PAPA LEÓN XIV | La Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes

4 febrero, 2026

PAPA LEÓN XIV | La Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, así lo señalaba el Santo Padre al compartir su mensaje durante la Audiencia General. Celebrada en el Aula Pabo VI, el Santo Padre León XIV, retomando el ciclo de catequesis sobre «Los documentos del Concilio Vaticano II», centró su meditación en el tema: Constitución dogmática Dei Verbum. La Sagrada Escritura: Palabra de Dios en palabras humanas (Lectura: 2 Timoteo 3, 14-16).

El Papa nos decía, “la Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo”. Continuando, agregó, “durante muchos siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo.

En tiempos más recientes, la reflexión ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cfr DV, 11)”.

En otro párrafo, el Pontífice señalaba, “en cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones. Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual». [2]”

Completando, el Santo Padre dijo, “(…) la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: «El que juzga haber entendido las divinas escrituras […], y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió». [4] El origen divino de la Escritura recuerda también que el Evangelio, encomendado al testimonio de los bautizados, incluso abrazando todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: esto no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en Jesús”.

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad Papa León XIV:

Catequesis – Los Documentos del Concilio Vaticano II – I. Constitución dogmática Dei Verbum 4. La Sagrada Escritura: Palabra de Dios en palabras humanas

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo. Los textos bíblicos, sin embargo, no fueron escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. Como también nos enseña la realidad cotidiana, de hecho, dos personas que hablan lenguas diferentes no se entienden entre ellas, no pueden entrar en diálogo, no logran establecer una relación. En algunos casos, hacerse comprender por el otro es un primer acto de amor. Por esto Dios elige hablar usando lenguajes humanos y, así, diferentes autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura. Como recuerda el documento conciliar, «las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (DV, 13). Por tanto, no sólo en sus contenidos, sino también en el lenguaje, la Escritura revela la condescendencia misericordiosa de Dios hacia los hombres y su deseo de hacerse cercano a ellos.

A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que se produce entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante muchos siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En tiempos más recientes, la reflexión ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cfr DV, 11). Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, «rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina». [1] ¡Dios no mortifica nunca al ser humano y sus potencialidades!

Por tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier aproximación a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se desprende que una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones. Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual». [2]

Igualmente reductiva es, por otra parte, una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que debe estudiarse simplemente desde un punto de vista técnico o como sólo «un texto del pasado». [3] Más bien, especialmente cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cfr. DV, 12).

En este sentido, la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: «El que juzga haber entendido las divinas escrituras […], y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió». [4] El origen divino de la Escritura recuerda también que el Evangelio, encomendado al testimonio de los bautizados, incluso abrazando todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: esto no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor porque, en su bondad, no permite que en nuestras vidas falte el alimento esencial de su Palabra y oremos para que nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra.

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[1] L. Alonso Schökel, La parola ispirata. La Bibbia alla luce della scienza del linguaggio, Brescia 1987, 70. ( La palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje).

[2] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 11.

[3] Benedicto XVI, Exhort. ap. post-sin. Verbum Domini (30 septiembre 2010), 35.

[4] S. Agustín, De doctrina christiana I, 36, 40.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para que anunciemos la Palabra de Dios con fidelidad creativa y alegría misionera, proclamando con nuestras palabras y nuestras obras las maravillas de su amor. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

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LLAMADO

Exhorto a todos a apoyar con la oración a nuestros hermanos y hermanas de Ucrania, duramente afectados por las consecuencias de los bombardeos que han vuelto a golpear también las infraestructuras energéticas. Expreso mi gratitud por las iniciativas de solidaridad promovidas en las diócesis católicas de Polonia y otros países, que se esfuerzan por ayudar a la población a resistir en este tiempo de gran frío.

Mañana expira el Tratado New START, firmado en 2010 por los presidentes de los Estados Unidos y de la Federación de Rusia, que ha supuesto un paso significativo para contener la proliferación de las armas nucleares. Al renovar mi aliento a todo esfuerzo constructivo en favor del desarme y la confianza mutua, hago un llamamiento urgente para que no se abandone este instrumento sin tratar de garantizarle un seguimiento concreto y eficaz. La situación actual exige hacer todo lo posible para evitar una nueva carrera armamentística que amenace aún más la paz entre las naciones. Es más urgente que nunca sustituir la lógica del miedo y la desconfianza por una ética compartida capaz de orientar las decisiones hacia el bien común y hacer de la paz un patrimonio custodiado por todos.

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Doy mi cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana, en particular saludo a la Asociación de Periodistas Italianos 2.0, a los confirmandos de la parroquia de la Asunción en Isola di Capo Rizzuto, al coro «Cantate Domino» de Collazzone y a los artistas del circo «Roni Roller».

Por último, mi pensamiento va a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Mañana celebraremos la memoria de santa Ágata, martirizada en Catania. Ágata significa «buena». La fuente de toda bondad es Dios, nuestro bien supremo. Deseo a cada uno de ustedes ser «buenos», es decir, fieles testigos del amor del Padre celestial, que nos colma de tantos dones y nos llama a participar de su misma alegría. ¡A todos mi bendición!

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