MONS. OLIVERA | La muerte es el día de volver al Padre, así lo afirmó el Obispo Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad al compartir su Homilía en la celebración de la Santa Misa, en conmemoración del día de los Fieles Difuntos. Fue en la mañana del 2 de noviembre, en la Iglesia Catedral Castrense, Stella Maris, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Presidió la Eucaristía, Mons. Santiago Olivera, concelebraron el Vicario General, Mons. Gustavo Acuña, el Canciller, Padre Carlos Terceiro Muiño, el Rector de la Catedral, Padre Hernán Vigna, el Rector del Seminario Diocesano, Padre Daniel Díaz Ramos, los Capellanes Mayores, del Ejército Argentino, Padre Eduardo Castellanos, de la Armada Argentina, Padre Francisco Rostom Maderna, de la Fuerza Aérea Argentina, Padre César Tauro, de GNA, Padre Jorge Massut, de PNA, Padre Diego Tibaldo, de PSA, Padre Rubén Bonacina, el Capellán de SPF (Servicio Penitenciario Federal) Padre Francisco Martínez y Capellanes de las Fuerzas Armadas y Federales de Seguridad. Participaron, el Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas (JEMCO), Almirante Marcelo Dalle Nogare, el Subjefe del JEMCO, General de División Sergio Jurczyszyn, el Subjefe del Estado Mayor General del Ejército (JEMGE), General de Brigada, Gustavo Re, el Secretario General del Ejército, General de Brigada Roberto Baroni, el Subjefe de Estado Mayor General de la Armada (JEMGA), Vicealmirante I.M. Fernando Terrible, el Jefe de Estado Mayor General de la Fuerza Aérea, Brigadier General, Gustavo Valverde, el Jefe de GNA, Comandante General, Claudio Brilloni, el Director General de Relaciones Humanas, Desarrollo y Director de Personal de PNA, Prefecto General Aníbal Moya, el Director General de Seguridad Marítima y Portuaria y Director de ICIA, Prefecto General Ricardo Oviedo, la Jefa del Departamento o Dirección de Investigaciones contra el Crimen Organizado de la PSA, Comisionado General Eliana Manzanares, el Jefe del Departamento de Operaciones Policiales Aeroportuarias de la PSA, Comisionado Mayor Jerónimo Nadale Posadas, el Director General de Formación y Bienestar del Personal del SPF (Servicio Penitenciario Federal), Inspector General Julián Olivera, el Director de Comunicación, sistema y tecnología de SPF, Inspector General Carlos Merino, el Director de Escuela de Penitenciaría SPF, Prefecto General Carlos Merino, efectivos de las Fuerzas Armadas y Federales de Seguridad y fieles castrenses.
El Obispo decía en su Homilía, “como cada 2 de noviembre, tenemos la alegría de continuar en este Obispado Castrense la convocatoria y feliz iniciativa para rezar juntos por nuestros hermanos difuntos.
De corazón quiero agradecer mucho la presencia de cada uno de ustedes. Año tras año, renovamos esta convocatoria con la misma fe y el mismo entusiasmo. Es para ellos; es por ellos; por eso no nos desanimamos y seguiremos reuniéndonos juntos porque es “justo y necesario” que así lo hagamos, con reconocimiento y gratitud. No los olvidamos. Entregaron sus vidas por una Patria grande y justa, para preservar la paz, para custodiar el orden”.
Continuando, agregó, “los fieles que la Iglesia confía al Obispado castrense, – esto es al obispo, a los sacerdotes, a los diáconos y a las consagradas-, son “servidores que abrazaron una profesión de servicio y entrega por la Patria” pero también “una vocación, una llamada que conlleva entregar la propia vida, si fuera necesario” para cuidar nuestras fronteras, nuestra soberanía, nuestra tierra y nuestra gente.
Transitamos el año preparatorio jubilar hacia los 70 años en que queremos renovar nuestro deseo de “seguir cuidando a los que nos cuidan y sirviendo a los que nos sirven” y nos venimos preparando, en este trienio, en las virtudes de la fe, la esperanza y este año en el de la caridad. Renovamos nuestro deseo de cuidar y servir a nuestros fieles anunciando la Buena Noticia del Reino: Dios nos amó tanto, que envió a su Hijo para ofrecernos con su vida “donada y ofrecida hasta la muerte” la Vida que no tiene fin”.
Mons. Santiago profundizando, señaló entonces, “la muerte, como sabemos y experimentamos, es una agresión a nuestra naturaleza porque hemos sido llamados a la vida para siempre, a la vida eterna, a la inmortalidad, a contemplar a Dios cara a cara. El pecado nos privó de ese don. Sin embargo, Dios en su gran amor, envió a su Hijo para recuperarlo.
