{"id":248904,"date":"2026-05-24T08:44:00","date_gmt":"2026-05-24T11:44:00","guid":{"rendered":"https:\/\/www.obispadocastrenseargentina.org\/contenidos\/?p=248904"},"modified":"2026-05-24T09:46:55","modified_gmt":"2026-05-24T12:46:55","slug":"papa-leon-xiv-el-espiritu-del-resucitado-no-se-infunde-una-vez-para-siempre-sino-constantemente","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.obispadocastrenseargentina.org\/contenidos\/papa-leon-xiv-el-espiritu-del-resucitado-no-se-infunde-una-vez-para-siempre-sino-constantemente\/","title":{"rendered":"PAPA LE\u00d3N XIV | El Esp\u00edritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>PAPA LE\u00d3N XIV | El Esp\u00edritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente<\/strong>, as\u00ed lo expresaba el <strong>Santo Padre<\/strong> al compartir la Homil\u00eda durante la celebraci\u00f3n Eucar\u00edstica en la solemnidad de <strong>Pentecost\u00e9s<\/strong> en la <strong>Bas\u00edlica de San Pedro<\/strong>. <strong>Su Santidad Le\u00f3n XIV<\/strong> dec\u00eda, <strong><em>\u201cel tiempo de Pascua llega hoy a su culminaci\u00f3n, en la solemnidad de Pentecost\u00e9s. Para evidenciar la unidad de este acontecimiento de salvaci\u00f3n, el Evangelio nos lleva nuevamente al \u201cprimer d\u00eda de la semana\u201d (cf.&nbsp;Jn&nbsp;20,19), es decir, a aquel nuevo d\u00eda en el que Jes\u00fas resucitado aparece a sus disc\u00edpulos mostr\u00e1ndoles \u00absus manos y su costado\u00bb (v. 20)\u201d.<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Continuando, agreg\u00f3, <strong><em>\u201cal ver al Se\u00f1or, tambi\u00e9n los disc\u00edpulos vuelven a vivir: se hab\u00edan sepultado en el cen\u00e1culo llenos de miedo, pero Jes\u00fas entra all\u00ed a pesar de las puertas cerradas y los colma de alegr\u00eda. \u00c9l pasa a trav\u00e9s de la muerte, abre el sepulcro de par en par, ah\u00ed donde para nosotros ya no hab\u00eda una salida. Cristo, a este gesto, une la palabra: \u00ab\u00a1La paz est\u00e9 con ustedes!\u00bb (v. 19); (\u2026)\u201d.<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Seguidamente, el <strong>Pont\u00edfice<\/strong> se\u00f1alaba, <strong><em>\u201c(\u2026) el Esp\u00edritu del Resucitado es el Esp\u00edritu de la paz. En su Pascua, Cristo reconcilia a Dios y a la humanidad, y el Esp\u00edritu Santo infunde la paz en los corazones y la difunde en el mundo. Esta paz viene del perd\u00f3n y nos lleva al perd\u00f3n; comienza con el perd\u00f3n que da el mismo Jes\u00fas, traicionado por nosotros, condenado y crucificado\u201d.<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Avanzando, el <strong>Papa<\/strong> nos dec\u00eda, <strong><em>\u201c(\u2026) el Esp\u00edritu del Resucitado es el Esp\u00edritu de la misi\u00f3n: \u00abComo el Padre me envi\u00f3 a m\u00ed\u00bb, dice el Se\u00f1or, \u00abyo tambi\u00e9n los env\u00edo a ustedes\u00bb (Jn&nbsp;20,21). Somos as\u00ed part\u00edcipes en la misi\u00f3n de Jes\u00fas; la de Aquel que sale de Dios y vuelve a Dios con el poder del Esp\u00edritu, que procede del Padre y del Hijo, con ellos es adorado y glorificado, \u00fanico Dios. El Esp\u00edritu Santo es la caridad viviente de Cristo que nos desborda, nos impulsa, nos sostiene en la misi\u00f3n (cf.&nbsp;2 Co&nbsp;5,14)\u201d.