PAPA LEÓN XIV | Transmitir la fe significa llevar a otros a Cristo, a quien nosotros mismos hemos recibido

8 noviembre, 2026

URUGUAY

PAPA LEÓN XIV | Transmitir la fe significa llevar a otros a Cristo, a quien nosotros mismos hemos recibido, así lo pidió el Santo Padre en su Homilía al presidir la Santa Misa en el Santuario de la Virgen de los Treinta y Tres. Su Santidad León XIV también rindió homenaje a las madres y abuelas como transmisoras de la fe católica, a quienes les pidió a seguir con aquella misión a pesar de las tendencias secularizadoras.

El Papa decía, “con gran entusiasmo, junto a Nuestra Señora de los Treinta y Tres, me encuentro hoy aquí con ustedes. Vengo como peregrino para compartir la fe y el cariño con que este pueblo ha mirado durante generaciones a la Madre de Dios”.

Continuando, agregó, “pienso en las madres que pusieron en los labios de sus hijos las primeras palabras de oración, que los llevaron a bautizar, los prepararon para recibir los sacramentos y les enseñaron a vivir la caridad cristiana. Pienso en las abuelas que conservaron un altar en casa, que rezaron por los vivos y por los difuntos, que hicieron presente a Dios en las cosas ordinarias de la vida”.

En otro Párrafo, el Santo Padre compartió, “a todas esas mujeres quisiera hoy darles las gracias. Gracias por haber creído y por haber mantenido abierto en tantas familias un camino hacia Dios. Algunas pudieron hacerlo apoyadas en una tradición familiar que venía de lejos; otras tuvieron que sostener esa fe con mayor esfuerzo, quizá sin encontrar siempre comprensión o apoyo dentro de su propia casa. Sé que muchas cargan una pena muy concreta. Enseñaron a rezar a sus hijos y hoy esos hijos ya no rezan. Iban juntos a Misa y hace años que no entran en una iglesia. Hablaron a sus nietos de Dios y ahora no saben si aquellas palabras dejaron alguna huella”.

Profundizando, señalaba, “permítanme recordar aquí a santa Mónica. Ella conoció bien ese dolor. Rezó durante años por un hijo que parecía cada vez más lejos de Dios, y no dejó de confiar en la gracia. Por eso, no den por perdido aquello que sembraron.

Madres y abuelas: ¡no se cansen de transmitir la fe! Prediquen con su vida y también con su palabra. Quisiera dirigirme también a los varones, a los padres y a los abuelos. Sus hijos y nietos necesitan ver que la fe ocupa un lugar verdadero en la vida de los hombres de su familia. Imiten a san José, quien asumió la tarea de formar a Jesús, llevándolo al templo, enseñándole a trabajar de manera honesta y mostrándole que Dios debe ocupar el primer lugar en la vida de la persona”.

Completando, el Pontífice dijo, “queridos padres y abuelos, los jóvenes necesitan verlos rezar, acercarse a los sacramentos, tratar con respeto a sus esposas, pedir perdón y vivir con honradez también cuando hacerlo exige sacrificios. Un hijo aprende mucho al ver que su padre puede arrodillarse delante de Dios sin sentirse menos hombre por ello”.

Transmitir la fe significa llevar a otros a Cristo, a quien nosotros mismos hemos recibido. María nos muestra precisamente cómo hacerlo. Que la Reina del Cielo sostenga a quienes continúan sembrando la fe y nos enseñe a reconocer a Cristo en el pobre, en el enfermo y en quien está solo, y a llevarlo allí donde todavía no es conocido”.

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León:

Palabras improvisadas del Santo Padre frente a la Parroquia de Santa Teresita en Juanicó

¡Buenos días y feliz domingo! Ustedes no lo saben, pero estoy de verdad muy contento por este breve momento en la parroquia de santa Teresita. La primera parroquia en Uruguay dedicada [a ella], después de su canonización. Mi familia, especialmente mi papá, teníamos una gran devoción a santa Teresita. Y entonces, poder pasar por aquí en este día de fiesta —ustedes saben que estamos en camino a Florida para celebrar la fiesta de Nuestra Señora de los Treinta y Tres— es un momento de devoción, un momento de agradecimiento, un momento para reconocer que la gracia de Dios, el amor de Dios, está siempre con nosotros; y que Dios nos acompaña en todo momento, ya sea en los momentos felices como también cuando sufrimos, quizás por enfermedad, dolor y tantas dificultades.

