedral de Notre-Dame de París. La catedral de París, que hace solo siete años parecía mortalmente herida por un enorme incendio, ahora está reconstruida y más resplandeciente que nunca”.

Continuando, señalaba, “resulta interesante establecer un paralelismo entre la celebración de las Vísperas en la catedral y la vigilia de los jóvenes que tuvo lugar esa misma noche en el gran Estadio de Francia, en París. Dos lugares completamente diferentes y, sin embargo, dos acontecimientos complementarios, casi unidos espiritualmente. ¿Qué los unía? La Iglesia, que no está hecha de piedras ni de cemento, sino de personas que aman a Jesucristo porque han sido amadas por Él”.

Avanzando, Su Santidad nos recordaba, “en Lourdes, el Señor, a través del cuidado maternal de la Virgen María, transmite a todos —a los peregrinos y, especialmente, a los enfermos de cuerpo y espíritu— un mensaje de esperanza y renacimiento. Un mensaje que he querido relanzar abiertamente: toda vida humana, en cualquier condición, incluso en la más grave fragilidad, conserva su dignidad inviolable y merece ser cuidada, acompañada y aliviada de su sufrimiento con compasión humana y con la ayuda de los medios que ofrece la ciencia”.

Completando, agregó el Papa, “la tercera y última etapa del viaje apostólico fue la ciudad de Metz, situada en una región de Francia y de Europa que quedó devastada por la Segunda Guerra Mundial. También hoy es sobre esos cimientos y con esta «sangre» vital como el proyecto europeo puede renovarse, en un mundo mucho más globalizado, donde el diálogo interreligioso reviste un papel de primera importancia. Por eso, en Metz, me reuní con los representantes de las distintas tradiciones religiosas, quienes leyeron y firmaron en mi presencia el «Llamamiento de Metz» por el diálogo y la paz”.

Finalmente, dijo, “queridos hermanos, el tema de mi visita pastoral a Francia ha sido «Pour que le monde ait la vie», «Para que el mundo tenga vida» (cf. Jn 6,51). Son palabras de Jesús que resumen toda su misión salvífica y que, durante el viaje, expresaban en plenitud el sentido evangélico de cada encuentro. Que ahora inspiren nuestra oración, al pedir a Dios que este acontecimiento de gracia dé frutos abundantes y duraderos”.

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 30 de septiembre de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy quiero hablaros del viaje apostólico a Francia que he realizado estos últimos días. Ha sido un gran regalo para mí y para el pueblo de Dios de ese país, y doy gracias al Señor por ello. Expreso de nuevo mi gratitud a todos los que me han acogido, a las autoridades civiles y a los pastores de la Iglesia, y a todos aquellos —que han sido muchísimos— que han querido encontrarse con el Papa o, aunque solo fuera para saludarlo por la calle, como apóstol de Cristo y mensajero de paz. ¡Gracias a todos!

Me gustaría reunir los pensamientos y las impresiones —aún muy vívidas— de esta visita pastoral en torno a un único gran símbolo: la catedral de Notre-Dame de París. Allí, en la tarde del primer día, celebramos las Vísperas de la Santísima Virgen María, una liturgia solemne y a la vez festiva, en la que la música, el canto y la belleza del templo hacían vibrar los corazones unidos en la oración.

Precisamente Notre-Dame, con el drama que ha vivido, puede iluminar simbólicamente todo este viaje apostólico, ofreciendo una clave de interpretación que resumiría en una palabra: renacimiento.

La catedral de París, que hace solo siete años parecía mortalmente herida por un enorme incendio, ahora está reconstruida y más resplandeciente que nunca. Aquel desastre provocó una reacción positiva a todos los niveles, algunos más visibles y prácticos, otros más ocultos, de carácter espiritual.

Su restauración ha sido una prueba de que es posible la colaboración entre la Iglesia, el Estado, las instituciones públicas y la sociedad civil. Esta actitud ha permitido aprovechar al máximo tanto la generosidad de los benefactores como las competencias de los profesionales y los trabajadores. La sinergia en pro del bien común debería ser la forma de actuar habitual de las instituciones, de las fuerzas políticas y sociales, y de quienes tienen responsabilidades civiles y económicas. Este es el mensaje que he querido transmitir a las autoridades francesas, así como a los miembros de la UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, con sede en París, señalando cuál es el criterio fundamental en el que debe basarse dicha colaboración: la dignidad de la persona humana.

Pero, sobre todo, Notre-Dame es imagen de la Iglesia de piedras vivas, del pueblo santo de Dios.

Resulta interesante establecer un paralelismo entre la celebración de las Vísperas en la catedral y la vigilia de los jóvenes que tuvo lugar esa misma noche en el gran Estadio de Francia, en París. Dos lugares completamente diferentes y, sin embargo, dos acontecimientos complementarios, casi unidos espiritualmente. ¿Qué los unía? La Iglesia, que no está hecha de piedras ni de cemento, sino de personas que aman a Jesucristo porque han sido amadas por Él.