<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Completando, el <strong>Santo Padre<\/strong> comparti\u00f3, <strong><em>\u201cel Esp\u00edritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente. Como la Eucarist\u00eda es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, as\u00ed el Esp\u00edritu Santo imprime en nosotros su car\u00e1cter en el Bautismo, que nos hace cristianos; en la Confirmaci\u00f3n, que nos convierte en testigos; en el Orden, que constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios. En cada sacramento \u00c9l es&nbsp;dator munerum, fuente de santidad que multiplica dones y carismas en la oraci\u00f3n, en las obras de misericordia, en el estudio de la Palabra de Dios\u201d.<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>A continuaci\u00f3n, compartimos en forma completa la Homil\u00eda de <strong>Su Santidad Le\u00f3n XIV<\/strong>:<\/p>\n\n\n\n<p><strong><em>HOMIL\u00cdA DEL SANTO PADRE LE\u00d3N XIV<\/em><\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><em>Bas\u00edlica de San Pedro<br>Domingo, 24 de mayo de 2026<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Queridos hermanos y hermanas:<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El tiempo de Pascua llega hoy a su culminaci\u00f3n, en la solemnidad de Pentecost\u00e9s. Para evidenciar la unidad de este acontecimiento de salvaci\u00f3n, el Evangelio nos lleva nuevamente al \u201cprimer d\u00eda de la semana\u201d (cf.&nbsp;<em>Jn&nbsp;<\/em>20,19), es decir, a aquel nuevo d\u00eda en el que Jes\u00fas resucitado aparece a sus disc\u00edpulos mostr\u00e1ndoles \u00absus manos y su costado\u00bb (v. 20). El Se\u00f1or revela su cuerpo glorioso, precisamente sus llagas, las heridas de la crucifixi\u00f3n. Estos signos de la pasi\u00f3n, m\u00e1s elocuentes que cualquier discurso, han sido transfigurados: Aquel que estaba muerto vive para siempre.<\/p>\n\n\n\n<p>Al ver al Se\u00f1or, tambi\u00e9n los disc\u00edpulos vuelven a vivir: se hab\u00edan sepultado en el cen\u00e1culo llenos de miedo, pero Jes\u00fas entra all\u00ed a pesar de las puertas cerradas y los colma de alegr\u00eda. \u00c9l pasa a trav\u00e9s de la muerte, abre el sepulcro de par en par, ah\u00ed donde para nosotros ya no hab\u00eda una salida. Cristo, a este gesto, une la palabra: \u00ab\u00a1La paz est\u00e9 con ustedes!\u00bb (v. 19); e inmediatamente despu\u00e9s sopla sobre los disc\u00edpulos d\u00e1ndoles el Esp\u00edritu Santo. El Resucitado est\u00e1 lleno de vida; luego de haber mostrado la vida del cuerpo, como verdadero hombre, da la vida de Dios, como Hijo amado del Padre, vuelto para nosotros hermano y Redentor. En el mismo cen\u00e1culo donde ha instituido la alianza nueva y eterna, Jes\u00fas infunde el Esp\u00edritu; el lugar de la cena y de la traici\u00f3n se transforma y, de sepulcro de los ap\u00f3stoles, se convierte para toda la Iglesia en fuente de resurrecci\u00f3n. Por eso Pentecost\u00e9s es fiesta pascual y fiesta del cuerpo de Cristo, que por gracia somos nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Celebrando este misterio, quisiera detenerme en tres aspectos.<\/p>\n\n\n\n<p>En primer lugar,&nbsp;<em>el Esp\u00edritu del Resucitado es el Esp\u00edritu de la paz<\/em>. En su Pascua, Cristo reconcilia a Dios y a la humanidad, y el Esp\u00edritu Santo infunde la paz en los corazones y la difunde en el mundo. Esta paz viene del perd\u00f3n y nos lleva al perd\u00f3n; comienza con el perd\u00f3n que da el mismo Jes\u00fas, traicionado por nosotros, condenado y crucificado. Sorprendi\u00e9ndonos con su amor, precisamente \u00c9l, el resucitado, dice: \u00abLos pecados ser\u00e1n perdonados a los que ustedes se los perdonen\u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;20,23). Con estas palabras Jes\u00fas nos conf\u00eda una obra divina, porque s\u00f3lo Dios puede perdonar los pecados (cf.