Vamos a pedir la bendición del Señor sobre cada uno de ustedes y sus familias, que han traído rosarios, objetos de devoción, también los bendecimos en este momento. Y vamos a pedir al Señor que nos ayude a todos a crecer en la fe, a vivir nuestra fe con valentía, a no tener miedo de decir: “Yo soy cristiano, yo soy católico, yo creo en Jesucristo”. Jesús nos ha dado una vida que nos enseña a vivir a nosotros también, sirviendo a los demás, caminando unidos y buscando la presencia de Dios y compartiendo la alegría de ser cristianos con todos.

El Señor esté con ustedes…

Bendito sea el nombre del Señor…

Nuestro auxilio está en el nombre del Señor…

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes. ¡Felicidades, feliz día y feliz domingo!

_________________________

Homilía del Santo Padre

Queridos hijos e hijas de esta tierra uruguaya:

Con gran entusiasmo, junto a Nuestra Señora de los Treinta y Tres, me encuentro hoy aquí con ustedes. Vengo como peregrino para compartir la fe y el cariño con que este pueblo ha mirado durante generaciones a la Madre de Dios. A quienes han venido desde distintos lugares, a quienes peregrinan hasta aquí desde hace años y a quienes hoy se acercan por primera vez, los abrazo con afecto y los encomiendo a la protección de María.

La Palabra de Dios pone hoy ante nosotros a dos mujeres que vivieron en tiempos muy distintos y sobre las que resuena casi la misma bendición. A Judit, después de la liberación de su pueblo, le dicen: «Bendita seas, hija, ante el Dios Altísimo, más que todas las mujeres de la tierra» (Jdt 13,18). Muchos siglos después, Isabel recibe a María en su casa y exclama: «Bendita tú entre las mujeres» (Lc 1,42).

La tradición cristiana reconoció muy pronto esta relación. En Judit contempló a una mujer que, en un momento difícil para su gente, no se dejó dominar por el miedo. Rezando y ayunando, tomó una decisión que la llevó a arriesgar su propia vida (cf. Jdt 8-10). Cuando llegó la victoria, Judit no se la atribuyó. Sabía bien quién había salvado a Israel y decía: «Canten a mi Dios con tamboriles, entonen al Señor himnos con címbalos» (Jdt 16,1). Por eso son tan grandes las palabras con que su pueblo la recibe: «Tú eres la gloria de Jerusalén, tú el orgullo de Israel, tú el insigne honor de nuestra raza» (Jdt 15,9). En Judit, el pueblo celebraba lo que Dios había hecho en su favor.

Escuchar hoy estas palabras ante la Patrona de este país tiene una resonancia particular. Esta pequeña imagen está vinculada a una hora decisiva de la historia del Uruguay. En 1825, quienes luchaban por la libertad de esta tierra acudieron también a María, para poner aquel comienzo bajo su protección. Aquel gesto nos recuerda que tampoco la historia de los pueblos se comprende del todo cuando se prescinde de Dios. Así, desde una de las horas fundacionales de la patria, Uruguay quedó íntimamente ligado a una Madre. Desde entonces han pasado distintas generaciones, han cambiado las circunstancias e incluso la relación de muchos uruguayos con la fe. Ella ha permanecido aquí. Mientras María acompañaba la historia de este pueblo, en tantos hogares fueron otras mujeres las que conservaron la fe y la entregaron a sus hijos.

Pienso en las madres que pusieron en los labios de sus hijos las primeras palabras de oración, que los llevaron a bautizar, los prepararon para recibir los sacramentos y les enseñaron a vivir la caridad cristiana. Pienso en las abuelas que conservaron un altar en casa, que rezaron por los vivos y por los difuntos, que hicieron presente a Dios en las cosas ordinarias de la vida. Ya en los primeros tiempos de la Iglesia encontramos algo semejante: la fe de Timoteo tenía detrás dos nombres de mujer. El Apóstol recuerda con afecto a su abuela Loida y a su madre Eunice, en quienes había habitado primero aquella «fe sincera» que Pablo reconocía también en él (cf. 2 Tm 1,5). La Escritura nos dice poco de aquellas dos mujeres. Sabemos, sin embargo, que de aquella fe aprendida en casa se nutrió quien llegaría a ser un estrecho colaborador de san Pablo (cf. Hch 16,1-3).

