PAPA LEÓN XVI | Custodiar el respeto absoluto por los textos y ordenamientos vigentes, una fidelidad que debe brotar de una actitud interior de humildad ante Dios y de un compromiso sincero con la comunión de toda la Iglesia

27 mayo, 2026

PAPA LEÓN XVI | Custodiar el respeto absoluto por los textos y ordenamientos vigentes, una fidelidad que debe brotar de una actitud interior de humildad ante Dios y de un compromiso sincero con la comunión de toda la Iglesia, la exhortación fue compartida por el Santo Padre al concluir su mensaje durante Audiencia General. Fue en la media mañana de hoy en Plaza San Pedro, donde Su Santidad León XIV, continuando con el ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium 2, centro sus palabras respecto de la reforma de la liturgia: tradición y desarrollo.

El Papa decía, “en la encíclica Mediator Dei, el Venerable Pío XII escribe que «la Iglesia es un organismo vivo y, por lo tanto, también en lo que se refiere a la sagrada liturgia, sin menoscabo de la integridad de su enseñanza, crece y se desarrolla, adaptándose y conformándose a las circunstancias y exigencias que se presentan a lo largo del tiempo» (I, V)”. Continuando, agregó, “en aquel momento histórico se percibía con fuerza la necesidad de una renovación de las formas rituales, mediante las cuales la Iglesia había realizado durante siglos la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al Movimiento litúrgico había madurado la convicción, expresada posteriormente por San Juan Pablo II, de que «existe un vínculo muy estrecho y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no solo actúa, sino que también se expresa en la liturgia y de ella extrae las fuerzas para la vida» (Carta Dominicae Cenae, 13)”.

Completando, el Pontífice decía, “el Concilio afirma la legitimidad de ese progreso arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia «una parte inmutable, porque de institución divina», de «partes susceptibles de cambio, que a lo largo del tiempo pueden o incluso deben variar, en caso de que se hayan infiltrado en ellas elementos menos acordes con la naturaleza íntima de la misma liturgia, o se hayan vuelto menos oportunas» (SC, 21). Cambios de este tipo se han producido constantemente a lo largo de los siglos con el fin de permitir a los fieles una participación fructífera, a través de las acciones rituales, en el misterio pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana”.

Finalmente, dijo, “exhorto, por tanto, a todos aquellos que están llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a custodiar siempre ese respeto por los textos y las normas de la liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad y de confianza en Dios, manifestando humildad ante su grandeza y sincera fidelidad a la comunión eclesial”.

A continuación, compartimos en forma completa el mensaje de Su Santidad León XIV:

Los documentos del Concilio Vaticano II. II. Constitución Sacrosanctum Concilium. 2. La reforma de la liturgia: tradición y desarrollo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En la encíclica Mediator Dei, el Venerable Pío XII escribe que «la Iglesia es un organismo vivo y, por lo tanto, también en lo que se refiere a la sagrada liturgia, sin menoscabo de la integridad de su enseñanza, crece y se desarrolla, adaptándose y conformándose a las circunstancias y exigencias que se presentan a lo largo del tiempo» (I, V).

En plena continuidad con este principio, el Concilio Vaticano II, en el prólogo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC), reconoce como «su deber ocuparse de manera especial también de la reforma y la promoción de la liturgia» (n. 1). La asamblea conciliar se había reunido, de hecho, con el propósito «de hacer crecer cada vez más la vida cristiana entre los fieles, de adaptar mejor a las exigencias de nuestro tiempo aquellas instituciones que están sujetas a cambios, de favorecer todo lo que pueda contribuir a la unión de todos los creyentes en Cristo y de revitalizar lo que contribuye a llamar a todos al seno de la Iglesia» (ibíd.).

En aquel momento histórico se percibía con fuerza la necesidad de una renovación de las formas rituales, mediante las cuales la Iglesia había realizado durante siglos la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al Movimiento litúrgico había madurado la convicción, expresada posteriormente por San Juan Pablo II, de que «existe un vínculo muy estrecho y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no solo actúa, sino que también se expresa en la liturgia y de ella extrae las fuerzas para la vida» (Carta Dominicae Cenae, 13).