A la luz de la muerte de Jesús, es maravilloso pensar y saber que la muerte no es un fin, sino el comienzo de una vida en plenitud. En el Prefacio de la Misa de difuntos, rezamos “nuestra vida no termina, sino que se transforma”. La muerte es el día de volver al Padre. La muerte, nuestra muerte está pensada por Dios. No morimos por la fatalidad, no morimos por distracción, no morimos por casualidad, no morimos en las vísperas. El día de nuestra muerte forma parte también de la Providencia Amorosa del Padre”.
Continuando, Mons. Olivera decía, “la muerte de Jesús ilumina nuestra propia muerte, porque su muerte es un paso al Padre. Ilumina nuestra muerte porque Cristo muere en la certeza de haber realizado la obra del Padre.
Vamos hacia la casa del Padre. Vamos al abrazo del Padre. Vamos al encuentro con quien nos ama desde siempre, llevado de la mano de Jesús: “Nadie va al Padre sino por medio del Hijo”, como nos dice la Escritura”.
En otro párrafo, el Obispo expresó, “hoy queremos rezar por quienes han partido: por nuestros hermanos y sus familias, víctimas de atentados injustificados, violentos, teñidos de odios y enfrentamientos estériles: por quienes, defendiendo nuestra Patria, sufrieron en la cárcel y esperaron la muerte como una “pena de muerte encubierta”; por los caídos en nuestras guerras y batallas, y por los que murieron a causa de aquellos momentos tristes y aciagos de nuestra historia. Por todos ellos, Señor, nuestra fe y nuestra caridad, nos renuevan en la Esperanza de la vida que no termina y como buenos creyentes y justos camaradas rezamos por cada uno. En Dios y, por tanto, en su Amor, un día nos encontraremos todos”.
Seguidamente, Mons. Santiago pedía, “que María, en nuestras distintas advocaciones en nuestra Diócesis, los presente ante su Hijo y que, particularmente Nuestra Señora del Buen Viaje nos acompañe en el “viaje de nuestra vida” en cada momento para llegar al Puerto Seguro: “El Cielo prometido y esperado, para los servidores fieles”.
Finalmente, el Obispo señaló, “no quiero dejar pasar esta oportunidad, para compartir con ustedes la alegría, de la ya muy cercana visita del Santo Padre, el Papa León XIV. Su presencia es ya en sí misma un gesto de amor y proximidad que agradecemos.
Rezamos para que sus predicaciones y enseñanzas, se hagan fecundas en nuestros corazones. Damos gracias también por aquellos que, desde hace tiempo, (…), particularmente tantos voluntarios que vienen trabajando y seguirán haciéndolo para que este encuentro signifique y nos ayude a todos, a fortalecer nuestra comunión”.
















































HOMILÍA.-
A continuación, compartimos en forma completa la Homilía de Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense y de las Fuerzas Federales de Seguridad:
Misa por los Fieles Difuntos – Catedral Stella Maris
Lunes 2 de noviembre de 2026
1ª Lectura y Salmo: 2 Mac 12,43-46 – Sal 22
Evangelio: Jn 11,17-27
Como cada 2 de noviembre, tenemos la alegría de continuar en este Obispado Castrense la convocatoria y feliz iniciativa para rezar juntos por nuestros hermanos difuntos.
De corazón quiero agradecer mucho la presencia de cada uno de ustedes. La invitación y la propuesta tienen por finalidad rezar nuestros hermanos caídos, por aquellos que ya duermen el sueño de la paz.
Año tras año, renovamos esta convocatoria con la misma fe y el mismo entusiasmo. Es para ellos; es por ellos; por eso no nos desanimamos y seguiremos reuniéndonos juntos porque es “justo y necesario” que así lo hagamos, con reconocimiento y gratitud. No los olvidamos. Entregaron sus vidas por una Patria grande y justa, para preservar la paz, para custodiar el orden.
Rezamos por todos y en comunión con la lectura que acabamos de escuchar del libro de los Macabeos: “Judas Macabeo hizo este enorme gesto con el pensamiento puesto en la resurrección”. Rezamos por quienes han partido; por todos, sin excepción, por los que nos precedieron. Pero, sin duda, tenemos especialmente presentes a quienes han muerto en actos de servicio: sus camaradas, sus hermanos, a quienes —como dije— ya no olvidamos ni olvidaremos. Los encomendamos a la certera misericordia del Padre.