&nbsp;<em>Mc<\/em>&nbsp;2,7). Esta autoridad viene dada bajo el signo de una reconciliaci\u00f3n universal: el Se\u00f1or infunde el Esp\u00edritu de la paz desde el comienzo hasta el final de la historia, porque no excluye a nadie Aquel que ha redimido a todos de la muerte. El Esp\u00edritu Santo, en efecto, es Se\u00f1or y dador de vida desde el inicio de la creaci\u00f3n, cuando aleteaba sobre las aguas (cf.&nbsp;<em>Gn<\/em>&nbsp;1,2), y ahora, en su rescate, cambia la historia del mundo; realmente Pentecost\u00e9s se realiza como fiesta del nuevo Pacto, es decir, de la alianza entre Dios y todos los pueblos de la tierra. Mientras el fragor del cielo, el viento y las lenguas de fuego en el cen\u00e1culo recuerdan los antiguos signos del Sina\u00ed (cf.&nbsp;<em>Hch<\/em>&nbsp;2,2-3;&nbsp;<em>Ex<\/em>&nbsp;19,16-19), la santa ley de Dios se inscribe en nuestros corazones, grabada por el Esp\u00edritu con caracteres de amor en la carne de Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta ley es el c\u00f3digo de la paz; es el doble mandamiento del amor, que el Esp\u00edritu nos recuerda en cada latido del coraz\u00f3n. Con nuestro coraz\u00f3n podemos, por tanto, invocar: \u201c<em>Veni Sancte Spiritus<\/em>\u201d, porque \u00c9l ya nos ha sido dado. Podemos desearlo, porque ya nos ha sido prometido. Podemos acogerlo, porque \u00c9l mismo es dulce hu\u00e9sped del alma. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Un segundo aspecto:&nbsp;<em>el Esp\u00edritu del Resucitado es el Esp\u00edritu de la misi\u00f3n<\/em>: \u00abComo el Padre me envi\u00f3 a m\u00ed\u00bb, dice el Se\u00f1or, \u00abyo tambi\u00e9n los env\u00edo a ustedes\u00bb (<em>Jn<\/em>&nbsp;20,21). Somos as\u00ed part\u00edcipes en la misi\u00f3n de Jes\u00fas; la de Aquel que sale de Dios y vuelve a Dios con el poder del Esp\u00edritu, que procede del Padre y del Hijo, con ellos es adorado y glorificado, \u00fanico Dios. El Esp\u00edritu Santo es la caridad viviente de Cristo que nos desborda, nos impulsa, nos sostiene en la misi\u00f3n (cf.&nbsp;<em>2 Co<\/em>&nbsp;5,14). El mismo Esp\u00edritu, mientras da a los ap\u00f3stoles el poder de expresarse en la variedad de las lenguas (cf.&nbsp;<em>Hch<\/em>&nbsp;2,4), ense\u00f1a a la humanidad la palabra de la salvaci\u00f3n. Ahora que los ap\u00f3stoles han recibido el soplo del Resucitado dentro de s\u00ed, este anuncio viene de sus bocas, tiene la voz de Pedro y de cuantos est\u00e1n con \u00e9l. Justo en el d\u00eda de Pentecost\u00e9s los ap\u00f3stoles comienzan a anunciar a Jes\u00fas, crucificado y resucitado; las \u00abmaravillas de Dios\u00bb (<em>Hch&nbsp;<\/em>2,11) se resumen todas en la redenci\u00f3n, que empieza con la fe. De hecho, la primera obra del Esp\u00edritu Santo en nosotros es la fe con la que profesamos: \u00abJes\u00fas es el Se\u00f1or\u00bb (<em>1 Co<\/em>&nbsp;12,3). Esta fe vive y se expresa en cada buena acci\u00f3n, en cada acto de misericordia y de virtud. La obra de Dios, por tanto, somos nosotros, que llegamos hoy aqu\u00ed de todas las partes del mundo, invitados a la mesa del Se\u00f1or, reunidos en la escucha de su palabra y enviados a testimoniarla por doquier. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Queridos hermanos, realmente somos part\u00edcipes del Evangelio; toda la Iglesia es protagonista, no s\u00f3lo guardiana. Con la fuerza del Esp\u00edritu, nuestro anuncio se ve colmado de alegr\u00eda y de esperanza, porque nosotros, precisamente nosotros, somos la novedad del mundo, la luz y la sal de la tierra (cf.