Papa Francisco | Sin el Espíritu del Señor no hay vida cristiana, y sin su unción no hay santidad, así lo expresó el Santo Padre al compartir la Homilía, en la Santa Misa Crismal en la mañana de hoy (hora de Roma). Celebrada en Basílica de San Pedro y presidida por Su Santidad Francisco, el Papa advertía sobre tres tentaciones peligrosas que se pueden superar gracias al Espíritu Santo.
El Santo Padre decía en el inicio de la Homilía, “(…) sin el Espíritu del Señor no hay vida cristiana, y sin su unción no hay santidad. Él es el protagonista y es bueno hoy, en el día nativo del sacerdocio, reconocer que es Él quien está en el origen de nuestro ministerio, de la vida y de la vitalidad de cada Pastor”.
Agregando, “el Espíritu del Señor está sobre mí. Cada uno de nosotros puede decir esto; y no es presunción, es realidad, pues cada cristiano, especialmente cada sacerdote, puede hacer suyas las siguientes palabras: «porque el Señor me ha ungido» (Is 61,1). Hermanos, sin méritos, por pura gracia hemos recibido una unción que nos ha hecho padres y pastores en el pueblo santo de Dios”.
Además, el Papa señaló, “Jesús y el Espíritu actúan siempre juntos, de modo que son como las dos manos del Padre [[1]] -lo dice Ireneo- que, extendidas hacia nosotros, nos abrazan y nos levantan. Y por ellas son nuestras manos, ungidas por el Espíritu de Cristo. Sí, hermanos, el Señor no sólo nos ha elegido y llamado desde aquí, desde allá: ha derramado en nosotros la unción de su Espíritu, el mismo Espíritu que descendió sobre los Apóstoles. Hermanos, somos ungidos”.
A continuación, compartimos en forma completa la Homilía de Su Santidad Francisco:
MISA DEL SANTO CRISMA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica de San Pedro
Jueves Santo, 6 de abril de 2023
«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18): desde este versículo comenzó la predicación de Jesús, y desde el mismo versículo comenzó la Palabra que hoy hemos escuchado (cf. Is 61,1). Al principio, pues, está el Espíritu del Señor.
Y sobre Él quisiera reflexionar hoy con ustedes queridos hermanos, sobre el Espíritu del Señor. Porque sin el Espíritu del Señor no hay vida cristiana, y sin su unción no hay santidad. Él es el protagonista y es bueno hoy, en el día nativo del sacerdocio, reconocer que es Él quien está en el origen de nuestro ministerio, de la vida y de la vitalidad de cada Pastor. En efecto, la Santa Madre Iglesia nos enseña a profesar que el Espíritu Santo «da la vida» [[2]], como dijo Jesús: «El Espíritu es el que da la vida» ( Jn 6,63); una enseñanza de la que se hizo eco el apóstol Pablo, quien escribió que «la letra mata, pero el Espíritu da la vida» ( 2 Co 3,6) y habló de la «ley del Espíritu, que da la vida en Cristo Jesús» ( Rm 8,2). Sin Él tampoco la Iglesia sería la Esposa viva de Cristo, sino a lo sumo una organización religiosa -más o menos buena-; no sería el Cuerpo de Cristo, sino un templo construido por manos humanas. Entonces, ¿cómo se puede construir la Iglesia, si no es a partir del hecho de que somos «templos del Espíritu Santo», que «habita en nosotros» (cf. 1 Co 6,19; 3,16)? No podemos dejarla fuera o aparcarla en algún devocionario, no, ¡en el centro! Tenemos que decir cada día: «Ven, porque sin tu poder nada hay en el hombre» [[3]].
El Espíritu del Señor está sobre mí. Cada uno de nosotros puede decir esto; y no es presunción, es realidad, pues cada cristiano, especialmente cada sacerdote, puede hacer suyas las siguientes palabras: «porque el Señor me ha ungido» (Is 61,1). Hermanos, sin méritos, por pura gracia hemos recibido una unción que nos ha hecho padres y pastores en el pueblo santo de Dios. Detengámonos, pues, en este aspecto del Espíritu: la unción.
