LÍBANO
PAPA LEÓN XIV | Están llamados a ser constructores de paz: a combatir la intolerancia, superar la violencia y desterrar la exclusión, iluminando el camino hacia la justicia y la concordia para todos, a través del testimonio de vuestra fe, así lo pidió el Santo Padre en su discurso compartido en encuentro ecuménico e interreligioso. Celebrado en la Plaza de los Mártires en la ciudad de Beirut donde representantes cristianos y musulmanes se alternaron, destacando la necesidad de fortalecer la unidad nacional en el Líbano.
El Papa decía, “estoy profundamente conmovido y enormemente agradecido por poder estar hoy entre ustedes, en esta tierra bendita: una tierra ensalzada por los profetas del Antiguo Testamento, que contemplaban en sus imponentes cedros emblemas del alma justa que florece bajo la mirada vigilante del cielo; una tierra donde el eco del Logos nunca ha caído en el silencio, sino que sigue llamando, siglo tras siglo, a quienes desean abrir su corazón al Dios vivo”.
Continuando, el Santo Padre agregaba, “durante muchos años, y especialmente en los últimos tiempos, los ojos del mundo se han posado en Oriente Medio, cuna de las religiones abrahámicas, observando el arduo camino y la incesante búsqueda del precioso don de la paz. A veces, la humanidad mira al Medio Oriente con un sentido de temor y desánimo, ante conflictos tan complejos y prolongados. Sin embargo, en medio de estas luchas, podemos encontrar esperanza y aliento cuando nos centramos en lo que nos une: nuestra humanidad común y nuestra fe en un Dios de amor y misericordia”.
En otro párrafo el Pontífice señalaba, “el Líbano es famoso por sus majestuosos cedros, el olivo también representa un hito de su patrimonio. El olivo no solo embellece el espacio en el que nos reunimos hoy, sino que también es alabado en los textos sagrados del cristianismo, el judaísmo y el islam, y sirve como símbolo atemporal de reconciliación y paz”.
Finalmente, pidió, “así como las raíces de los cedros y los olivos penetran profundamente y se extienden ampliamente por la tierra, también el pueblo libanés está disperso por todo el mundo, pero unido por la fuerza duradera y el patrimonio intemporal de su tierra natal. Su presencia aquí y en el mundo enriquece la tierra con su patrimonio milenario, pero también representa una vocación. En una globalidad cada vez más interconectada, estáis llamados a ser constructores de paz: a combatir la intolerancia, superar la violencia y desterrar la exclusión, iluminando el camino hacia la justicia y la concordia para todos, a través del testimonio de vuestra fe”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:
ENCUENTRO ECUMÉNICO E INTERRELIGIOSO
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Plaza de los Mártires (Beirut)
Lunes, 1 de diciembre de 2025
Queridos hermanos y hermanas:
Estoy profundamente conmovido y enormemente agradecido por poder estar hoy entre ustedes, en esta tierra bendita: una tierra ensalzada por los profetas del Antiguo Testamento, que contemplaban en sus imponentes cedros emblemas del alma justa que florece bajo la mirada vigilante del cielo; una tierra donde el eco del Logos nunca ha caído en el silencio, sino que sigue llamando, siglo tras siglo, a quienes desean abrir su corazón al Dios vivo.
En su Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in Medio Oriente, firmada aquí en Beirut en 2012, el papa Benedicto XVI subrayó que «la naturaleza y la vocación universal de la Iglesia exigen que esté en diálogo con los miembros de otras religiones. Este diálogo en Oriente Medio se basa en los lazos espirituales e históricos que unen a los cristianos con los judíos y los musulmanes. Este diálogo, que no está dictado principalmente por consideraciones pragmáticas de orden político o social, se basa ante todo en fundamentos teológicos que interpelan a la fe» (n. 19).
Queridos amigos, vuestra presencia aquí hoy, en este lugar extraordinario donde los minaretes y los campanarios se alzan uno junto al otro, pero ambos se elevan hacia el cielo, da testimonio de la fe duradera de esta tierra y de la persistente dedicación de su pueblo al único Dios. Que en esta querida tierra suenen juntos todas las campanas y todos los adhān: que cada llamada a la oración se funda en un único himno, elevado no solo para glorificar al misericordioso Creador del cielo y de la tierra, sino también para implorar de corazón el don divino de la paz.