Pero también, como he dicho o me he referido más de una vez, nos viene bien a nosotros rezar por los que se “adelantaron” y vivir de tal manera que la muerte signifique e ilumine nuestra fe, y ese momento que es de transformación y abrazo con el Padre que nos ama y nos espera siempre.
Los fieles que la Iglesia confía al Obispado castrense, – esto es al obispo, a los sacerdotes, a los diáconos y a las consagradas-, son “servidores que abrazaron una profesión de servicio y entrega por la Patria” pero también “una vocación, una llamada que conlleva entregar la propia vida, si fuera necesario” para cuidar nuestras fronteras, nuestra soberanía, nuestra tierra y nuestra gente.
En ese sentido podemos decir que todos nuestros fieles, miembros de la gran familia castrense, estarán siempre presentes en nuestra oración, porque fueron servidores y porque cada día es un “acto de servicio” con esa realidad, como lo sabemos en nuestra historia, de haber entregado sus vidas abrazando la vida militar o policial.
Transitamos el año preparatorio jubilar hacia los 70 años en que queremos renovar nuestro deseo de “seguir cuidando a los que nos cuidan y sirviendo a los que nos sirven” y nos venimos preparando, en este trienio, en las virtudes de la fe, la esperanza y este año en el de la caridad.
Renovamos nuestro deseo de cuidar y servir a nuestros fieles anunciando la Buena Noticia del Reino: Dios nos amó tanto, que envió a su Hijo para ofrecernos con su vida “donada y ofrecida hasta la muerte” la Vida que no tiene fin.
En la misma línea de la lectura de los Macabeos, lo importante de nuestra oración por los difuntos, y sobre todo la celebración de esta Eucaristía, es que el sufragio, es un acto de caridad: Rezamos porque creemos que nuestra oración los acompaña y alcanza. Judas Macabeos lo hizo con esperanza en la Resurrección, nosotros lo hacemos con la certeza de la Pascua. “Todo el que crea en mí, vivirá”, dice Jesús. Él es la Resurrección y la vida. No hay otro Salvador, Él es nuestro Único Señor y Redentor.
La muerte, como sabemos y experimentamos, es una agresión a nuestra naturaleza porque hemos sido llamados a la vida para siempre, a la vida eterna, a la inmortalidad, a contemplar a Dios cara a cara. El pecado nos privó de ese don. Sin embargo, Dios en su gran amor, envió a su Hijo para recuperarlo.
A la luz de la muerte de Jesús, es maravilloso pensar y saber que la muerte no es un fin, sino el comienzo de una vida en plenitud. En el Prefacio de la Misa de difuntos, rezamos “nuestra vida no termina, sino que se transforma”. La muerte es el día de volver al Padre. La muerte, nuestra muerte está pensada por Dios. No morimos por la fatalidad, no morimos por distracción, no morimos por casualidad, no morimos en las vísperas. El día de nuestra muerte forma parte también de la Providencia Amorosa del Padre.
Nuestra muerte debe ser siempre pensada desde la muerte de Cristo. Así podrá ser mirada sin tanto temor, “Dios nos hizo para Él y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse definitivamente en Él”, nos recordó el gran San Agustín.
La muerte de Jesús ilumina nuestra propia muerte, porque su muerte es un paso al Padre. Ilumina nuestra muerte porque Cristo muere en la certeza de haber realizado la obra del Padre. En la oración sacerdotal dice: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Juan 17,4) ¿Cuál era la obra? Dar a conocer la obra del Padre: “Yo les he dado a conocer tu Nombre” (Juan 17,26). Cristo muere en la alegría de haber dado la vida por sus amigos, que somos nosotros. (Juan 15;13)
Cristo muere en la certeza de la fecundidad de su muerte. Jesús anuncia: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12,23-24).
Vamos hacia la casa del Padre. Vamos al abrazo del Padre. Vamos al encuentro con quien nos ama desde siempre, llevado de la mano de Jesús: “Nadie va al Padre sino por medio del Hijo”, como nos dice la Escritura. Después de nuestra muerte estaremos siempre con Jesús (Filipenses 1,23; 2° Corintios 5,8). Será la plenitud de nuestra adopción filial: “…seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es” (1° Juan 3,2).