Esta tierra tiene también nombres de mujer inscritos en su historia de fe. Entre ellos está santa María Francisca Rubatto, que quiso quedarse entre ustedes y servir aquí a los más necesitados. Están también las beatas mártires Dolores y Consuelo Aguiar-Mella, dos hermanas nacidas en Montevideo. Son vidas muy distintas, pero en las tres encontramos una fidelidad llevada hasta el extremo.

Pero la mayor parte de esta historia no quedó escrita en los libros. Se fue transmitiendo silenciosamente de generación en generación, dentro de las familias. Cuando uno se pregunta de dónde vino la fe que lleva dentro, muchas veces aparece el nombre de una mujer concreta: una madre, una abuela, una madrina, una religiosa, una catequista. Tal vez no recordamos todas las palabras que nos dijeron, pero sí cómo rezaban, cómo hablaban del Señor y con qué convicción vivían lo que nos enseñaban.

A todas esas mujeres quisiera hoy darles las gracias. Gracias por haber creído y por haber mantenido abierto en tantas familias un camino hacia Dios. Algunas pudieron hacerlo apoyadas en una tradición familiar que venía de lejos; otras tuvieron que sostener esa fe con mayor esfuerzo, quizá sin encontrar siempre comprensión o apoyo dentro de su propia casa. Sé que muchas cargan una pena muy concreta. Enseñaron a rezar a sus hijos y hoy esos hijos ya no rezan. Iban juntos a Misa y hace años que no entran en una iglesia. Hablaron a sus nietos de Dios y ahora no saben si aquellas palabras dejaron alguna huella. A veces se preguntan si hicieron algo mal o si todo aquello terminó perdiéndose. Permítanme recordar aquí a santa Mónica. Ella conoció bien ese dolor. Rezó durante años por un hijo que parecía cada vez más lejos de Dios, y no dejó de confiar en la gracia. Por eso, no den por perdido aquello que sembraron. El Señor mismo nos enseñó que la semilla puede crecer sin que el sembrador sepa cómo (cf. Mc 4,27).

Madres y abuelas: ¡no se cansen de transmitir la fe! Prediquen con su vida y también con su palabra. Insistan en la oración, en el amor y en la esperanza: insistan a tiempo y a destiempo (cf. 2 Tm 4,2). Háganlo con paciencia, sin dureza y sin desaliento. Aunque sus seres queridos parezcan lejos de Dios, sigan poniéndolos ante Él. No dejen de bendecir, de acompañar, de recordarles con sencillez aquello que un día recibieron. Hay puertas que ustedes no pueden abrir, pero Dios sí.

Quisiera dirigirme también a los varones, a los padres y a los abuelos. Sus hijos y nietos necesitan ver que la fe ocupa un lugar verdadero en la vida de los hombres de su familia. Imiten a san José, quien asumió la tarea de formar a Jesús, llevándolo al templo, enseñándole a trabajar de manera honesta y mostrándole que Dios debe ocupar el primer lugar en la vida de la persona.

Queridos padres y abuelos, los jóvenesnecesitan verlos rezar, acercarse a los sacramentos, tratar con respeto a sus esposas, pedir perdón y vivir con honradez también cuando hacerlo exige sacrificios. Un hijo aprende mucho al ver que su padre puede arrodillarse delante de Dios sin sentirse menos hombre por ello.

La Escritura pide al pueblo que las palabras recibidas de Dios permanezcan en el corazón y que las enseñe a sus hijos, hablando de ellas «estando en casa y yendo de camino, al acostarte y al levantarte» (Dt 6,6-7). Dios tenía un lugar en la conversación, en las decisiones y en la vida diaria de la casa. Así aprendían los hijos que la fe recibida de sus padres era también aquello por lo que sus padres vivían. También los obispos, los sacerdotes y las personas consagradas están llamados a sostener a las familias en esta tarea, ejerciendo con generosidad su paternidad y maternidad espiritual, acompañando a quienes vacilan y ayudando a muchos a reencontrar el camino de Dios.

Transmitir la fe significa llevar a otros a Cristo, a quien nosotros mismos hemos recibido. María nos muestra precisamente cómo hacerlo. En el Evangelio, Isabel la recibe exclamando: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1,42). María no retiene aquella alabanza. Isabel la proclama bendita y ella responde cantando las grandezas del Señor (cf. Lc 1,46-55). En Caná, cuando recurren a ella, los remite a su Hijo: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).

