MONS. OLIVERA | Los invito hoy, y lógico también me sumo, a renovar las promesas sacerdotales en clave de conversión y disponibilidad para poder ser santos sacerdotes, así lo señaló el Obispo Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad al compartir la Homilía en la Santa Misa Crismal. Fue en la mañana del 30 de marzo, en nuestra Iglesia Catedral Castrense, Stella Maris en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA).
Presidió la Santa Misa Crismal, Mons. Santiago Olivera, concelebraron, el Vicario General, Mons. Gustavo Acuña, el Canciller, Padre Carlos Terceiro Muiño, el Rector de la Catedral Castrense, Padre Hernán Vigna, el Rector del Seminario Diocesano, Padre Daniel Díaz Ramos, los Capellanes Mayores de las Fuerzas Armadas y Fuerzas Federales de Seguridad, del Ejército Argentino, Padre Eduardo Castellanos, de la Armada Argentina, Padre Francisco Rostom Maderna, de la Fuerza Aérea Argentina, Padre César Tauro, de GNA, Padre Jorge Massut, de PNA, Padre Diego Tibaldo, de PSA, Padre Rubén Bonaciona, Capellanes de las Fuerzas Armadas y Fuerzas Federales de Seguridad. Paticiparon, Diáconos, Seminaristas, Vida Consagrada Castrense, en representación de la Sra. Vicepresidente de la República Argentina, Dra. Villarruel, el Coronel (R) Jorge Lenard Vives, la Sra. Ministro de Seguridad Nacional, Mag. Alejandra Monteoliva, el Subsecretario de Culto y Civilización, Sr. Embajador Agustín Ezequiel Caulo, el Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, Teniente Coronel Jaime Gustavo Errobidart, en representación del Estado Mayor General del Ejército, el Coronel Mayor Guillermo Fabio Camiscia, por el Estado Mayor Conjunto de la Armada, el Segundo Comandante Operacional, Contraalmirante Rodolfo Eduardo Berazay Martínez, el Jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea, Brigadier Mayor Gustavo Javier Balverde, el Jefe de Gendarmería Nacional Argentina, Comandante General, Claudio Brillone, el Director de informática y Comunicaciones y Director de Inspectoría General, Prefecto General José Impollino, el Sr. Director Nacional de la PSA, Dr. Carlos Alberto Tonelli Banfi y fieles castrenses.
Mons. Santiago decía en la Homilía, “siempre renuevo con alegría celebrar cada año la Misa Crismal, ya compartiendo 9 años de esta maravillosa oportunidad que la Iglesia nos regala, porque esta convocatoria nos ofrece una buena ocasión para animar y fortalecer el espíritu de comunión, como también el camino pastoral de nuestra Iglesia particular. Esta Eucaristía, que presido como Obispo Castrense junto a algunos sacerdotes representando nuestro numeroso presbiterio y a otros miembros del pueblo de Dios, adquiriere un significado especial por la bendición de los Santos Óleos y la consagración del Santo Crisma, que luego serán utilizados en la administración de los sacramentos en las distintas comunidades y unidades de nuestro Obispado”.
Continuando, el Obispo dijo, “con el Santo Crisma que hoy se consagra, serán ungidos los nuevos bautizados y serán signados los que reciben el sacramento de la confirmación, que los hace a los nuevos confirmados, valientes testigos del Evangelio, auténticos soldados de Cristo. Asimismo, el Santo Crisma se utiliza para consagrar sacerdotes y dedicar iglesias. El óleo de los catecúmenos prepara y dispone para el bautismo y con el óleo de los enfermos, nuestros hermanos serán aliviados en sus enfermedades y también para algunos será viático en el tránsito a la vida eterna”.
