PAPA LEÓN XIV | Son muchas las personas que desean, a través de una relación más directa con la creación, una nueva armonía que les lleve más allá de tantas laceraciones, así lo afirmó el Santo Padre al compartir su mensaje durante la Audiencia General. Celebrada en Plaza San Pedro, Su Santidad León XIV continuando con el ciclo de catequesis, Jubileo 2025, Jesucristo, nuestra Esperanza IV, la resurrección de Cristo y l os desafíos del mundo actual 5, centró sus palabras en la Espiritualidad pascual y la ecología integra.
El Papa nos decía, “en este Año Jubilar dedicado a la esperanza, estamos reflexionando sobre la relación entre la resurrección de Cristo y los retos del mundo actual, es decir, nuestros retos. A veces, Jesús, el Viviente, también nos pregunta: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?».
El evangelista Juan nos señala un detalle que no encontramos en los otros Evangelios: llorando junto al sepulcro vacío, María Magdalena no reconoció inmediatamente a Jesús resucitado, sino que pensó que era el guardián del jardín. De hecho, al narrar el entierro de Jesús, al atardecer del Viernes Santo, el texto era muy preciso: «Ahora bien, en el lugar donde había sido crucificado, había un jardín, y en el jardín un sepulcro nuevo, en el que aún no había sido depositado nadie”.
Continuando, agregaba, “(…) María Magdalena, entonces, no se equivocó del todo al creer que se encontraba con el guardián del jardín. De hecho, tenía que volver a escuchar su nombre y comprender su tarea del Hombre nuevo, aquel que en otro texto joánico dice: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). El papa Francisco, con la encíclica Laudato si’, nos ha indicado la extrema necesidad de una mirada contemplativa: si no es guardián del jardín, el ser humano se convierte en devastador. La esperanza cristiana, por tanto, responde a los desafíos a los que hoy se enfrenta toda la humanidad, deteniéndose en el jardín en el que el Crucificado fue depositado como una semilla, para resucitar y dar mucho fruto.
El Paraíso no se ha perdido, sino que se ha reencontrado. La muerte y resurrección de Jesús son, así, el fundamento de una espiritualidad de la ecología integral, fuera de la cual las palabras de la fe no tienen agarre en la realidad y las palabras de las ciencias quedan fuera del corazón» (Laudato si’, 111)”.
En Pontífice, entonces, nos señalaba, “por eso hablamos de una conversión ecológica, que los cristianos no pueden separar de ese cambio de rumbo que les exige seguir a Jesús. Es un signo de ello el giro de María, en aquella mañana de Pascua: solo de conversión en conversión pasamos de este valle de lágrimas a la nueva Jerusalén. Este paso, que comienza en el corazón y es espiritual, modifica la historia, nos compromete públicamente, activa la solidaridad que desde ahora protege a las personas y a las criaturas de las ambiciones de los lobos, en nombre y por la fuerza del Cordero Pastor”.
Finalmente, el Papa nos compartió, “son muchas también las personas que desean, a través de una relación más directa con la creación, una nueva armonía que les lleve más allá de tantas laceraciones. Por otra parte, «los cielos narran la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento. El día al día confía su relato y la noche a la noche transmite la noticia. Sin lenguaje, sin palabras, sin que se oiga su voz, por toda la tierra se difunde su anuncio y hasta los confines del mundo su mensaje» (Sal 18,1-4)”.
A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:
Ciclo de catequesis – Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza IV. La resurrección de Cristo y los desafíos del mundo actual 5. Espiritualidad pascual y ecología integral
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En este Año Jubilar dedicado a la esperanza, estamos reflexionando sobre la relación entre la resurrección de Cristo y los retos del mundo actual, es decir, nuestros retos. A veces, Jesús, el Viviente, también nos pregunta: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?». De hecho, los retos no se pueden afrontar solos y las lágrimas son un don de vida cuando purifican nuestros ojos y liberan nuestra mirada.
