MONS. OLIVERA | Nuestra tarea es ayudar a los hombres y mujeres de las Fuerzas a descubrirse como constructores de la paz, así lo señaló el Obispo Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad en su mensaje compartido a los Sacerdotes Capellanes participantes del Diplomado de Pastoral Castrense Misionera y Sinodal. Organizado por el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano), luego de bienvenida brindada el Capellán Militar, Padre Luis Fernando Restrepo Londoño (Miembro del Equipo Asesor de Pastoral Castrense-EAPAC) desde Colombia a Mons. Santiago Olivera quien estaba conectado desde Argentina vía ZOOM, el Obispo se dirigió a los presentes.
Mons. Santiago luego de su saludo, decía, “quisiera compartirles algunas reflexiones desde sus tres ejes, formación, misión y sinodalidad, a la luz de dos textos de los Papas. Empiezo por la paz, porque es el horizonte de nuestro servicio. El Concilio, en Gaudium et spes 79, pide a quienes sirven a la patria en las armas que se consideren «instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos», (…)”.
Continuando, agregó, “el lema del Diplomado dice que, evangelizar también es servir a la Patria. Nuestra tarea es ayudar a los hombres y mujeres de las Fuerzas a descubrirse como constructores de la paz, a quienes Jesús llama bienaventurados (Mt 5,9)”. Profundizando, Mons. Santiago compartía, “la fidelidad a la llamada «no es inmovilidad ni cierre, sino un camino de conversión cotidiana» (n. 8). Y usa una imagen muy linda: cada día el sacerdote vuelve al lago de Galilea, donde Jesús le preguntó a Pedro «¿me amas?», para renovar su «sí» (n. 7)”.
Retomando, el Obispo Castrense de Argentina señalaba, “el lema del Diplomado lo dice con sencillez: cada uno es importante, pero nadie es más importante que todos juntos. Este camino viene de más atrás. En 2015, el Papa Francisco dijo que el camino de la sinodalidad es el que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, y sínodo quiere decir caminar juntos, que es lo que la Iglesia es.
La identidad del presbítero dice la carta, se constituye en torno a su ser para y es inseparable de su misión (n. 23). Allí recoge esta exhortación: «sal de ti mismo […] Si no sales de ti mismo, el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda» (n. 23). Esa es la línea misionera del Diplomado, la de una Iglesia en salida”.
Completando, Mons. Olivera dijo, “las palabras también cuentan, pero primero hay que estar. Mi lema es «Los amó hasta el extremo», y amar hasta el extremo es acompañar. Por eso, en mis visitas, intento recorrer todo el país, donde están las Fuerzas Armadas y las Fuerzas Federales de Seguridad, para estar en sus lugares de trabajo, en el terreno, en cada unidad. Lo mismo vale para las misiones fuera del país”.
Finalmente, el Obispo señaló, “León XIV termina pidiendo «un renovado Pentecostés vocacional» (n. 27) y deseando una Iglesia unida, «fermento para un mundo reconciliado» (n. 29). Es una tarea linda para quienes servimos a los hombres y mujeres que defienden la patria. «Juntos por una Iglesia en salida», dice el lema del Diplomado. Es ardua, pero posible con la gracia de Dios, porque es el Señor quien nos sostiene, nos fortalece y nos ilumina. Nos ponemos bajo la protección de la Virgen Inmaculada, Madre del Buen Consejo, y de san Juan de Capistrano, patrono universal de los capellanes”.
n. 7; n 8; n23; n 9 Optatam totius
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad:
Mensaje de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de Argentina,
a los participantes del Diplomado de Pastoral Castrense Misionera y Sinodal
CELAM · Pastoral Castrense de Honduras
Los saludo desde Argentina. Quiero dar gracias al P. Luis Fernando Restrepo y al P. Javier Martínez Cerrato, a la Pastoral Castrense de Honduras y al CELAM por esta invitación, y saludar a mi hermano en el episcopado, Mons. Benito Méndez, que les habló sobre la identidad del capellán. Me alegra que se hayan reunido para formarse en este Diplomado de Pastoral Castrense Misionera y Sinodal. Quisiera compartirles algunas reflexiones desde sus tres ejes, formación, misión y sinodalidad, a la luz de dos textos de los Papas.