Después de la primera «unción» que tuvo lugar en el seno de María, el Espíritu descendió sobre Jesús en el Jordán. Después de eso, como explica San Basilio, «cada acción [de Cristo] se realizaba con la con presencia del Espíritu Santo» [[4]]. En efecto, por el poder de esa unción, predicaba y realizaba signos, en virtud de los cuales «salía de él un poder que sanaba a todos» (Lc 6,19). Jesús y el Espíritu actúan siempre juntos, de modo que son como las dos manos del Padre [[5]] -lo dice Ireneo- que, extendidas hacia nosotros, nos abrazan y nos levantan. Y por ellas son nuestras manos, ungidas por el Espíritu de Cristo. Sí, hermanos, el Señor no sólo nos ha elegido y llamado desde aquí, desde allá: ha derramado en nosotros la unción de su Espíritu, el mismo Espíritu que descendió sobre los Apóstoles. Hermanos, somos ungidos.
Fijémonos en ellos, en los Apóstoles. Jesús los eligió y a su llamada dejaron sus barcas, sus redes, sus casas… La unción de la Palabra cambió sus vidas. Con entusiasmo siguieron al Maestro y empezaron a predicar, convencidos de que más tarde lograrían cosas aún mayores; hasta que llegó la Pascua. Allí todo pareció detenerse: llegaron a negar y abandonar al Maestro. No debemos tener miedo. Seamos valientes al leer nuestras propias vidas y nuestras propias caídas. Llegaron a negar y abandonar al Maestro, Pedro el primero. Asumieron su incapacidad y se dieron cuenta de que no le habían entendido: el «No conozco a este hombre» (Mc 14,71), que Pedro pronunció en el patio del sumo sacerdote después de la Última Cena, no es sólo una defensa impulsiva, sino una confesión de ignorancia espiritual: él y los demás quizá esperaban una vida de éxito detrás de un Mesías que atraía multitudes y hacía prodigios, pero no reconocieron el escándalo de la cruz, que desmoronó sus certezas. Jesús sabía que no lo conseguirían solos, y por eso les prometió el Paráclito. Y fue precisamente esa «segunda unción», en Pentecostés, la que transformó a los discípulos, llevándoles a pastorear el rebaño de Dios y ya no a sí mismos. Y ésta es la contradicción que hay que resolver: ¿pastoreo al pueblo de Dios o a mí mismo? Y ahí está el Espíritu para enseñarme el camino. Fue esa unción ardiente la que apagó su religiosidad centrada en sí mismos y en sus propias capacidades: habiendo recibido el Espíritu, los miedos y vacilaciones de Pedro se evaporan; Santiago y Juan, abrasados por el deseo de dar la vida, dejan de perseguir puestos de honor (cf. Mc 10,35-45), nuestro arribismo, hermanos; los demás ya no se quedan encerrados y temerosos en el Cenáculo, sino que salen y se hacen apóstoles en el mundo. Es el espíritu que cambia nuestro corazón, que lo pone en ese plano distinto, diferente.
Hermanos, ese camino abarca nuestra vida sacerdotal y apostólica. También para nosotros hubo una primera unción, que comenzó con una llamada de amor que arrasó nuestros corazones. Dejamos nuestras amarras por ella, y sobre ese entusiasmo genuino descendió la fuerza del Espíritu, que nos consagró. Luego, según el tiempo de Dios, llega para cada uno la etapa pascual, que marca el momento de la verdad. Y es un momento de crisis, que reviste diversas formas. A todos nos sucede, tarde o temprano, experimentar decepciones, fatigas, debilidades, cuando el ideal parece desgastarse en medio de las exigencias de la realidad, mientras una cierta costumbre se impone y ciertas pruebas, antes difíciles de imaginar, hacen que la fidelidad parezca más incómoda de lo que era. Esta etapa -esta tentación, esta prueba que todos hemos tenido, tenemos y tendremos- esta etapa representa una cresta decisiva para los que han recibido la unción. Uno puede salir mal parado, deslizándose hacia una cierta mediocridad, arrastrándose cansinamente hacia una «normalidad» en la que se cuelan tres tentaciones peligrosas: la del compromiso, por la que uno se contenta con lo que puede hacer; la de los sucedáneos, por la que uno intenta «recargarse» con otra cosa que no sea nuestra unción; la del desánimo -que es la más común-, por la que, descontento, uno sigue por inercia. Y ahí está el gran riesgo: mientras las apariencias permanecen intactas – «soy sacerdote, soy sacerdote»-, nos replegamos sobre nosotros mismos y arrastramos los pies con desgana; la fragancia de la unción ya no perfuma la vida y el corazón; y el corazón ya no se expande sino que se encoge, envuelto en el desencanto. Es una destilación. Cuando el sacerdocio se desliza lentamente hacia el clericalismo y el sacerdote se olvida de ser pastor del pueblo, para convertirse en clérigo de Estado.
