PAPA LEÓN XIV | Cada día corresponde a cada uno de vosotros la noble misión de defender la soberanía de la Patria y el Estado de derecho, velando por la seguridad de los conciudadanos y protegiéndolos de las injusticias

24 agosto, 2026

PAPA LEÓN XIV | Cada día corresponde a cada uno de vosotros la noble misión de defender la soberanía de la Patria y el Estado de derecho, velando por la seguridad de los conciudadanos y protegiéndolos de las injusticias, así lo pidió el Santo Padre en su mensaje dirigido al Ordinariato Castrense de Portugal. En ocasión de celebrarse el 60° aniversario de su creación y el 25° aniversario del nombramiento de su primer Obispo, este 24 de agosto, una comisión conformada por su Obispo, Capellanes, Autoridades de las Fuerzas portuguesas peregrinaron a la Ciudad del Vaticano, donde se reunieron con Su Santidad León XIV.

El Papa les decía, “cada día corresponde a cada uno de vosotros la noble misión de defender la soberanía de la Patria y el Estado de derecho, velando por la seguridad de los conciudadanos y protegiéndolos de las injusticias. Quisiera, por tanto, repetiros esta exhortación de san Pablo: «Fortaleceos en el Señor. […] Manteneos firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia y calzados los pies con la prontitud para anunciar el Evangelio de la paz» (Ef 6, 10.14-15)”.

Agregando, pidió el Pontífice, “Excelencia Reverendísima, queridos capellanes, a vosotros la Iglesia confía el crecimiento espiritual de los militares y de los policías de vuestra nación. Acoged a todos, escuchadlos, iluminadlos con la sabiduría de la Palabra de Dios, permaneced a su lado actuando en nombre de Cristo en la celebración de los Sacramentos, acompañad a cada uno sin olvidar a sus familias”.

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. ¡La paz esté con vosotros!

Excelencia Reverendísima,
Distinguidas Autoridades,
Reverendos Capellanes,
Queridos hermanos y hermanas:

Habéis venido a Roma y con vosotros han venido también, de alguna manera, los demás miembros de vuestras unidades. Al acogeros, extiendo mi saludo a todos los miembros —cristianos y no cristianos— del Ejército, de la Fuerza Aérea, de la Marina, de la Guardia Nacional Republicana y de la Policía de Seguridad Pública de Portugal. De manera especial, recuerdo a la luz de Cristo Resucitado a los dos jóvenes militares del Ejército que, el pasado viernes, perdieron la vida mientras, generosamente, como el buen samaritano, se detuvieron en el camino para prestar auxilio: los encomiendo al Señor, junto con sus familias.

Pensando en el bien de todas las corporaciones de las Fuerzas Militares y de Seguridad, de sus miembros y de sus respectivas familias, hace 60 años se erigió el Vicariato, que pasó a denominarse en 1981 Ordinariato Castrense y que tuvo, hace 25 años, su primer obispo propio. Habéis querido, por tanto, venir a Roma para conmemorar precisamente estos aniversarios. Que el Ordinariato, aportando su inestimable contribución al bien espiritual y al conocimiento de los valores cristianos, continúe siendo un espacio de colaboración constructiva con las autoridades estatales, gubernamentales y militares.

Para quien cree en Cristo, peregrinar a esta ciudad representa una ocasión singular para renovarse a sí mismo, reconociendo la centralidad de Dios en la propia vida y fortaleciendo la fe mediante la oración junto a la tumba del apóstol san Pedro. Cada día corresponde a cada uno de vosotros la noble misión de defender la soberanía de la Patria y el Estado de derecho, velando por la seguridad de los conciudadanos y protegiéndolos de las injusticias. Quisiera, por tanto, repetiros esta exhortación de san Pablo: «Fortaleceos en el Señor. […] Manteneos firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia y calzados los pies con la prontitud para anunciar el Evangelio de la paz» (Ef 6, 10.14-15).

Sed fuertes en el Señor como el centurión que, en Cafarnaúm, se acercó a Jesús. Él conocía bien los valores por los que regís vuestra vida: la obediencia, la disciplina, la renuncia, la lealtad, el compañerismo, la dedicación, la responsabilidad y el valor. Al mismo tiempo, aquel militar sentía necesidad de Dios, sabía que el ser humano no se basta a sí mismo, sino que aspira a algo más, a algo que lo trasciende. Teniendo un siervo que sufría terriblemente, esto le hizo acercarse a Jesús, quien le aseguró que iría a curarlo. Él, sin embargo, respondió: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; pero di una sola palabra y mi siervo quedará curado. Porque yo, que no soy más que un subordinado, tengo soldados a mis órdenes y digo a uno: “Ve”, y va; a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace» (Mt 8, 8-9). En esta actitud es posible constatar cómo el centurión valoraba la jerarquía y cómo esta dimensión de su vida cotidiana le llevó a interpretar la relación con Jesús de Nazaret, a quien confiesa como su Señor, su Dios. Admirado por tales palabras, Jesús dijo: «No he encontrado en nadie en Israel una fe tan grande» (v. 10). Si, por una parte, este militar era consciente de su autoridad, por otra mostró ante el Hijo de Dios la fuerza de la fe y el valor de la humildad. En verdad, el ser humano, por mucha responsabilidad que tenga, por mucho poder que ejerza, por muy irreprochable que sea, siempre tiene hambre de infinito y sed de eternidad. Ahora bien, el infinito y la eternidad están a nuestro alcance en Jesucristo: son don del Señor.

Excelencia Reverendísima, queridos capellanes, a vosotros la Iglesia confía el crecimiento espiritual de los militares y de los policías de vuestra nación. Acoged a todos, escuchadlos, iluminadlos con la sabiduría de la Palabra de Dios, permaneced a su lado actuando en nombre de Cristo en la celebración de los Sacramentos, acompañad a cada uno sin olvidar a sus familias. De este ministerio específico vuestro se recogerán los frutos del crecimiento personal en la práctica de la vida cristiana y del fortalecimiento del esprit de corps de las Fuerzas Militares y de Seguridad a las que servís. Gracias por la cercanía que, como buenos pastores, ofrecéis a quienes desempeñan un servicio tan importante, especial y exigente para el bien de Portugal y no solo de Portugal. Vuestro testimonio de amor a la Iglesia y al país es bálsamo, que conforta y da esperanza.

Y, finalmente, a todos los que habéis venido aquí, quiero agradeceros la estima, el aprecio y el reconocimiento por el trabajo desarrollado en el Ordinariato. Que Nuestra Señora de Fátima os acompañe en las diversas misiones, tanto en Portugal como en el extranjero. La alegría del Señor sea vuestra fuerza. ¡Dios os bendiga! ¡Gracias!

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