Empiezo por la paz, porque es el horizonte de nuestro servicio. El Concilio, en Gaudium et spes 79, pide a quienes sirven a la patria en las armas que se consideren «instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos», pues si cumplen bien su deber contribuyen realmente a estabilizar la paz. Por eso el lema del Diplomado dice que evangelizar también es servir a la Patria. Nuestra tarea es ayudar a los hombres y mujeres de las Fuerzas a descubrirse como constructores de la paz, a quienes Jesús llama bienaventurados (Mt 5,9).
El Santo Padre León XIV nos regaló, el 8 de diciembre de 2025, la Carta Apostólica Una fidelidad que genera futuro, al cumplirse sesenta años de dos decretos del Concilio: Optatam totius, sobre la formación sacerdotal, y Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros. La dirige a todo el Pueblo de Dios (n. 4), y habla de los presbíteros, pero nos hace bien a todos los que servimos en la pastoral castrense. El Papa lo dice con fuerza: «¡No celebramos un aniversario de papel!» (n. 2). Quiere que esos textos sean memoria viva (n. 3).
Propone mirar el ministerio desde la fidelidad, que es «a la vez gracia de Dios y camino constante de conversión» (n. 4). La fidelidad a la llamada «no es inmovilidad ni cierre, sino un camino de conversión cotidiana» (n. 8). Y usa una imagen muy linda: cada día el sacerdote vuelve al lago de Galilea, donde Jesús le preguntó a Pedro «¿me amas?», para renovar su «sí» (n. 7).
De ahí nace la formación, la línea discipular del Diplomado. León XIV recuerda que no puede terminar con el seminario, sino que tiene que ser permanente, una renovación humana, espiritual, intelectual y pastoral (n. 7). Todo pastor es, antes que nada, discípulo del Maestro (n. 9). Pide una «escuela de los afectos» (n. 12), donde nada de nuestra historia se deseche, sino que todo sea asumido y transfigurado. Y no esconde el dolor por la crisis de confianza que provocaron los abusos, que nos llena de vergüenza y nos llama a la humildad (n. 10). Por eso quiere pastores humanamente maduros y espiritualmente sólidos.
Esa formación se vive en fraternidad. Los presbíteros son «hermanos entre los hermanos» (n. 14), y esa fraternidad, antes que una tarea, es un don de la gracia que nos precede. Por eso hay que vencer el individualismo: «ningún pastor existe por sí solo» (n. 15). El Papa agrega algo que nos toca de cerca: unir a la Iglesia es uno de los grandes retos del futuro «en un mundo marcado por guerras, divisiones y discordias» (n. 15). También advierte sobre la soledad, que apaga el impulso apostólico y lleva a un triste repliegue (n. 17), y nos pide cuidar sobre todo a los más solos, a los enfermos y a los ancianos (n. 16). Muchos de ustedes lo viven en una guarnición lejana, en una misión o en un buque.
Llegamos así al punto que, dice el Papa, le «interesa especialmente»: la sinodalidad (n. 20). Nos recuerda las tres relaciones del presbítero: con el obispo, con los demás presbíteros y con los fieles laicos, entre quienes los presbíteros son hermanos entre hermanos, para reconocer juntos los signos de los tiempos (n. 20). Nos invita a conocer el Documento Final del Sínodo y a experimentar «la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia» (n. 21). Afirma que el desafío de la sinodalidad, que no elimina las diferencias sino que las valoriza, es una de las grandes oportunidades de los sacerdotes del futuro (n. 22). Y, citando ese mismo Documento, nos pide vivir el servicio «con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos» (n. 22).
Esto exige dejar atrás el liderazgo exclusivo, en el que el sacerdote carga solo con todo, y avanzar hacia una conducción más colegiada, entre presbíteros, diáconos y todo el Pueblo de Dios (n. 22). La carta pone una condición: comunión, sinodalidad y misión no se realizan si la autorreferencialidad no cede el paso a la lógica de la escucha y del servicio (n. 13). El lema del Diplomado lo dice con sencillez: cada uno es importante, pero nadie es más importante que todos juntos. Este camino viene de más atrás. En 2015, el Papa Francisco dijo que el camino de la sinodalidad es el que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, y sínodo quiere decir caminar juntos, que es lo que la Iglesia es.
