Papa Francisco | El Adviento es un tiempo en el que, en lugar de pensar en dones para nosotros, podemos dar palabras y gestos de consuelo a los heridos, como hizo Jesús, así lo expresó el Santo Padre al compartir su mensaje antes de recitar la oración mariana del Ángelus. Fue minutos antes del mediodía de hoy (hora de Roma), cuando Su Santidad Francisco se presentaba en la ventana del Estudio Apostólico Vaticano en el III Domingo de Adviento (Domingo de Gaudete) donde los niños de las parroquias y familias de Roma estuvieron presentes para la bendición de las imágenes del Niño Dios.
El Papa nos señalaba, “el Evangelio de este tercer domingo de Adviento nos habla de Juan Bautista que, estando en la cárcel, envía a sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (Mt 11, 4). De hecho, a Juan, al oír hablar de las obras de Jesús, le asalta la duda de si realmente es el Mesías o no”.
Continuando, decía, “Jesús tiene palabras y gestos de compasión hacia todos, en el centro de su acción está la misericordia perdonadora, por la cual «los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos son resucitado, el Evangelio es anunciado a los pobres» (v. 5)”. Entonces, añadía el Santo Padre, “el texto subraya que Juan está en la cárcel, y esto, además del lugar físico, sugiere la situación interior que vive: en la cárcel hay oscuridad, no hay posibilidad de ver claro y de ver más allá. En efecto, el Bautista ya no es capaz de reconocer a Jesús como el Mesías esperado. Lo asaltan las dudas y envía a los discípulos a verificar: «Id a ver si es el Mesías o no»”.
Respecto de aquella duda planteada por Juan el Bautista, el Santo Padre profundizaba, diciendo, “(…) significa que incluso el más grande de los creyentes pasa por el túnel de la duda. Y esto no es malo, al contrario, a veces es fundamental para el crecimiento espiritual: nos ayuda a comprender que Dios es siempre más grande de lo que imaginamos; las obras que hace son asombrosas según nuestros cálculos; su acción es siempre diferente, va más allá de nuestras necesidades y nuestras expectativas (…)”.
En otro párrafo, subrayaba el Pontífice, “(…) Juan, definido por Jesús como el más grande nacido de mujer (cf. Mt 11,11), nos enseña a no cerrar en nuestros esquemas a Dios. Este es siempre el peligro, la tentación: hacernos un Dios a nuestra medida, un Dios para usar. Y Dios es otra cosa. Hermanos y hermanas, también nosotros podemos encontrarnos a veces en su situación, en una prisión interior, incapaces de reconocer la novedad del Señor, a quien tal vez mantenemos prisionero de la presunción de saberlo ya todo acerca de Él. Queridos hermanos y hermanas, ¡Nunca se sabe todo sobre Dios, nunca!”
Finalmente, el Santo Padre, recordaba, “el Adviento es, pues, un tiempo de inversión de perspectivas, donde nos dejamos asombrar por la grandeza de la misericordia de Dios Asombro: Dios siempre asombra. (Lo vimos, hace un rato, en el programa «A Su Imagen», hablaban de asombro). Dios es siempre Aquel que suscita en ustedes asombro. El Adviento es un tiempo en el que, en lugar de pensar en dones para nosotros, podemos dar palabras y gestos de consuelo a los heridos, como hizo Jesús con los ciegos, los sordos y los cojos”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad Francisco:
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de este tercer domingo de Adviento nos habla de Juan Bautista que, estando en la cárcel, envía a sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (Mt 11, 4). De hecho, a Juan, al oír hablar de las obras de Jesús, le asalta la duda de si realmente es el Mesías o no. De hecho, estaba pensando en un Mesías severo que, al llegar, habría hecho justicia con poder castigando a los pecadores. Ahora, en cambio, Jesús tiene palabras y gestos de compasión hacia todos, en el centro de su acción está la misericordia perdonadora, por la cual «los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos son resucitado, el Evangelio es anunciado a los pobres» (v. 5). Sin embargo, nos hace bien detenernos en esta crisis de Juan Bautista, porque también puede decirnos algo importante.
El texto subraya que Juan está en la cárcel, y esto, además del lugar físico, sugiere la situación interior que vive: en la cárcel hay oscuridad, no hay posibilidad de ver claro y de ver más allá. En efecto, el Bautista ya no es capaz de reconocer a Jesús como el Mesías esperado. Lo asaltan las dudas y envía a los discípulos a verificar: «Id a ver si es el Mesías o no». Nos asombra que esto le suceda precisamente a Juan, que había bautizado a Jesús en el Jordán y lo había indicado a sus discípulos como el Cordero de Dios (cf. Jn 1, 29). Pero eso significa que incluso el más grande de los creyentes pasa por el túnel de la duda. Y esto no es malo, al contrario, a veces es fundamental para el crecimiento espiritual: nos ayuda a comprender que Dios es siempre más grande de lo que imaginamos; las obras que hace son asombrosas según nuestros cálculos; su acción es siempre diferente, va más allá de nuestras necesidades y nuestras expectativas; y por eso nunca debemos dejar de buscarlo y de convertirnos a su verdadero rostro. Un gran teólogo decía que Dios «necesitamos redescubrirlo por etapas… creyendo a veces que lo perdemos» (H. de Lubac, Sulle vie di Dio, Milán 2008, 25). Lo mismo hace el Bautista: en la duda, todavía lo busca, lo interpela, «discute» con él y finalmente lo redescubre. En definitiva, Juan, definido por Jesús como el más grande nacido de mujer (cf. Mt 11,11), nos enseña a no cerrar en nuestros esquemas a Dios. Este es siempre el peligro, la tentación: hacernos un Dios a nuestra medida, un Dios para usar. Y Dios es otra cosa.