Para facilitar el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, pues, con una fórmula muy eficaz, la dirección a seguir: «conservar la sana tradición y abrirse a un progreso legítimo» (SC, 23).

El papa Benedicto XVI percibió en esta declaración de intenciones el «programa de reforma» de los Padres conciliares, «en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y del futuro», señalando cómo «no pocas veces se contraponen de manera torpe la tradición y el progreso», mientras que, «en realidad, ambos conceptos se integran: la tradición incluye en sí misma, de algún modo, el progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí mismo también su manantial y tiende hacia la desembocadura» (Discurso a los participantes en el Congreso con motivo del 50.º aniversario de la fundación del Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo, 6 de mayo de 2011).

El Concilio afirma la legitimidad de ese progreso arraigado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia «una parte inmutable, porque de institución divina», de «partes susceptibles de cambio, que a lo largo del tiempo pueden o incluso deben variar, en caso de que se hayan infiltrado en ellas elementos menos acordes con la naturaleza íntima de la misma liturgia, o se hayan vuelto menos oportunas» (SC, 21). Cambios de este tipo se han producido constantemente a lo largo de los siglos con el fin de permitir a los fieles una participación fructífera, a través de las acciones rituales, en el misterio pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana. El culto de la Iglesia se ha «encarnado», por tanto, en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso de transformarlas. La liturgia ha sido así, durante siglos, un motor de evangelización. Hoy es necesario renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica, es decir, según una dinámica orientada a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad.

Se comprende entonces por qué los Padres conciliares recomendaron que la revisión de los ritos, cuando corresponda a «una verdadera y comprobada utilidad de la Iglesia», se realice siempre «con la advertencia de que las nuevas formas broten de algún modo orgánicamente de las existentes» (SC, 23). Por el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe ir siempre «precedida de una cuidadosa investigación teológica, histórica y pastoral» (ibíd.). El Magisterio conciliar invita así a evitar la desorientación de los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir, quitar o modificar algo, en materia litúrgica, por iniciativa propia (cf. SC, 22). El progreso al que se refiere la Constitución conciliar no compromete en absoluto la comunión eclesial: más bien pretende confirmarla y favorecerla.

Exhorto, por tanto, a todos aquellos que están llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a custodiar siempre ese respeto por los textos y las normas de la liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad y de confianza en Dios, manifestando humildad ante su grandeza y sincera fidelidad a la comunión eclesial.

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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Que la liturgia, que nos ayuda a la glorificación del Señor y a nuestra propia santificación, sea siempre valorada y respetada por todos, sobre todo en la celebración de los sagrados misterios. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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LLAMAMIENTO

Sigo con preocupación la guerra en Ucrania, que estos días está experimentando una fuerte intensificación. Deseo expresar mi solidaridad con quienes sufren a causa de los recientes ataques, perpetrados también contra la población civil.

La guerra no resuelve los problemas, sino que los agrava; no construye seguridad, sino que multiplica el sufrimiento y el odio. Donde caen misiles y drones, caen también las esperanzas, se destruyen casas y lugares de oración, se truncan vidas inocentes.

Encomiendo a todos los pueblos heridos por la guerra a la protección de la Virgen María, Reina de la Paz.

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Dirijo mi cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. En particular, saludo a las personas consagradas presentes en esta audiencia: las religiosas de la Unión Superiora Mayor de Italia, las Hermanas de San Pablo de Chartres, las Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, las Orsolinas Misioneras del Sagrado Corazón, los Hermanos Maristas. A cada uno les deseo que reaviven el fervor de la consagración y den un nuevo impulso a la misión de sus respectivas comunidades.

Acojo con afecto a los seminaristas del Seminario Regional de Apulia, a los participantes en el campeonato mariano «Fiesta de los Pueblos» de Orte Scalo, a la Cofradía del Beato Ángel de Furci: a todos les animo a ser testigos de una auténtica vida cristiana y de una apertura solidaria hacia los demás.

Me dirijo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Que vuestra peregrinación a Roma, y en particular a las tumbas de los Apóstoles, fortalezca vuestra fe en Cristo: que Él sea la luz y el camino de vuestra existencia.

¡A todos mi bendición!

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