El evangelista Juan nos señala un detalle que no encontramos en los otros Evangelios: llorando junto al sepulcro vacío, María Magdalena no reconoció inmediatamente a Jesús resucitado, sino que pensó que era el guardián del jardín. De hecho, al narrar el entierro de Jesús, al atardecer del Viernes Santo, el texto era muy preciso: «Ahora bien, en el lugar donde había sido crucificado, había un jardín, y en el jardín un sepulcro nuevo, en el que aún no había sido depositado nadie. Allí, pues, como era la víspera de la Pascua de los judíos y el sepulcro estaba cerca, depositaron a Jesús» (Jn 19, 40-41).
Así termina, en la paz del sábado y en la belleza de un jardín, la dramática lucha entre las tinieblas y la luz desatada con la traición, el arresto, el abandono, la condena, la humillación y el asesinato del Hijo, que «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final» (Jn 13,1). Cultivar y custodiar el jardín es la tarea original (cf. Gn 2, 15) que Jesús llevó a cabo. Su última palabra en la cruz —«Todo está consumado» (Jn 19, 30)— invita a cada uno a reencontrar la misma tarea, su tarea. Por eso, «inclinando la cabeza, entregó su espíritu» (v. 30).
Queridos hermanos y hermanas, María Magdalena, entonces, no se equivocó del todo al creer que se encontraba con el guardián del jardín. De hecho, tenía que volver a escuchar su nombre y comprender su tarea del Hombre nuevo, aquel que en otro texto joánico dice: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). El papa Francisco, con la encíclica Laudato si’, nos ha indicado la extrema necesidad de una mirada contemplativa: si no es guardián del jardín, el ser humano se convierte en devastador. La esperanza cristiana, por tanto, responde a los desafíos a los que hoy se enfrenta toda la humanidad, deteniéndose en el jardín en el que el Crucificado fue depositado como una semilla, para resucitar y dar mucho fruto.
El Paraíso no se ha perdido, sino que se ha reencontrado. La muerte y resurrección de Jesús son, así, el fundamento de una espiritualidad de la ecología integral, fuera de la cual las palabras de la fe no tienen agarre en la realidad y las palabras de las ciencias quedan fuera del corazón. «La cultura ecológica no puede reducirse a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que se plantean en relación con la degradación del medio ambiente, el agotamiento de las reservas naturales y la contaminación. Debería ser una mirada diferente, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que den forma a una resistencia» (Laudato si’, 111).
Por eso hablamos de una conversión ecológica, que los cristianos no pueden separar de ese cambio de rumbo que les exige seguir a Jesús. Es un signo de ello el giro de María, en aquella mañana de Pascua: solo de conversión en conversión pasamos de este valle de lágrimas a la nueva Jerusalén. Este paso, que comienza en el corazón y es espiritual, modifica la historia, nos compromete públicamente, activa la solidaridad que desde ahora protege a las personas y a las criaturas de las ambiciones de los lobos, en nombre y por la fuerza del Cordero Pastor.
Así, los hijos e hijas de la Iglesia pueden encontrar hoy a millones de jóvenes y otros hombres y mujeres de buena voluntad que han escuchado el grito de los pobres y de la tierra y han dejado que les toque el corazón. Son muchas también las personas que desean, a través de una relación más directa con la creación, una nueva armonía que les lleve más allá de tantas laceraciones. Por otra parte, «los cielos narran la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento. El día al día confía su relato y la noche a la noche transmite la noticia. Sin lenguaje, sin palabras, sin que se oiga su voz, por toda la tierra se difunde su anuncio y hasta los confines del mundo su mensaje» (Sal 18,1-4).
Que el Espíritu nos dé la capacidad de escuchar la voz de quienes no tienen voz. Entonces veremos lo que aún no ven nuestros ojos: ese jardín, o Paraíso, al que solo llegamos acogiendo y cumpliendo cada uno su tarea.
_________________
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor el don de saber cultivar una espiritualidad capaz de hacer germinar ese grano de trigo que como semilla de esperanza ha sido depuesto en el sepulcro, Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación, de modo que el cielo y la tierra proclamen siempre la gloria de Dios y la obra de sus manos (cf. Sal 18,1-5). Que Dios los bendiga. Muchas gracias.





0 comentarios