PAPA LEÓN XIV | Nada es imposible para Dios, preparémonos para su Reino, hagámosle espacio, así lo expresó el Santo Padre al compartir su mensaje antes de recitar la oración mariana del Ángelus. Antes del mediodía de hoy, Su Santidad Francisco se presentaba en la ventana del Estudio Apostólico Vaticano desde donde se reunía con fieles y peregrinos presentes en Plaza San Pedro.
El Papa nos decía, “el Evangelio de este segundo domingo de Adviento nos anuncia la llegada del Reino de Dios (cf. Mt 3,1-12). Antes que Jesús, aparece en escena su precursor, Juan el Bautista. En la oración del «Padre nuestro», pedimos cada día: «Venga tu reino». Jesús mismo nos lo enseñó. Y con esta invocación nos orientamos hacia lo Nuevo que Dios tiene reservado para nosotros, reconocemos que el curso de la historia no está ya escrito por los poderosos de este mundo”.
Continuando, agregaba, “ciertamente, el tono del Bautista es severo, pero el pueblo lo escucha porque en sus palabras resuena el llamado de Dios a no jugar con la vida, a aprovechar el momento presente para prepararse para el encuentro con Aquel que juzga según las obras y las intenciones del corazón, y no según las apariencias. El mismo Juan se sorprenderá de la forma en que el Reino de Dios se manifestará en Jesucristo, en la mansedumbre y la misericordia”.
Completando, el Santo Padre dijo, “¡cuánto necesita el mundo esta esperanza! Nada es imposible para Dios. Preparémonos para su Reino, hagámosle espacio. ¡El «más pequeño», Jesús de Nazaret, nos guiará! Él, que se ha puesto en nuestras manos, desde la noche de su nacimiento hasta la hora oscura de su muerte en la cruz, (…). Las luces a lo largo de las calles nos recuerdan que cada uno de nosotros puede ser una pequeña luz, si acoge a Jesús, brote de un mundo nuevo. Aprendamos a hacerlo de María, nuestra Madre, mujer de espera confiada y de esperanza”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buen domingo!
El Evangelio de este segundo domingo de Adviento nos anuncia la llegada del Reino de Dios (cf. Mt 3,1-12). Antes que Jesús, aparece en escena su precursor, Juan el Bautista. Él predicaba en el desierto de Judea diciendo: «¡Conviértanse, porque el reino de los cielos está cerca!» (Mt 3,1).
En la oración del «Padre nuestro», pedimos cada día: «Venga tu reino». Jesús mismo nos lo enseñó. Y con esta invocación nos orientamos hacia lo Nuevo que Dios tiene reservado para nosotros, reconocemos que el curso de la historia no está ya escrito por los poderosos de este mundo. Ponemos nuestros pensamientos y energías al servicio de un Dios que viene a reinar no para dominarnos, sino para liberarnos. Es un «evangelio»: una verdadera buena noticia, que nos motiva y nos involucra.
Ciertamente, el tono del Bautista es severo, pero el pueblo lo escucha porque en sus palabras resuena el llamado de Dios a no jugar con la vida, a aprovechar el momento presente para prepararse para el encuentro con Aquel que juzga según las obras y las intenciones del corazón, y no según las apariencias.
El mismo Juan se sorprenderá de la forma en que el Reino de Dios se manifestará en Jesucristo, en la mansedumbre y la misericordia. El profeta Isaías lo compara con un brote: una imagen no de poder o destrucción, sino de nacimiento y novedad. Sobre el brote que surge de un tronco aparentemente muerto, comienza a soplar el Espíritu Santo con sus dones (cf. Is 11,1-10). Cada uno de nosotros puede pensar en una sorpresa similar que le haya ocurrido en la vida.
Es la experiencia que vivió la Iglesia con el Concilio Vaticano II, que concluyó hace precisamente sesenta años: una experiencia que se renueva cuando caminamos juntos hacia el Reino de Dios, todos dispuestos a acogerlo y servirlo. Entonces no solo brotan realidades que parecían débiles o marginales, sino que se realiza lo que humanamente se habría dicho imposible. Con las imágenes del profeta: «El lobo habitará con el cordero, el leopardo se acostará junto al cabrito, el ternero y el leoncillo pacerán juntos, y un niño pequeño los guiará» (Is 11,6).