&nbsp;<em>Mt<\/em>&nbsp;5,13-14). Ciertamente, no por nuestros m\u00e9ritos, ni por privilegio, sino por la palabra del Se\u00f1or, que santifica al pecador, sana al leproso, convierte a quien ha renegado de \u00e9l en un ap\u00f3stol. Por una parte \u2014lo vemos bien\u2014, hay cambios que no renuevan el mundo, sino que lo envejecen entre errores y violencia. Por otra parte, en cambio, el Esp\u00edritu Santo ilumina las mentes y suscita en los corazones nuevas energ\u00edas de vida. As\u00ed transfigura la historia abri\u00e9ndola a la salvaci\u00f3n, es decir, al don que el \u00fanico Se\u00f1or comparte con todos. La misi\u00f3n de la Iglesia confirma ese compartir, transformando la confusi\u00f3n del mundo en comuni\u00f3n con Dios y entre nosotros.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta misi\u00f3n comienza afirmando la verdad de Dios y del hombre, porque el&nbsp;<em>Esp\u00edritu del Resucitado es el<\/em>&nbsp;<em>\u00abEsp\u00edritu de la verdad\u00bb<\/em>&nbsp;(<em>Jn<\/em>&nbsp;14,17). El Se\u00f1or mismo nos lo ha prometido, pidiendo unidad para su Iglesia, una unidad fundada en el amor de Dios, fuente de nuestro amor. El Esp\u00edritu, que habl\u00f3 por medio de los profetas, promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensi\u00f3n, concordia y coherencia de vida. Como ense\u00f1a san Agust\u00edn, el don de lenguas que se comprenden en la \u00fanica fe, \u00abel Esp\u00edritu Santo [\u2026] quiso que fuera una prueba de su presencia\u00bb (<em>Serm\u00f3n&nbsp;<\/em>269,1). El Par\u00e1clito nos defiende entonces de todo lo que impide este entendimiento: de los prejuicios, de las hipocres\u00edas y de las modas que apagan la luz del Evangelio. La verdad que Dios nos da sigue siendo as\u00ed palabra liberadora para todos los pueblos, mensaje que transforma cada cultura desde dentro.<\/p>\n\n\n\n<p>El Esp\u00edritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente. Como la Eucarist\u00eda es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, as\u00ed el Esp\u00edritu Santo imprime en nosotros su car\u00e1cter en el Bautismo, que nos hace cristianos; en la Confirmaci\u00f3n, que nos convierte en testigos; en el Orden, que constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios. En cada sacramento \u00c9l es&nbsp;<em>dator munerum<\/em>, fuente de santidad que multiplica dones y carismas en la oraci\u00f3n, en las obras de misericordia, en el estudio de la Palabra de Dios. Como ense\u00f1a el Ap\u00f3stol: \u00abEn cada uno, el Esp\u00edritu se manifiesta para el bien com\u00fan\u00bb (<em>1 Co<\/em>&nbsp;12,7). Precisamente porque somos Iglesia, \u00fanico cuerpo que vive de Dios y sirve al mundo. Gracias al Esp\u00edritu podemos llevar a todos la paz verdadera, la verdad que salva, es decir, al mismo Cristo Se\u00f1or.<\/p>\n\n\n\n<p>Queridos hermanos, con coraz\u00f3n ardiente, pidamos hoy que el Esp\u00edritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pid\u00e1mosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redenci\u00f3n anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jes\u00fas. Esta es la gracia que infunde valent\u00eda a los ap\u00f3stoles; que lo infunda tambi\u00e9n a nosotros, hoy y siempre, por intercesi\u00f3n de Mar\u00eda, Madre de la Iglesia.&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>PAPA LE\u00d3N XIV | El Esp\u00edritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente, as\u00ed lo expresaba el Santo Padre al compartir la Homil\u00eda durante la celebraci\u00f3n Eucar\u00edstica en la solemnidad de Pentecost\u00e9s en la Bas\u00edlica de San Pedro. 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