Avanzando, Mons. Olivera, señalaba, “necesitamos renovar, en estos tiempos que transitamos, una seria y profunda formación que, a algunos, los inicie en el camino de la fe y, a otros, los guíe y sostenga en el camino de la formación permanente, abrazando las verdades del Evangelio lo cual supone, sin duda, esfuerzo, decisión y valentía. Muchos cristianos están anestesiados en su condición de bautizados y, muchas veces viven y aceptan criterios muy lejos de la fe cristiana. Muchos bautizados necesitan ser evangelizados, y esto lo experimentamos no pocas veces en nuestra actividad pastoral”.
Avanzando, Mons. Santiago compartía, “les he compartido en otras oportunidades que nuestro tiempo está presentando signos adversos a la fe; esto requiere de nuestra parte el estar atentos para vivir con fidelidad nuestro compromiso. Un ejemplo concreto es el mantenernos alertas ante todo lo que atenta contra los derechos humanos más elementales, defendiendo el inicio de la vida, pero acompañando su cuidado y defensa de la misma en todas sus etapas. Este tema humano y religioso nos compromete como ciudadanos. Algunos, en nuestra sociedad, con interpretaciones sesgadas y erróneas, y con fuerte ideologización, han transformado muchas realidades, queriéndolas imponer como única verdad; y eso ya es una mentira disfrazada”.
En otro párrafo, el Obispo agregó, “renovamos el ministerio recibido, teniendo presente la exhortación de Pablo a Timoteo: “te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido” (2Tim 1,6). Este don es el que da sentido a nuestras vidas. Hoy y siempre debemos recordar la grandeza del don que hemos recibido. Es esta una ocasión propicia y reparadora para volver a darle al Señor Jesús un «sí» pleno e incondicional, a Él que sin mérito de nuestra parte nos eligió y nos llamó, cuando Cristo por medio del Obispo nos impuso sus manos y nos consagró a su misión, constituyéndonos sacerdotes para siempre, mediadores entre Dios y los hombres. Podemos decir con verdad y fuerza “Iglesia Castrense renueva el Don de Dios.”
Profundizando, Mons. Santiago pedía, “los invito hoy, y lógico también me sumo, a renovar las promesas sacerdotales en clave de conversión y disponibilidad para poder ser santos sacerdotes. Queridos hermanos presbíteros, un día fuimos ungidos para vivir como sacerdotes y ser felices desempeñando este gran ministerio. Hoy queremos renovar esa unción del Espíritu Santo, que selló nuestra amistad con Cristo y nos insertó profundamente en la Iglesia.”
Completando, el Obispo “pidamos al Señor, el don de la fraternidad y de la paz, que podamos ser instrumentos valientes de la cultura del encuentro, fortaleciendo siempre el respeto de todo hombre y mujer, mirando a cada hombre y mujer con particular solicitud. Es oportuno volver a recordar hoy que el camino real e insustituible para avanzar por el camino de nuestra santificación y mantener vivo el celo -o pasión pastoral- es la oración, entendida como “estar con Cristo” (Mc 3,14), como “permanecer con Él” (Juan 15,5), para que así Su mirada se transforme progresivamente en nuestra mirada y Su corazón en nuestro corazón. De este modo, podremos dar mucho fruto, y un fruto que permanezca”.