Hermanas y hermanos, ¡cuánto necesita el mundo esta esperanza! Nada es imposible para Dios. Preparémonos para su Reino, hagámosle espacio. ¡El «más pequeño», Jesús de Nazaret, nos guiará! Él, que se ha puesto en nuestras manos, desde la noche de su nacimiento hasta la hora oscura de su muerte en la cruz, resplandece en nuestra historia como el sol naciente. Ha comenzado un nuevo día: ¡despertemos y caminemos en su luz!
He aquí la espiritualidad del Adviento, tan luminosa y concreta. Las luces a lo largo de las calles nos recuerdan que cada uno de nosotros puede ser una pequeña luz, si acoge a Jesús, brote de un mundo nuevo. Aprendamos a hacerlo de María, nuestra Madre, mujer de espera confiada y de esperanza.
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Después del Ángelus
¡Queridos hermanos y hermanas!
Hace unos días regresé de mi primer viaje apostólico, a Turquía y Líbano. Junto con mi querido hermano Bartolomé, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, y los representantes de otras confesiones cristianas, nos reunimos para rezar juntos en İznik, la antigua Nicea, donde hace 1700 años se celebró el primer Concilio ecuménico. Hoy se cumple el 60 aniversario de la Declaración conjunta entre Pablo VI y el Patriarca Atenágoras, que puso fin a las excomuniones recíprocas. Demos gracias a Dios y renovemos nuestro compromiso en el camino hacia la plena unidad visible de todos los cristianos. En Turquía he tenido la alegría de encontrarme con la comunidad católica: a través del diálogo paciente y el servicio a los que sufren, ella da testimonio del Evangelio del amor y de la lógica de Dios que se manifiesta en la pequeñez.
El Líbano sigue siendo un mosaico de convivencia y me ha reconfortado escuchar tantos testimonios en este sentido. He encontrado personas que anuncian el Evangelio acogiendo a los desplazados, visitando a los presos, compartiendo el pan con los necesitados. Me ha reconfortado ver a tanta gente en la calle saludándome y me ha conmovido el encuentro con los familiares de las víctimas de la explosión en el puerto de Beirut. Los libaneses esperaban una palabra y una presencia de consuelo, ¡pero fueron ellos quienes me consolaron con su fe y su entusiasmo! Agradezco a todos los que me han acompañado con sus oraciones. Queridos hermanos y hermanas, lo que ha sucedido en los últimos días en Turquía y Líbano nos enseña que la paz es posible y que los cristianos, en diálogo con hombres y mujeres de otras religiones y culturas, pueden contribuir a construirla. No lo olvidemos: ¡la paz es posible!
Estoy cerca de los pueblos del sur y sudeste asiático, duramente golpeados por las recientes catástrofes naturales. Rezo por las víctimas, por las familias que lloran a sus seres queridos y por quienes prestan socorro. Exhorto a la comunidad internacional y a todas las personas de buena voluntad a que apoyen con gestos de solidaridad a los hermanos y hermanas de esas regiones.
Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos. Saludo a todos los que han venido de otras partes del mundo, en particular a los fieles peruanos de Pisco, Cusco y Lima; a los polacos, recordando también la Jornada de oración y ayuda material a la Iglesia del Este; y también al grupo de estudiantes portugueses.
Saludo también a los grupos parroquiales de Lentiai, Manerbio, Santa Cesarea Terme, Cerfignano, Roverchiara y Roverchiaretta; a los jóvenes de Marostica y Pianezze, a los confirmandos de Cavaion Veronese, a los jóvenes del Oratorio de Mezzocorona, al grupo de monaguillos de Bolonia y a los socios de la Mutua Madonna del Granato.
Les deseo a todos un buen domingo y un buen camino de Adviento.





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