PAPA LEÓN XIV | La Pascua de Cristo ilumina el misterio de la vida y nos permite mirarla con esperanza, así lo señaló el Santo Padre en su mensaje compartido durante la Audiencia General. Celebrada en Plaza San Pedro, Su Santidad León XIV continuando con el ciclo de catequesis, Jubileo 2025, Jesucristo, nuestra esperanza, centró sus palabras en la resurrección de Cristo y los desafíos del mundo actual, esperar en la vida para generar vida.
El Papa nos decía, “la Pascua de Cristo ilumina el misterio de la vida y nos permite mirarla con esperanza. Esto no siempre es fácil ni evidente. Muchas vidas, en todas partes del mundo, parecen fatigosas, dolorosas, llenas de problemas y obstáculos que superar”.
Continuando, agregó, “se puede decir que la pregunta sobre la vida es una de las cuestiones abismales del corazón humano. Hemos entrado en la existencia sin haber hecho nada para decidirlo. De esta evidencia brotan como un río caudaloso las preguntas de todos los tiempos: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿
Vivir, en efecto, invoca un sentido, una dirección, una esperanza. Y la esperanza actúa como el impulso profundo que nos hace caminar en las dificultades, que no nos hace rendirnos en el cansancio del viaje, que nos da la certeza de que la peregrinación de la existencia nos lleva a casa”.
En otro párrafo, compartió el Pontífice, “(…) hay una enfermedad muy extendida en el mundo: la falta de confianza en la vida. Como si nos hubiéramos resignado a una fatalidad negativa, a la renuncia. La vida corre el riesgo de dejar de ser una posibilidad recibida como un don, para convertirse en una incógnita, casi una amenaza de la que hay que protegerse para no quedar decepcionados. Por eso, el valor de vivir y de generar vida, de dar testimonio de que Dios es por excelencia «el amante de la vida», como afirma el Libro de la Sabiduría (11, 26), es hoy una llamada más urgente que nunca.
En el Evangelio, Jesús confirma constantemente su preocupación por curar a los enfermos, sanar los cuerpos y los espíritus heridos, devolver la vida a los muertos. Al hacerlo, el Hijo encarnado revela al Padre: devuelve la dignidad a los pecadores, concede la remisión de los pecados e incluye a todos, especialmente a los desesperados, los excluidos, los alejados, en su promesa de salvación”.
Completando, León XIV señaló, “la Sagrada Escritura, desde el principio, nos revela que la vida, precisamente en su forma más elevada, la humana, recibe el don de la libertad y se convierte en un drama. Así, las relaciones humanas también están marcadas por la contradicción, hasta el fratricidio. La lógica de Dios, en cambio, es muy diferente. Dios permanece fiel para siempre a su designio de amor y vida; no se cansa de sostener a la humanidad incluso cuando, siguiendo los pasos de Caín, obedece al instinto ciego de la violencia en las guerras, en las discriminaciones, en los racismos, en las múltiples formas de esclavitud”.
Finalmente, el Papa dijo, “(…) la resurrección de Jesucristo es la fuerza que nos sostiene en este desafío, incluso cuando las tinieblas del mal oscurecen el corazón y la mente. Cuando la vida parece haberse apagado, bloqueada, el Señor resucitado sigue pasando, hasta el fin de los tiempos, y camina con nosotros y por nosotros”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:
Ciclo de catequesis – Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza. IV. La resurrección de Cristo y los desafíos del mundo actual. 6. Esperar en la vida para generar vida
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
La Pascua de Cristo ilumina el misterio de la vida y nos permite mirarla con esperanza. Esto no siempre es fácil ni evidente. Muchas vidas, en todas partes del mundo, parecen fatigosas, dolorosas, llenas de problemas y obstáculos que superar. Sin embargo, el ser humano recibe la vida como un don: no la pide, no la elige, la experimenta en su misterio desde el primer día hasta el último. La vida tiene una especificidad extraordinaria: se nos ofrece, no podemos dárnosla a nosotros mismos, pero hay que alimentarla constantemente: se necesita un cuidado que la mantenga, la dinamice, la custodie, la relance.
Se puede decir que la pregunta sobre la vida es una de las cuestiones abismales del corazón humano. Hemos entrado en la existencia sin haber hecho nada para decidirlo. De esta evidencia brotan como un río caudaloso las preguntas de todos los tiempos: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es el sentido último de todo este viaje?