Pero esta crisis puede convertirse también en el punto de inflexión del sacerdocio, la «etapa decisiva de la vida espiritual, en la que hay que hacer la elección última entre Jesús y el mundo, entre la heroicidad de la caridad y la mediocridad, entre la cruz y una cierta prosperidad, entre la santidad y una fidelidad honesta al compromiso religioso» [[6]]. Al final de esta celebración os regalarán un clásico, un libro que trata de este problema: «La segunda llamada», es un clásico del padre Voillaume que toca este problema, leedlo. Luego, todos debemos reflexionar sobre este momento de nuestro sacerdocio. Es el momento bendito en el que nosotros, como los discípulos en Pascua, estamos llamados a ser «suficientemente humildes para confesarnos vencidos por Cristo humillado y crucificado, y para aceptar iniciar un nuevo camino, el del Espíritu, de la fe y de un amor fuerte y sin ilusiones» [[7]]. Es el chairos en el que descubre que «todo no se reduce a abandonar la barca y las redes para seguir a Jesús durante un cierto tiempo, sino que exige llegar hasta el Calvario, aceptar la lección y el fruto, e ir con la ayuda del Espíritu Santo hasta el final de una vida que debe terminar en la perfección de la Caridad divina» [[8]]. Con la ayuda del Espíritu Santo: es la hora, para nosotros como para los Apóstoles, de una «segunda unción», la hora de una segunda llamada que debemos escuchar, de la segunda unción, en la que acogemos al Espíritu no sobre el entusiasmo de nuestros sueños, sino sobre la fragilidad de nuestra realidad. Es una unción que hace verdad en lo profundo, que permite al Espíritu ungir nuestras debilidades, nuestros trabajos, nuestra pobreza interior. Entonces la unción huele de nuevo: a Él, no a nosotros. Ahora mismo, interiormente, me estoy acordando de algunos de vosotros que estáis en crisis -digamos-, que estáis desorientados y que no sabéis cómo tomar el camino, cómo volver a encarrilaros en esta segunda unción del Espíritu. A estos hermanos -los tengo presentes- les digo simplemente: Ánimo, el Señor es más grande que tus debilidades, que tus pecados. Confíaos al Señor y dejad que os llame por segunda vez, esta vez con la unción del Espíritu Santo. La doble vida no te ayudará; tira todo por la ventana, tampoco. Mira hacia delante, deja que la unción del Espíritu Santo te acaricie.
Y el camino hacia este paso de madurez es admitir la verdad de tu propia debilidad. A esto nos exhorta «el Espíritu de la verdad» (Jn 16, 13), que nos mueve a mirar dentro de nosotros hasta el fondo, a preguntarnos: ¿depende mi realización de lo bueno que soy, del papel que obtengo, de los cumplidos que recibo, de la carrera que hago, de los superiores o colaboradores, de las comodidades que puedo asegurarme, o de la unción que perfuma mi vida? Hermanos, la madurez sacerdotal pasa por el Espíritu Santo, se realiza cuando Él se convierte en el protagonista de nuestra vida. Entonces todo cambia de perspectiva, incluso las decepciones y las amarguras -incluso los pecados-, porque ya no se trata de intentar hacernos mejores arreglando algo, sino de entregarnos, sin retener nada, a Aquel que nos ha impregnado de su unción y quiere descender en nosotros hasta lo más profundo. Hermanos, redescubramos entonces que la vida espiritual se hace libre y gozosa no cuando salvamos las formas y cosemos un parche, sino cuando dejamos la iniciativa al Espíritu y, abandonados a sus designios, nos disponemos a servir donde y como se nos pida: ¡nuestro sacerdocio no crece remendando, sino desbordándose!