La identidad del presbítero, dice la carta, se constituye en torno a su ser para y es inseparable de su misión (n. 23). Allí recoge esta exhortación: «sal de ti mismo […] Si no sales de ti mismo, el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda» (n. 23). Esa es la línea misionera del Diplomado, la de una Iglesia en salida. El Papa advierte dos tentaciones: el eficientismo, que mide al sacerdote por lo que hace, y el quietismo, que nos encierra y rechaza el desafío de evangelizar (n. 24). La salida es la caridad pastoral, el amor del Buen Pastor, que unifica la vida del sacerdote (n. 24). Y a sacerdotes y laicos nos pide, todos juntos, una verdadera conversión misionera (n. 26). Spirituali militum curae lo dice de los laicos del Ordinariato: que sean «fermento apostólico y también misionero entre los demás militares con los que conviven» (art. IX).
Quiero contarles algo personal. Fui nueve años obispo en una diócesis territorial, Cruz del Eje, y llevo nueve en el Obispado Castrense. Cuando el Papa me confió esta misión, dije con sinceridad que no me gustaría que me tocara ir a una guerra, por lo duro que es. Un obispo me respondió: «Si hay una guerra en la que participen soldados argentinos, ahí tenés que estar vos, para acompañarlos». Esas palabras me cambiaron la manera de ver el trabajo de los capellanes y la misión que el Papa me encomendaba en este Obispado.
Desde entonces tengo clara una cosa: la presencia es el primer acto de amor. Las palabras también cuentan, pero primero hay que estar. Mi lema es «Los amó hasta el extremo», y amar hasta el extremo es acompañar. Por eso, en mis visitas, intento recorrer todo el país, donde están las Fuerzas Armadas y las Fuerzas Federales de Seguridad, para estar en sus lugares de trabajo, en el terreno, en cada unidad. Lo mismo vale para las misiones fuera del país. Estuve en Chipre, en 2018, y nuestros capellanes van también en la Fragata Libertad y en la campaña antártica: allí también tenemos presencia. Siempre hay que buscar con creatividad cómo estar cerca de ellos, en sus lugares.
Esto es sinodalidad: caminar con el soldado, con su familia, con el capellán que está lejos. Escuchar antes de hablar y discernir qué nos pide el Señor, nunca solos, sino con el obispo, entre los presbíteros y con los laicos, aunque seamos de países distintos, de Fuerzas distintas y de realidades distintas.
La carta nos deja cuatro pedidos. Cuidar la fraternidad y acompañarnos en la soledad (nn. 15-17). No dejar de formarnos, porque la formación es permanente (nn. 7-8). Vivir la misión sin caer en el activismo ni en el encierro (n. 24). Y cuidar todas las vocaciones, porque «no hay futuro sin el cuidado de todas las vocaciones» (n. 28). Al final del Diplomado, cada uno presentará un Proyecto Pastoral para su unidad. Que nazca de la escucha y se haga entre todos. El Papa nos pide revisar la capacidad generativa de nuestras prácticas pastorales (n. 28): que el suyo sea de los que dan vida.
León XIV termina pidiendo «un renovado Pentecostés vocacional» (n. 27) y deseando una Iglesia unida, «fermento para un mundo reconciliado» (n. 29). Es una tarea linda para quienes servimos a los hombres y mujeres que defienden la patria. «Juntos por una Iglesia en salida», dice el lema del Diplomado. Es ardua, pero posible con la gracia de Dios, porque es el Señor quien nos sostiene, nos fortalece y nos ilumina. Nos ponemos bajo la protección de la Virgen Inmaculada, Madre del Buen Consejo, y de san Juan de Capistrano, patrono universal de los capellanes.
Les agradezco. Cuenten con mi oración y con mi bendición.
+ Santiago Olivera
Obispo Castrense y de las
Fuerzas Federales de Seguridad
República Argentina





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