Será la definitiva comunión humana porque no habrá más separaciones, divisiones ni tensiones. Será la gran comunión familiar, porque volveremos a encontrarnos con las personas que hemos dejado aquí; será la gran comunión eclesial: Un solo Pueblo de Dios, un solo Cuerpo de Cristo, un solo Templo del Espíritu Santo. Seremos consumados en la unidad. ¡Con cuánto entusiasmo cantamos “¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la Casa del Señor!”
Pero, como les compartía antes, es lógico que nuestra naturaleza, herida por el pecado original, sienta angustia, temor e intranquilidad frente a la muerte. Jesús también lo sufrió como hombre.
Nuestra naturaleza se resiste a disgregarse. Fuimos hechos para la unidad de alma y cuerpo, y su separación no es natural. Por eso esperamos la resurrección final, en la que volverán a unirse cuerpo y alma. La muerte es algo provisorio en el camino hacia la visión de Dios, algo provisorio para alcanzar después, el don de la comunión definitiva, cuando Jesús vuelva por segunda vez. Entonces resucitarán nuestros cuerpos y viviremos para siempre con Él (1° Tesalonicenses 4,17).
Como vemos, la muerte tiene sus alegrías y sus temores lógicos, que provienen de nuestra naturaleza y de la conciencia de nuestros pecados.
No sabemos el día ni la hora de nuestro tránsito final, de nuestro último día. Esta incertidumbre tiene un valor pedagógicamente extraordinario, para que no descuidemos ninguno de nuestros días. Frente al final, lo superfluo cuenta poco. San Francisco de Asís, de quien este año recordamos los 800 años de su fallecimiento, nos habló de la “hermana muerte” y supo verla con fe y de frente. San Ignacio de Loyola nos invita en sus “Ejercicios espirituales” que expresemos esta petición: “Dadme Señor, que en vida juzgue de las cosas que me rodean como juzgare a ellas a la hora de la muerte”. Él nos dijo y dice; la muerte “es cierta, inevitable y única” y agrega es “pronta y próxima”, dice: “para los viejos es cosa clara; pero “y para los jóvenes también”; ¡tan pronto viene la muerte! Y también, la carta de Santiago nos recuerda, (4,14-15) “¿qué saben del mañana? ¿Qué es su vida? Ustedes son como una neblina que aparece un rato y enseguida desaparece”. Es verdad Señor, esta es nuestra fe: “¡En Ti vivimos, nos movemos y existimos! (Hechos 17,28)
Hoy queremos rezar por quienes han partido: por nuestros hermanos y sus familias, víctimas de atentados injustificados, violentos, teñidos de odios y enfrentamientos estériles: por quienes, defendiendo nuestra Patria, sufrieron en la cárcel y esperaron la muerte como una “pena de muerte encubierta”; por los caídos en nuestras guerras y batallas, y por los que murieron a causa de aquellos momentos tristes y aciagos de nuestra historia. Por todos ellos, Señor, nuestra fe y nuestra caridad, nos renuevan en la Esperanza de la vida que no termina y como buenos creyentes y justos camaradas rezamos por cada uno. En Dios y, por tanto, en su Amor, un día nos encontraremos todos.
Aunque para nuestros fieles castrenses y de las Fuerzas policiales la muerte es siempre cercana y posible, la fe nos ilumina. Dios es el Dios de la Vida. “Dales Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz que no tiene fin”.
Que María, en nuestras distintas advocaciones en nuestra Diócesis, los presente ante su Hijo y que, particularmente Nuestra Señora del Buen Viaje nos acompañe en el “viaje de nuestra vida” en cada momento para llegar al Puerto Seguro: “El Cielo prometido y esperado, para los servidores fieles”. “Dales Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz que no tiene fin”. Amén.
No quiero dejar pasar esta oportunidad, para compartir con ustedes la alegría, de la ya muy cercana visita del Santo Padre, el Papa León XIV. Su presencia es ya en sí misma un gesto de amor y proximidad que agradecemos. En un reciente mensaje, el Papa, al confirmar su venida a la región expresó su deseo de que sea “una ocasión para abrir nuestros corazones los unos a los otros, fortalecer nuestra comunión como hermanos y hermanas y renovar nuestro compromiso de anunciar el Evangelio con alegría”.
Rezamos para que sus predicaciones y enseñanzas, se hagan fecundas en nuestros corazones. Damos gracias también por aquellos que, desde hace tiempo, gobierno nacional y provincial -Buenos Aires y Córdoba-, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y fieles laicos, particularmente tantos voluntarios que vienen trabajando y seguirán haciéndolo para que este encuentro signifique y nos ayude a todos, a fortalecer nuestra comunión.
CELEBRACIÓN.-





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