Vivir, en efecto, invoca un sentido, una dirección, una esperanza. Y la esperanza actúa como el impulso profundo que nos hace caminar en las dificultades, que no nos hace rendirnos en el cansancio del viaje, que nos da la certeza de que la peregrinación de la existencia nos lleva a casa. Sin la esperanza, la vida corre el riesgo de parecer un paréntesis entre dos noches eternas, una breve pausa entre el antes y el después de nuestro paso por la tierra. Esperar en la vida significa, en cambio, anticipar la meta, creer como seguro lo que aún no vemos ni tocamos, confiar y entregarnos al amor de un Padre que nos ha creado porque nos ha querido con amor y nos quiere felices.
Queridos hermanos, hay una enfermedad muy extendida en el mundo: la falta de confianza en la vida. Como si nos hubiéramos resignado a una fatalidad negativa, a la renuncia. La vida corre el riesgo de dejar de ser una posibilidad recibida como un don, para convertirse en una incógnita, casi una amenaza de la que hay que protegerse para no quedar decepcionados. Por eso, el valor de vivir y de generar vida, de dar testimonio de que Dios es por excelencia «el amante de la vida», como afirma el Libro de la Sabiduría (11, 26), es hoy una llamada más urgente que nunca.
En el Evangelio, Jesús confirma constantemente su preocupación por curar a los enfermos, sanar los cuerpos y los espíritus heridos, devolver la vida a los muertos. Al hacerlo, el Hijo encarnado revela al Padre: devuelve la dignidad a los pecadores, concede la remisión de los pecados e incluye a todos, especialmente a los desesperados, los excluidos, los alejados, en su promesa de salvación.
Engendrado por el Padre, Cristo es la vida y ha engendrado vida sin reservas hasta el punto de darnos la suya, e invita también a nosotros a dar nuestra vida. Engendrar significa dar vida a otra persona. El universo de los seres vivos se ha expandido a través de esta ley, que en la sinfonía de las criaturas conoce un admirable «crescendo» que culmina en el dúo del hombre y la mujer: Dios los creó a su imagen y les confió la misión de generar también a su imagen, es decir, por amor y en el amor.
La Sagrada Escritura, desde el principio, nos revela que la vida, precisamente en su forma más elevada, la humana, recibe el don de la libertad y se convierte en un drama. Así, las relaciones humanas también están marcadas por la contradicción, hasta el fratricidio. Caín percibe a su hermano Abel como un competidor, una amenaza, y en su frustración no se siente capaz de amarlo y estimarlo. Y ahí están los celos, la envidia, la sangre (Gn 4,1-16). La lógica de Dios, en cambio, es muy diferente. Dios permanece fiel para siempre a su designio de amor y vida; no se cansa de sostener a la humanidad incluso cuando, siguiendo los pasos de Caín, obedece al instinto ciego de la violencia en las guerras, en las discriminaciones, en los racismos, en las múltiples formas de esclavitud.
Generar significa, pues, confiar en el Dios de la vida y promover lo humano en todas sus expresiones: ante todo, en la maravillosa aventura de la maternidad y la paternidad, incluso en contextos sociales en los que las familias luchan por soportar la carga del día a día, viéndose a menudo frenadas en sus proyectos y sus sueños. En esta misma lógica, generar es comprometerse con una economía solidaria, buscar el bien común que todos disfruten por igual, respetar y cuidar la creación, ofrecer consuelo con la escucha, la presencia, la ayuda concreta y desinteresada.
Hermanas y hermanos, la resurrección de Jesucristo es la fuerza que nos sostiene en este desafío, incluso cuando las tinieblas del mal oscurecen el corazón y la mente. Cuando la vida parece haberse apagado, bloqueada, el Señor resucitado sigue pasando, hasta el fin de los tiempos, y camina con nosotros y por nosotros. Él es nuestra esperanza.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor la fortaleza para poder corresponder a la vida que se nos ha dado gratuitamente con una existencia entregada a su servicio. Abandonémonos a su amor para no temer las dificultades y afrontar los retos, dándonos generosamente a los demás. Recibamos la vida y a Dios que en ella se nos manifiesta: en los hijos que generemos, en las personas de las que nos hacemos responsables y en la sociedad que estamos llamados a construir. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.





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