Finalmente, Mons. Olivera compartía, “no quiero dejar de darles la bienvenida a los sacerdotes Capellanes Castrenses, agregados y auxiliares para servir en este particular ministerio, y nos unimos con gratitud al padre Gabriel Muñoz sirviendo este año en el Rompehielos Almirante Irizar en la Campaña de Verano de la Antártida y al padre Sergio Fernández acompañando a nuestros fieles desplegados en Chipre. Pidamos a María, La Purísima Madre de Dios y Madre Nuestra, en sus Advocaciones Diocesanas de Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra Patria, de nuestra Diócesis y de la Gendarmería Nacional, Stella Maris, Patrona de la Armada Argentina y de la Prefectura Nacional, Nuestra Señora de la Merced, Patrona del Ejército Argentino, de Nuestra Señora de Loreto, Patrona de la Fuerza Aérea y Nuestra Señora del Buen Viaje, Patrona de la Policía de Seguridad Aeroportuaria que nos siga sosteniendo y acompañando y que el ejemplo de su Si nos estimule en la fidelidad de lo cotidiano”.-
HOMILÍA.-





































A continuación, compartimos en forma completa la Homilía de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad:

Misa Crismal
Catedral Castrense Stella Maris
31 de marzo de 2026
En primer lugar, quiero agradecer mucho la presencia de todos ustedes, gracias Sra. Ministro de Seguridad, Mag. Alejandra Monteoliva, gracias a las autoridades de las Fuerzas Armadas, Fuerzas Federales de Seguridad. También agradezco a cada uno de los Sacerdotes presentes que a lo largo y ancho de nuestro país hacen posible hacer visible la realidad de la Iglesia Castrense.
Hoy nos acompañan sacerdotes de Bahía Blanca, de Entre Ríos, Córdoba, Formosa, Tierra del Fuego, Santa Fe, Tucumán, de tantos lugares que nos llena de gozo, de gratitud al Señor con esto que implica el ponernos en camino. San Juan Crisóstomo llamaba a esta Semana, la Semana Grande, no porque tenga más días o más horas sino porque se vive, se actualizan los misterios centrales de nuestra fe. Y en el marco de esta semana Santa tenemos la Gracia de celebrar la Misa Crismal y como hemos escuchado recién en el Evangelio, «todos en la Sinagoga tenían los ojos puestos en Jesús», nos invitamos todos, en este tiempo Santo donde actualiza la Redención, este regalo de Dios para cada uno de nosotros para poner los ojos y nuestro corazón, podríamos decir, en Jesús.
Siempre renuevo con alegría celebrar cada año la Misa Crismal, ya compartiendo 9 años de esta maravillosa oportunidad que la Iglesia nos regala, porque esta convocatoria nos ofrece una buena ocasión para animar y fortalecer el espíritu de comunión, como también el camino pastoral de nuestra Iglesia particular. Esta Misa nos permite renovar con verdadero gozo la verdad de la “conjuntes” diocesana usando un término castrense, esto es, que las distintas Fuerzas, los distintos capellanes sirviendo en ellas, nos unimos en esta manifestación de la única Iglesia particular y personal para el servicio de los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas y Federales de Seguridad; a ellos queremos y debemos servir junto a sus familias.
Esta Eucaristía, que presido como Obispo Castrense junto a algunos sacerdotes representando nuestro numeroso presbiterio y a otros miembros del pueblo de Dios, adquiriere un significado especial por la bendición de los Santos Óleos y la consagración del Santo Crisma, que luego serán utilizados en la administración de los sacramentos en las distintas comunidades y unidades de nuestro Obispado.
Con el Santo Crisma que hoy se consagra, serán ungidos los nuevos bautizados y serán signados los que reciben el sacramento de la confirmación, que los hace a los nuevos confirmados, valientes testigos del Evangelio, auténticos soldados de Cristo. Asimismo, el Santo Crisma se utiliza para consagrar sacerdotes y dedicar iglesias. El óleo de los catecúmenos prepara y dispone para el bautismo y con el óleo de los enfermos, nuestros hermanos serán aliviados en sus enfermedades y también para algunos será viático en el tránsito a la vida eterna.