Si dejamos que el Espíritu de la verdad actúe en nosotros, custodiaremos la unción – custodiaremos la unción -, porque las falsedades – las hipocresías clericales – las falsedades con las que estamos tentados a vivir saldrán inmediatamente a la luz. Y el Espíritu, que «lava lo sórdido», nos sugerirá, sin cansarse, que «no manchemos la unción», ni siquiera un poco. Me viene a la memoria aquella frase de Qohélet que dice: «Una mosca muerta estropea el ungüento del perfumista» (10,1). Cierto, cualquier duplicidad -la duplicidad clerical, por favor-, cualquier duplicidad que se cuele es peligrosa: no hay que tolerarla, sino sacarla a la luz del Espíritu. Porque si «nada hay más traicionero que el corazón, y apenas sana» ( Jr 17,9), el Espíritu Santo, sólo Él nos sana de la infidelidad (cf. Os 14,5). Es una lucha indispensable para nosotros: en efecto, es indispensable, como escribía san Gregorio Magno, que «el que anuncia la palabra de Dios se dedique primero a su propia manera de vivir, para que luego, sacando de su propia vida, aprenda qué y cómo decirla. […] Que nadie pretenda decir fuera lo que no ha oído antes dentro» [[9]]. Y es el Espíritu el maestro interior al que hay que escuchar, sabiendo que no hay nada en nosotros que Él no quiera ungir. Hermanos, mantengamos la unción: que invocar al Espíritu no sea una práctica ocasional, sino el aliento de cada día. Venid, venid, mantened la unción. Yo, ungido por Él, estoy llamado a sumergirme en Él, a dejar que su luz entre en mis opacidades -tenemos tantas- para encontrar la verdad de lo que soy. Dejémonos impulsar por Él para combatir las falsedades que se agitan en nuestro interior; y dejémonos regenerar por Él en la adoración, porque cuando adoramos al Señor Él derrama Su Espíritu en nuestros corazones.
«El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido; me ha enviado», prosigue la profecía, y me ha enviado a llevar la buena nueva, la liberación, la curación y la gracia (cf. Is 61, 1-2; Lc 4, 18-19): en una palabra, a llevar la concordia donde no la hay. Porque, como dice san Basilio: «El Espíritu es armonía», es Él quien hace la armonía. Habiéndoos hablado de la unción, quisiera deciros algo sobre esta armonía que es su consecuencia. Porque el Espíritu Santo es armonía. En primer lugar en el Cielo: San Basilio explica que «toda esa armonía supercelestial e indecible en el servicio de Dios y en la sinfonía mutua de las potencias supracósmicas, es imposible que se conserve sino por la autoridad del Espíritu» [[10]]. Y luego en la tierra: en la Iglesia Él es, en efecto, esa «Armonía divina y musical» [[11]] que lo une todo. Pero pensad en un presbiterio sin armonía, sin el Espíritu: no funciona. Despierta la diversidad de carismas y la recompone en la unidad, crea una concordia que no se basa en la homologación, sino en la creatividad de la caridad. Lo mismo hace la concordia entre muchos. Lo mismo hace la concordia en un presbítero. En los años del Concilio Vaticano II, que fue un don del Espíritu, un teólogo publicó un estudio en el que hablaba del Espíritu no como individuo, sino como plural. Invitaba a pensar en él como Persona divina no tanto singular, sino «plural», como el «nosotros de Dios», el nosotros del Padre y del Hijo, porque es su nexo, es en sí concordia, comunión, armonía [[12]]. Recuerdo que cuando leí este tratado teológico -era en teología, estudiando- me escandalicé: me parecía una herejía, porque en nuestra formación no entendíamos muy bien cómo era el Espíritu Santo.