Durante muchos años, y especialmente en los últimos tiempos, los ojos del mundo se han posado en Oriente Medio, cuna de las religiones abrahámicas, observando el arduo camino y la incesante búsqueda del precioso don de la paz. A veces, la humanidad mira al Medio Oriente con un sentido de temor y desánimo, ante conflictos tan complejos y prolongados. Sin embargo, en medio de estas luchas, podemos encontrar esperanza y aliento cuando nos centramos en lo que nos une: nuestra humanidad común y nuestra fe en un Dios de amor y misericordia. En una época en la que la convivencia puede parecer un sueño lejano, el pueblo del Líbano, a pesar de abrazar diferentes religiones, representa un poderoso ejemplo: el miedo, la desconfianza y los prejuicios no tienen aquí la última palabra, mientras que la unidad, la reconciliación y la paz siempre son posibles. He aquí, pues, la misión que permanece inmutable en la historia de esta querida tierra: dar testimonio de la verdad perdurable de que cristianos, musulmanes, drusos y muchos otros pueden vivir juntos, construyendo un país unido por el respeto y el diálogo.
Hace sesenta años, con la promulgación de la Declaración Nostra Aetate, el Concilio Vaticano II abrió un nuevo horizonte para el encuentro y el respeto mutuo entre católicos y personas de diferentes religiones, subrayando que el verdadero diálogo y la colaboración tienen sus raíces en el amor, única base para la paz, la justicia y la reconciliación. Este diálogo, inspirado en el amor divino, abraza a todas las personas de buena voluntad y rechaza los prejuicios, la discriminación y la persecución, afirmando la igual dignidad de todos los seres humanos.
Aunque el ministerio público de Jesús se desarrolló principalmente en Galilea y Judea, los Evangelios también relatan episodios en los que visitó la región de la Decápolis, así como los alrededores de Tiro y Sidón, donde se encontró con la mujer sirofenicia, cuya fe inquebrantable le llevó a curar a su hija (cf. Mc 7, 24-30). Por lo tanto, esta tierra significa más que un simple lugar de encuentro entre Jesús y una madre suplicante: se convierte en un lugar donde la humildad, la confianza y la perseverancia superan todas las barreras y encuentran el amor infinito de Dios, que abraza cada corazón humano. De hecho, este es «el núcleo mismo del diálogo interreligioso: el descubrimiento de la presencia de Dios más allá de todas las fronteras y la invitación a buscarlo juntos con reverencia y humildad» [1]. Si el Líbano es famoso por sus majestuosos cedros, el olivo también representa un hito de su patrimonio. El olivo no solo embellece el espacio en el que nos reunimos hoy, sino que también es alabado en los textos sagrados del cristianismo, el judaísmo y el islam, y sirve como símbolo atemporal de reconciliación y paz. Su larga vida y su extraordinaria capacidad para prosperar incluso en los entornos más difíciles simbolizan la resistencia y la esperanza, así como ese compromiso duradero que es necesario para cultivar una convivencia pacífica.
De este árbol se extrae un aceite que cura, un bálsamo para las heridas físicas y espirituales, que manifiesta la infinita compasión de Dios por todos los que sufren. Además, el aceite también proporciona luz, recordándonos el llamado a iluminar nuestros corazones a través de la fe, la caridad y la humildad.
Así como las raíces de los cedros y los olivos penetran profundamente y se extienden ampliamente por la tierra, también el pueblo libanés está disperso por todo el mundo, pero unido por la fuerza duradera y el patrimonio intemporal de su tierra natal. Su presencia aquí y en el mundo enriquece la tierra con su patrimonio milenario, pero también representa una vocación. En una globalidad cada vez más interconectada, estáis llamados a ser constructores de paz: a combatir la intolerancia, superar la violencia y desterrar la exclusión, iluminando el camino hacia la justicia y la concordia para todos, a través del testimonio de vuestra fe.
Queridos hermanos y hermanas, el 25 de marzo de cada año, celebrado como fiesta nacional en vuestro país, os reunís para honrar a María, Nuestra Señora del Líbano, venerada en su santuario de Harissa, que está adornado con una imponente estatua de la Virgen con los brazos abiertos, para abrazar a todo el pueblo libanés. Que este abrazo amoroso y maternal de la Virgen María, Madre de Jesús y Reina de la Paz, guíe a cada uno de ustedes, para que en su patria, en todo Oriente Medio y en todo el mundo, el don de la reconciliación y la convivencia pacífica fluya «como los arroyos que brotan del Líbano» (cf. Ct 4,15). Que traigan esperanza y unidad a todos. ¡Gracias!
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[1] Audiencia General, Catequesis con motivo del 60º aniversario de la Declaración conciliar Nostra Aetate, 29 de octubre de 2025.





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