Esta bendición y consagración nos habla de la dimensión sacramental de la Iglesia, que nos comunica la gracia pascual de Cristo y nos inicia en la vida de la comunidad cristiana. Esta verdad se vive, de modo especial, en la Iniciación Cristiana como proceso que define nuestra identidad. Vamos constatando la urgente necesidad de volver a anunciar las verdades más simples y hondas de nuestra fe; eso supone plasmar en la vida estas verdades: porque creemos nos bautizamos; porque creemos nos confirmamos; porque creemos recibimos al Señor en la Eucaristía. Porque creemos, ajustamos nuestra vida a las enseñanzas de Jesús y ponemos por obra su Palabra. Podemos decir también con verdad: porque creemos, recibimos a nuestros capellanes, escuchamos sus palabras y nos sentimos animados y reconfortados por sus vidas evangélicas y por su pasión de anunciar el Evangelio; además, porque están donde están nuestros fieles, para escuchar, alentar, ofrecer cercanía y sostenerlos en la misión que llevan adelante cada día. “Los capellanes -nos decía el Papa Francisco- caminan con ustedes como apoyo moral y espiritual, ayudándoles a desempeñar sus cargos a la luz del Evangelio y al servicio del bien”. Y nunca olvidemos lo que, -de modo profético- dijo también:
“Vigilen para no ser seducidos por el mito de la fuerza y el ruido de las armas, vigilen para no contaminarse nunca por el veneno de la propaganda del odio, que divide al mundo en amigos a los que defender y enemigos a los que combatir. Sean, en cambios, testigos valientes del amor de Dios Padre, que quiere que seamos todos hermanos”. el Papa nos exhortaba, en definitiva, a “promover la vida, salvar la vida, defender la vida siempre.”
Necesitamos renovar, en estos tiempos que transitamos, una seria y profunda formación que, a algunos, los inicie en el camino de la fe y, a otros, los guíe y sostenga en el camino de la formación permanente, abrazando las verdades del Evangelio lo cual supone, sin duda, esfuerzo, decisión y valentía. De esta formación va a depender, en gran medida, el futuro y el nivel de nuestras comunidades, y podríamos decir, también el futuro de nuestra cultura, de nuestros ambientes, de nuestras familias, de nuestras Instituciones a las cuales servimos, de nuestras Fuerzas Armadas y Federales de Seguridad, de nuestra Patria. El anuncio claro y explícito del Evangelio y las implicancias que llevan al asumirlo debe verse en las respuestas y actitudes de nuestros fieles.
Muchos cristianos están anestesiados en su condición de bautizados y, muchas veces viven y aceptan criterios muy lejos de la fe cristiana. Muchos bautizados necesitan ser evangelizados, y esto lo experimentamos no pocas veces en nuestra actividad pastoral.
El Papa León compartía hace unos días a su clero romano, -y lo veo como feliz coincidencia y providencia- estas palabras: “Es urgente volver a anunciar el Evangelio: Esta es la prioridad. Con humildad, pero sin desanimarnos, debemos reconocer que parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, lo que nos invita a estar atentos también a una sacramentalización sin otras formas de evangelización…”
Y, refriéndose a su Diócesis de Roma, continuaba: “…Como todas las grandes aglomeraciones urbanas, la ciudad de Roma está marcada por la movilidad permanente, por una nueva forma de habitar en el territorio y de vivir el tiempo, por tejidos relacionales y familiares cada vez más plurales y a veces deshilachados”. Podríamos, sin duda, sin riesgo de equivocarnos, proyectar estas palabras en nuestras realidades pastorales a lo largo y ancho del país.
Les he compartido en otras oportunidades que nuestro tiempo está presentando signos adversos a la fe; esto requiere de nuestra parte el estar atentos para vivir con fidelidad nuestro compromiso. Un ejemplo concreto es el mantenernos alertas ante todo lo que atenta contra los derechos humanos más elementales, defendiendo el inicio de la vida, pero acompañando su cuidado y defensa de la misma en todas sus etapas. Este tema humano y religioso nos compromete como ciudadanos. Algunos, en nuestra sociedad, con interpretaciones sesgadas y erróneas, y con fuerte ideologización, han transformado muchas realidades, queriéndolas imponer como única verdad; y eso ya es una mentira disfrazada. Nuestra misión y compromiso requiere de nosotros actitudes prudentes de pastores, requiere un discernimiento sereno y valentía de soldados.