Hermanos y hermanas, también nosotros podemos encontrarnos a veces en su situación, en una prisión interior, incapaces de reconocer la novedad del Señor, a quien tal vez mantenemos prisionero de la presunción de saberlo ya todo acerca de Él. Queridos hermanos y hermanas, ¡Nunca se sabe todo sobre Dios, nunca! Quizá tengamos en mente un Dios poderoso que hace lo que quiere, más que el Dios de la humilde mansedumbre, el Dios de la misericordia y del amor, que siempre interviene respetando nuestra libertad y nuestras elecciones. Quizá también a nosotros nos venga a decirle: «¿Eres realmente Tú, tan humilde, el Dios que viene a salvarnos?». Y algo similar también nos puede pasar con los hermanos: tenemos nuestras ideas, nuestros prejuicios y ponemos etiquetas rígidas a los demás, especialmente a los que se sienten diferentes a nosotros. El Adviento es, pues, un tiempo de inversión de perspectivas, donde nos dejamos asombrar por la grandeza de la misericordia de Dios Asombro: Dios siempre asombra. (Lo vimos, hace un rato, en el programa «A Su Imagen», hablaban de asombro). Dios es siempre Aquel que suscita en ustedes asombro. Un tiempo -Adviento- en el que, preparando el pesebre para el Niño Jesús, aprendemos de nuevo quién es nuestro Señor; un tiempo para salir de ciertos esquemas, de ciertos prejuicios hacia Dios y los hermanos. El Adviento es un tiempo en el que, en lugar de pensar en dones para nosotros, podemos dar palabras y gestos de consuelo a los heridos, como hizo Jesús con los ciegos, los sordos y los cojos.
Que la Virgen nos lleve de la mano, como madre, nos lleve de la mano en estos días de preparación a la Navidad y nos ayude a reconocer en la pequeñez del Niño la grandeza de Dios que viene.
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Después del Ángelus
¡Queridos hermanos y hermanas!
Ayer, en Barbacena, Brasil, fue beatificada Isabel Cristina Mrad Campos. Esta joven fue asesinada en 1982 a la edad de veinte años, por odio a la fe, por haber defendido su dignidad de mujer y el valor de la castidad. Que su heroico ejemplo estimule en particular a los jóvenes a dar un generoso testimonio de fe y de adhesión al Evangelio. ¡Un aplauso al nuevo Beato!
Sigo con dolor y preocupación las noticias que llegan desde Sudán del Sur sobre los violentos enfrentamientos de los últimos días. Roguemos al Señor por la paz y la reconciliación nacional, para que cesen los ataques y siempre se respete a los civiles.
Hoy es el Día Mundial de la Montaña, que nos invita a reconocer la importancia de este maravilloso recurso para la vida del planeta y la humanidad. El tema de este año – “Las mujeres mueven montañas” – es cierto, ¡las mujeres mueven montañas! – nos recuerda el papel de la mujer en el cuidado del medio ambiente y en la preservación de las tradiciones de las poblaciones serranas. De los montañeses aprendemos el sentido de comunidad y de caminar juntos.
Los saludo a todos los que habéis venido de Roma, de Italia y de muchas partes del mundo. Saludo en particular a los fieles de Barcelona, Valencia, Alicante, Beirut, El Cairo, y a los de México y Polonia. Saludo a la comunidad católica tanzana en Italia; los grupos parroquiales de Terni, Panzano in Chianti, Perugia, Nozza di Vestone; el coro Alpini de Roma; y los representantes de los ciudadanos que viven en las zonas más contaminadas de Italia, esperando una solución justa a sus graves problemas ya las enfermedades que provienen de este ambiente contaminado.
Y me gustaría enviar un cordial saludo a los reclusos de la prisión «Due Palazzi» de Padua: ¡Os saludo con afecto!
Y ahora bendigo a los «Bambinelli», es decir, a las estatuillas del Niño Jesús que vosotros, queridos niños y jóvenes, habéis traído aquí y que después colocaréis en el pesebre de camino a casa. Los invito a rezar, frente al pesebre, para que la Navidad del Señor traiga un rayo de paz a los niños del mundo entero, especialmente a los que se ven obligados a vivir los días terribles y oscuros de la guerra, esta guerra en Ucrania que destruye tantas vidas, tantas vidas y tantos niños. La bendición de los Bambinelli… [los bendice].
Les deseo a todos un buen domingo y un buen camino hacia la Navidad de Jesús, por favor, no se olviden de orar por mí. Que tengas un buen almuerzo y adiós.





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