San Pablo, en la segunda lectura, formula explícitamente una verdad que toda la vida de María proclama: «Hay un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (1 Tm 2,5). Toda la grandeza de María nace de su relación con Cristo: lo acoge, vive de Él y conduce a otros hacia Él. Ese encuentro con el Maestro es la meta de toda evangelización y de toda auténtica devoción mariana. El Hijo de Dios se ha entregado por todos; nadie puede quedar fuera de la oración de la Iglesia. Por eso san Pablo nos pide que recemos «por los reyes y por todos los constituidos en autoridad» (1 Tm 2,2), y por todos los hombres, porque Dios «quiere que todos se salven» (1 Tm 2,4).

En esta fiesta de la Patrona del Uruguay, llevemos ante el Señor a todo este pueblo. Recemos por quienes tienen la responsabilidad de gobernarlo, para que busquen con rectitud el bien de todos; por las familias, por los jóvenes, por quienes sufren, por quienes se sienten lejos de Dios y por quienes necesitan volver a Él y cambiar de vida.

San Lucas nos muestra cómo comienza esa misión. Después de concebir al Hijo de Dios, María «se levantó y se puso en camino de prisa» (1,39). No espera a que Isabel venga a buscarla: sale a su encuentro y entra en su casa llevando consigo al Señor. Allí, el niño salta de alegría e Isabel queda llena del Espíritu Santo (cf. Lc 1,41-44). Ese movimiento de María señala también nuestro camino. No podemos esperar siempre a que quienes se han alejado regresen por sí solos. Uruguay: ¡hay que ponerse en camino! ¡Hay que entrar de nuevo en las casas, acercarse a las personas, escuchar sus preguntas y llevarles a Cristo! Cada uno sabe hacia quién debe dar ese paso: quizá un hijo, un amigo, un vecino, alguien que dejó de creer hace mucho tiempo o que nunca ha tenido cerca a una persona que le hablara de Dios.

Que la Reina del Cielo sostenga a quienes continúan sembrando la fe y nos enseñe a reconocer a Cristo en el pobre, en el enfermo y en quien está solo, y a llevarlo allí donde todavía no es conocido.

Dentro de poco depositaré la Rosa de Oro ante esta imagen. Con este gesto deseo honrar a quien es verdaderamente «el orgullo de nuestra raza» (Jdt 15,9) y hacer visible el cumplimiento de aquellas palabras que ella misma pronunció: «me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1,48).

A María, Capitana y Guía de este pueblo, quiero consagrar de nuevo esta nación, confiar a su amparo esta tierra y a cuantos viven en ella, y suplicar a Dios que, por su poderosa intercesión, quebrante las obras del demonio y preserve al amado Uruguay de cuanto quiera apartarlo de Cristo. Que esta Rosa de Oro, ofrecida como signo de veneración y de amor filial, recuerde también a sus hijos que están llamados a imitarla: a amar a Cristo como Ella lo amó, a llevarlo a los demás como Ella lo llevó. Así sea.

_____________________

Agradecimiento al final de la Santa Misa

Al finalizar la Celebración eucarística, y antes de despedirme de este querido país, deseo agradecer a todas las personas que hicieron posible mi visita: a las Autoridades civiles y religiosas, a los equipos que organizaron cada evento y a los voluntarios, a las familias y comunidades que se movilizaron y colaboraron para que podamos vivir juntos estos días, así como a las personas que nos han acompañado a través de los medios de comunicación. Me habían dicho que, aunque Uruguay es un país relativamente pequeño, su pueblo tiene un corazón generoso y es capaz de cosas muy grandes. Eso quedó de manifiesto durante estos días. Han preparado todo muy bien. ¡Gracias de corazón!

Hemos compartido jubilosos la alegría de la fe en Cristo, y somos testigos de que ese gozo ha ido aumentando en cada jornada. Lo que vivimos en Montevideo, en Paysandú y aquí, en Florida, se irradia al resto del país y del mundo. Así son las matemáticas de la fe: lo que hemos recibido y ofrecemos gratuitamente, con la gracia de Dios, se multiplica, abre horizontes y enriquece nuestras vidas, dándoles un sentido nuevo. Queridos hermanos y hermanas de Uruguay: sigan multiplicando la fe, la esperanza y la caridad, continúen viviendo y anunciando la alegría que brota del encuentro con nuestro Señor Jesucristo, y encontrarán como resultado una vida plena y fecunda.

Por intercesión de la Virgen de los Treinta y Tres, le pido a Dios que bendiga al pueblo uruguayo y lo guíe por sendas de unidad y de paz. Los llevo en mi corazón y les pido que me sigan acompañando con sus oraciones. ¡Muchas gracias Uruguay!

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