El texto del Evangelio de San Lucas que leemos hoy nos presenta a Jesús comentando el texto de Isaías y manifestando que Él es el enviado para anunciar la Buena Noticia a los pobres, esto es, a todos: los marginados, los no tenidos en cuenta, los que están al borde del camino… Para todos Jesús mostró un trato especial, a nadie excluyó de su amor y de su salvación…Nosotros, cristianos, como Jesús, estamos llamados también con nuestras palabras y acciones, y teniendo sus mismos sentimientos, a anunciar la liberación a todos, sin exclusión, y el año de Gracia que el Señor regala con su Presencia.
Presencia del Señor que se actualiza de un modo particular con la vida de los sacerdotes en nuestro Obispado: presencia, que es el primer acto de amor.
Nosotros estamos presentes en nuestros lugares de envío pastoral; estamos allí donde están parte de nuestros fieles. Así, presentes en medio de nuestro pueblo, presentes y disponibles: este es nuestro servicio. Presentes como signo del Amor de Dios y presentes para servir.
Esta Celebración tiene un profundo carácter sacerdotal, ya que en ella conmemoramos el día en que el Señor Jesús confirió su sacerdocio a los apóstoles y a nosotros. Fuimos ungidos como Jesús para servir y anunciar a nuestro pueblo la Buena Nueva. Participamos hoy de un signo muy fuerte, los sacerdotes renuevan las promesas que un día hicieron ante su Obispo y ante el pueblo santo de Dios. Por eso también es un día en que los sacerdotes debemos especialmente hacer memoria agradecida por el Obispo que nos ordenó.
Me gusta imaginar este día como un momento en el que, al recorrer el camino sacerdotal de cada uno —con más o menos años—, podemos reconocernos como Pedro: aquel que, en su debilidad y miseria, llegó a negarlo, pero que luego también pudo decirle a Jesús: ‘Tú sabes que te quiero, Tú lo sabes todo’.”
Renovamos el ministerio recibido, teniendo presente la exhortación de Pablo a Timoteo: “te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido” (2Tim 1,6). Este don es el que da sentido a nuestras vidas. Hoy y siempre debemos recordar la grandeza del don que hemos recibido. Es esta una ocasión propicia y reparadora para volver a darle al Señor Jesús un «sí» pleno e incondicional, a Él que sin mérito de nuestra parte nos eligió y nos llamó, cuando Cristo por medio del Obispo nos impuso sus manos y nos consagró a su misión, constituyéndonos sacerdotes para siempre, mediadores entre Dios y los hombres. Podemos decir con verdad y fuerza “Iglesia Castrense renueva el Don de Dios.”
Los invito hoy, y lógico también me sumo, a renovar las promesas sacerdotales en clave de conversión y disponibilidad para poder ser santos sacerdotes.
Queridos hermanos presbíteros, un día fuimos ungidos para vivir como sacerdotes y ser felices desempeñando este gran ministerio. Hoy queremos renovar esa unción del Espíritu Santo, que selló nuestra amistad con Cristo y nos insertó profundamente en la Iglesia. Renovar una vez más nuestro sacerdocio nos debe llenar de gozo, porque Dios vuelve a mirarnos con amor y nos invita a dejar todo para seguirlo. Renovar supone estar dispuestos a dejar atrás proyectos personales y embarcarnos en la gozosa aventura de Anunciar el Evangelio.
Me gusta pensar nuestro ministerio a la luz de los fieles que modelan nuestro servicio. Servimos a soldados; y así como decimos “Pastores con olor a oveja” y siempre “pastores con olor a Dios”, podemos decir, en nuestra realidad castrense, “pastores con olor a soldado”, muchas veces transpirando. Esto es, para nosotros, consecuencia o fruto del entrenamiento y del esfuerzo, de la exigencia, de la fidelidad a la obediencia, de la entrega sin medida, para ser capaces -como nuestro pueblo que se nos ha confiado- a dar la vida por amor a Dios, a la Patria y a los hombres y mujeres que en ella viven.
