Papa Francisco | Cuando hacemos la comunión recibimos la misma vida de Dios, la afirmación las expresó este medio día, antes de la recitación de la oración mariana. El Santo Padre Francisco apareció en la ventana del estudio en el Palacio Apostólico Vaticano para rezar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.
Su Santidad se refirió al Evangelio de hoy (cf. Jn 6,51-58), en su explicación señaló, “la comida eucarística, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aprendemos lo que es la vida eterna. Está viviendo para el Señor: «El que me come, vivirá por mí» (versículo 57), dice el Señor. La Eucaristía nos moldea porque no vivimos solo para nosotros mismos, sino para el Señor y para nuestros hermanos”.
Nuestro Papa afirmó además, “cuando hacemos la comunión recibimos la misma vida de Dios”, para agregar, “al nutrirnos con este alimento, podemos entrar plenamente en armonía con Cristo, con sus sentimientos y con su comportamiento”.
A continuación compartimos la interpretación del italiano al castellano de las Palabras del Santo Padre Francisco:
Antes del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El pasaje del Evangelio de este domingo (cf. Jn 6,51-58) nos introduce en la segunda parte del discurso que hizo Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, después de alimentar a una gran multitud con cinco panes y dos peces: la multiplicación de los panes. Se presenta como «el pan vivo que desciende del cielo», el pan que da vida eterna, y agrega: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (v. 51). Este pasaje es decisivo, y de hecho provoca la reacción de los oyentes, que comienzan a discutir entre ellos: «¿Cómo puede darnos su carne para comer?» (V. 52). Cuando el signo del pan compartido lleva a su verdadero significado, es decir, el don de sí mismo hasta el sacrificio, surge un malentendido, incluso surge el rechazo de aquel que, justo antes, quería traer triunfo. Recordemos que Jesús tuvo que esconderse porque queríamos hacerlo rey.
Jesús continúa: «Si no comes la carne del hijo de un hombre y no bebes su sangre, no tienes vida en ti» (v. 53). La sangre también está presente aquí junto con la carne. La carne y la sangre en el lenguaje bíblico expresan humanidad concreta. Las personas y los discípulos mismos entienden que Jesús los invita a entrar en comunión con él, a «comerlo», a su humanidad, a compartir con él el don de la vida para el mundo. ¡Además de triunfos y espejismos exitosos! Es precisamente el sacrificio de Jesús quien se da a sí mismo por nosotros.
Este pan de vida, el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, se nos da libremente en la mesa de la Eucaristía. Alrededor del altar encontramos lo que nos alimenta y nos anima hoy y por la eternidad. Cada vez que participamos en la Santa Misa, en cierto sentido, anticipamos el cielo en la tierra, porque de la comida eucarística, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aprendemos lo que es la vida eterna. Está viviendo para el Señor: «El que me come, vivirá por mí» (versículo 57), dice el Señor. La Eucaristía nos moldea porque no vivimos solo para nosotros mismos, sino para el Señor y para nuestros hermanos. La felicidad y la eternidad de la vida dependen de nuestra capacidad para hacer fructífero el amor evangélico que recibimos en la Eucaristía.
Jesús, como en ese momento, se repite a cada uno de nosotros hoy: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (v. 53). Hermanos y hermanas, esto no es un alimento material, sino un pan vivo y vivificante, que comunica la vida de Dios. Cuando hacemos la comunión recibimos la misma vida de Dios. Para tener esta vida que necesita para alimentar el Evangelio y de amor de los hermanos. Ante la invitación de Jesús de alimentarnos con su Cuerpo y Sangre, podemos sentir la necesidad de discutir y resistir, como lo hicieron los oyentes del Evangelio de hoy. Esto sucede cuando luchamos para configurar nuestra existencia en la de Jesús, para actuar de acuerdo con sus criterios y no de acuerdo con los criterios del mundo. Al nutrirnos con este alimento, podemos entrar plenamente en armonía con Cristo, con sus sentimientos y con su comportamiento. Esto es muy importante: ir a misa y comunicarse, porque recibir la comunión es recibir a este Cristo vivo, que nos transforma y nos prepara para el cielo.
Que la Virgen María apoye nuestro propósito de comunión con Jesucristo, alimentándonos de su Eucaristía, para ser, a su vez, pan partido para nuestros hermanos.-




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