Crear armonía es lo que Él desea, especialmente a través de aquellos en quienes ha derramado su unción. Hermanos, crear armonía entre nosotros no es tanto un buen método para que la Iglesia proceda mejor, no es bailar el minué, no es una cuestión de estrategia o de cortesía: es una exigencia interna de la vida del Espíritu. Pecamos contra el Espíritu que es comunión cuando nos convertimos, aunque sea ligeramente, en instrumentos de división, por ejemplo -y volvemos al mismo tema- con la cháchara. Cuando nos convertimos en instrumentos de división, pecamos contra el Espíritu. Y hacemos el juego al enemigo, que no sale a la luz y ama las habladurías y las insinuaciones, fomenta los partidos y las agrupaciones, alimenta la nostalgia del pasado, la desconfianza, el pesimismo, el miedo. Tengamos cuidado, por favor, de no ensuciar la unción del Espíritu y el manto de la Santa Madre Iglesia con la desunión, con las polarizaciones, con cualquier falta de caridad y de comunión. Recordemos que el Espíritu, «el nosotros de Dios», prefiere la forma comunitaria: es decir, la disponibilidad respecto a las propias necesidades, la obediencia respecto a los propios gustos, la humildad respecto a las propias pretensiones.
La armonía no es una virtud entre otras, es más. San Gregorio Magno escribe: «Cuánto vale la virtud de la armonía lo demuestra el hecho de que, sin ella, todas las demás virtudes no valen absolutamente nada» [[13]]. Ayudémonos, hermanos, a custodiar la armonía -ésa sería la tarea-, partiendo no de los demás, sino cada uno de sí mismo; preguntándonos: en mis palabras, en mis comentarios, en lo que digo y escribo, ¿hay la impronta del Espíritu o la del mundo? Pienso también en la bondad del sacerdote -pero tantas veces los sacerdotes, nosotros… somos maleducados-: pensemos en la bondad del sacerdote, si la gente encuentra incluso en nosotros personas descontentas, solteronas, que critican y señalan con el dedo, ¿dónde verán la armonía? ¡Cuántos no se acercan o se apartan porque en la Iglesia no se sienten acogidos y queridos, sino mirados con recelo y juzgados! En nombre de Dios, acojamos y perdonemos, ¡siempre! Y recordemos que ser borde y quejarse, además de no producir nada bueno, corrompe el anuncio, porque contra-testimonia a Dios, que es comunión y armonía. Y esto desagrada al Espíritu Santo, a quien el Apóstol Pablo nos exhorta a no contristar (cf. Ef 4,30).
Hermanos, os dejo con estos pensamientos que me han salido del corazón y concluyo dirigiéndoos una palabra sencilla e importante: gracias. Gracias por vuestro testimonio, gracias por vuestro servicio; gracias por tanto bien escondido que hacéis, gracias por el perdón y el consuelo que dais en nombre de Dios: perdonad siempre, por favor, no neguéis nunca el perdón; gracias por vuestro ministerio, que a menudo se desarrolla en medio de tantas dificultades, incomprensiones y poco reconocimiento. Hermanos, que el Espíritu de Dios, que no defrauda a los que confían en Él, os llene de paz y lleve a término lo que ha comenzado en vosotros, para que seáis profetas de su unción y apóstoles de la concordia.
[1] Ídem 2
[2] Símbolo niceno-constantinopolitano.
[3] Cf. Secuencia de Pentecostés.
[4] Esp. 16,39.
[5] Cf. Ireneo, Adv. haer. IV,20,1.
[6] R. Voillaume, «La seconda chiamata», en S. Stevan, ed., El coraje de la fragilidad. El coraje de la fragilidad, Bolonia 2018, 15.
[7] ibídem, 24.
[8] Ibídem, 16.
[9] Homilías sobre Ezequiel, I,X,13-14.
[10] Esp. XVI, 38.
[11] En Sal. 29,1.
[12] Cf. H. Mühlen, Der Heilige Geist als Person. Ich – Du – Wir, Münster in W., 1963.
[13] Homilías sobre Ezequiel, I, VIII, 8.





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