En Notre-Dame estaban los sacerdotes y los diáconos, las personas consagradas, los colaboradores pastorales; en el estadio estaba la nueva generación francesa: nueva —diría yo— no solo por su edad, sino más aún por su espíritu, por la libertad de corazón y de fe. Jóvenes que cantaron, gritaron, pero que también permanecieron en silencio, a la escucha. Rostros atentos y conmovidos, que manifestaban corazones ávidos de verdad y de amor. A ellos les dije con alegría: «¡Vosotros sois los santos de Francia!». Esa vigilia fue un gran signo de esperanza.

Al igual que lo fue —en la humildad que Dios prefiere— también el encuentro en la Maison Bakhita, un centro de acogida para diversas personas en situación de dificultad: uno de los muchos lugares, fruto del Evangelio, en los que se trabaja a diario para servir con amor a la dignidad de la persona humana.

Sin embargo, en la Iglesia de Francia hay un signo de renacimiento que se prolonga desde hace algunos años: el notable y creciente número de jóvenes y adultos que solicitan el bautismo. Sobre esta hermosa «sorpresa» de Dios se está celebrando en París una Asamblea sinodal provincial, en la que he podido intervenir, animando el camino de los catecúmenos y de los neófitos, junto con las comunidades a las que pertenecen.

El momento culminante de mi visita a la capital fue la misa en la Place de la Concorde. Allí, el signo del renacimiento se manifestó de forma sorprendente: la asamblea litúrgica, que reunía en la amplia plaza a los sacerdotes, al coro y a una multitud considerable, se extendía a lo largo de toda la Avenue des Champs-Élysées hasta el Arco del Triunfo y más allá. En el momento de la comunión, todos pudieron acercarse a la Eucaristía, que se distribuía por todas partes. He aquí la verdadera reconstrucción, la restauración de la Iglesia que solo Dios puede llevar a cabo, por intercesión de la Virgen María.

Por eso era natural y obligatorio que, tras París, me dirigiera en peregrinación a Lourdes para venerar a la Madre de la Iglesia, María, aquella que, en la hora de la pasión y la muerte, mantiene encendida la lámpara de la fe y la esperanza. En Lourdes, el Señor, a través del cuidado maternal de la Virgen María, transmite a todos —a los peregrinos y, especialmente, a los enfermos de cuerpo y espíritu— un mensaje de esperanza y renacimiento. Un mensaje que he querido relanzar abiertamente: toda vida humana, en cualquier condición, incluso en la más grave fragilidad, conserva su dignidad inviolable y merece ser cuidada, acompañada y aliviada de su sufrimiento con compasión humana y con la ayuda de los medios que ofrece la ciencia. Por eso, Lourdes representa para todo el mundo un santuario de la civilización del amor. En este contexto, me he reunido con algunas personas víctimas de abusos y les he pedido que me ayuden a expresar también a otras víctimas mi voluntad y la de toda la Iglesia de escucharlas y caminar con ellas mientras buscan la sanación, reconociendo el dolor causado en sus vidas y trabajando por la prevención de los abusos.

La tercera y última etapa del viaje apostólico fue la ciudad de Metz, situada en una región de Francia y de Europa que quedó devastada por la Segunda Guerra Mundial. Allí desarrolló su labor Robert Schuman, uno de los principales impulsores del proceso de unificación europea. La Europa contemporánea nació precisamente como un proyecto de paz tras la destrucción causada por la guerra. Podemos decir que lo que ocurrió en Notre-Dame de París con el incendio ya había ocurrido en Europa con la Segunda Guerra Mundial. Y Europa renació sobre la base de esos principios de democracia, solidaridad y fraternidad entre los pueblos, que deben mucho a sus raíces cristianas. También hoy es sobre esos cimientos y con esta «sangre» vital como el proyecto europeo puede renovarse, en un mundo mucho más globalizado, donde el diálogo interreligioso reviste un papel de primera importancia. Por eso, en Metz, me reuní con los representantes de las distintas tradiciones religiosas, quienes leyeron y firmaron en mi presencia el «Llamamiento de Metz» por el diálogo y la paz.

Queridos hermanos, el tema de mi visita pastoral a Francia ha sido «Pour que le monde ait la vie», «Para que el mundo tenga vida» (cf. Jn 6,51). Son palabras de Jesús que resumen toda su misión salvífica y que, durante el viaje, expresaban en plenitud el sentido evangélico de cada encuentro. Que ahora inspiren nuestra oración, al pedir a Dios que este acontecimiento de gracia dé frutos abundantes y duraderos.

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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor, por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes, que mantenga encendida en nosotros la lámpara de la fe, la esperanza y la caridad, y que seamos uno en Cristo, para que el mundo pueda creer en Él. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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