Pido confiado al Señor, que nos renueve en el celo, esto es, en el ardor y en el fervor apostólico. Y como esto no es algo que pueda promulgarse por decreto, debemos pedirle a Dios que nos ayude a profundizar nuestra intimidad con Él, que nos llamó a dejarlo todo. Solo en el trato diario con Jesús, renovaremos las fuerzas de cada día.
Pidamos al Señor, el don de la fraternidad y de la paz, que podamos ser instrumentos valientes de la cultura del encuentro, fortaleciendo siempre el respeto de todo hombre y mujer, mirando a cada hombre y mujer con particular solicitud.
Es oportuno volver a recordar hoy que el camino real e insustituible para avanzar por el camino de nuestra santificación y mantener vivo el celo -o pasión pastoral- es la oración, entendida como “estar con Cristo” (Mc 3,14), como “permanecer con Él” (Juan 15,5), para que así Su mirada se transforme progresivamente en nuestra mirada y Su corazón en nuestro corazón. De este modo, podremos dar mucho fruto, y un fruto que permanezca.
Al sacerdote que siempre reza y se esfuerza por ser fiel al don recibido, cuando permanece fiel también a la oración de la Liturgia de las Horas, -a la que solemnemente nos hemos comprometido el día de nuestra ordenación-, Dios le ayuda siempre.
Como el corazón de la oración cristiana y la clave de nuestro ministerio es la Eucaristía, la celebración de la Santa Misa debe ser, para cada uno de nosotros, el centro y el momento más importante de nuestra vida. Cada Misa que celebro debe recordarme que yo, con Cristo, estoy llamado a ser hostia viva para la salvación del mundo; que a las palabras de la consagración debo unir la entrega de mi vida.
Nuestra condición de vida y nuestros ámbitos, a veces nos exigen mayor fortaleza para no descuidar —y menos aún abandonar— ese espacio tan importante y vital que es el encuentro personal y sereno con Jesús, que nos ayuda a discernir y a transitar sus caminos.
No quiero dejar de darles la bienvenida a los sacerdotes Capellanes Castrenses, agregados y auxiliares para servir en este particular ministerio, y nos unimos con gratitud al padre Gabriel Muñoz sirviendo este año en el Rompehielos Almirante Irizar en la Campaña de Verano de la Antártida y al padre Sergio Fernández acompañando a nuestros fieles desplegados en Chipre.
Pidamos a María, La Purísima Madre de Dios y Madre Nuestra, en sus Advocaciones Diocesanas de Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra Patria, de nuestra Diócesis y de la Gendarmería Nacional, Stella Maris, Patrona de la Armada Argentina y de la Prefectura Nacional, Nuestra Señora de la Merced, Patrona del Ejército Argentino, de Nuestra Señora de Loreto, Patrona de la Fuerza Aérea y Nuestra Señora del Buen Viaje, Patrona de la Policía de Seguridad Aeroportuaria que nos siga sosteniendo y acompañando y que el ejemplo de su Si nos estimule en la fidelidad de lo cotidiano.
Que Así sea.
CELEBRACIÓN.-





Gracias Monseñor por todo lo que nos enseña y nos invita a participar de tantos gloriosos encuentros de los cuales aprendemos y disfrutamos permanentemente y por primera vez haciéndonos sentir y compartir la Gloria Divina lo cual nos llena de felicidad Dios lo guarde .
Gracias Monseñor , somos bendecidas , nosotras las esposas de los presos militares que defendieron la patria en la guerra contra el terrorismo . Encontramos en usted gran apoyo y nos sentimos bendecidas . Hermosa homilía . Con su bendición le envío junto a mi familia un fuerte abrazo . Gracias !